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El derrumbe del imperio nazi, el cadáver de Hitler quemado con gasolina y la rendición incondicional de Alemania

Por La Prensa Austral Jueves 19 de Mayo del 2022

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  • El 8 de mayo de 1945 se declaró oficialmente el final del Tercer Reich. Pero esa caída no fue de un día para otro, sino que llevó a una lenta y terrible agonía a todos los países envueltos en la Segunda Guerra Mundial. Los últimos días del Führer en un bunker nauseabundo, los niños que envió a combatir, su furia al enterarse del inexorable avance de los rusos y su final.

Hace setenta y siete años se derrumbaba definitivamente el imperio nazi. No se desplomó de un día para otro, rápidamente, para beneficio de la raza humana. Desde aquel 1 de septiembre de 1939, el mundo que soñaba Adolfo Hitler que iba a durar 1.000 años colapsó en un lustro, llevándose la vida de cincuenta millones de seres humanos. Oficialmente, el final del Tercer Reich fue el 8 de mayo de 1945, pero el final tuvo varios capítulos. Una lenta y terrible agonía envolvió a todos los países envueltos en esa gran guerra mundial. Ciudades destrozadas, reliquias que desaparecieron para siempre, acompañadas por intensos padecimientos y terribles angustias. Al grito de “¡El odio es nuestra oración, la venganza nuestra contraseña!”, de Baldur von Schirach, ex jefe de las juventudes nazis y líder del distrito de Viena, caía bajo el fuego de cientos de cañones rusos a mitad de abril. Austria, que había visto nacer a Hitler, ya estaba en manos aliadas.

Unos pocos días más tarde de esta derrota (19 de abril) se desmoronaba la defensa alemana en las colinas de Seelow y el general Gotthard Heinrici, jefe máximo del Grupo de Ejércitos Vístula de la Wehrmacht, tuvo que retroceder a pesar de la férrea negativa de Hitler. Ahora quedaba libre la ruta a Berlín y la capital del efímero Tercer Reich estaba a tan solo setenta kilómetros y los tanques T-34 rusos continuaban avanzando acompañados por la infantería.

Como un simple pañuelo, el imperio se encogía día a día, por los golpes estratégicos de los mariscales soviéticos Gueorgui Zhúkov e Iván Konev. Era una mala noticia, un pésimo regalo, para el Führer en su cumpleaños número 56.

El 20, en su último natalicio, Hitler se levantó tarde, luego su camarero Heinz Linge le administró unas gotas de cocaína en su ojo derecho, almorzó con Eva Braun y sus secretarias, y salió de su bunker, acompañado de Arthur Axmann, para felicitar a un grupo de chicos, entre 14 y 16 años, de la Hitlerjugend (Juventud Hitleriana) y condecorarlos con una Cruz de Hierro por su valor en combate.

Según las imágenes de los noticieros de la época, el jefe alemán era tan solo una sombra de lo que había sido no mucho tiempo antes. Caminaba encorvado, arrastraba un pie y su mano izquierda, llevada hacia atrás, no dejaba de temblar. Ya no habían sonrisas, su piel lucía gris, y prácticamente no hablaba. Tan solo dijo que Alemania “triunfaría inevitablemente”. Era un despojo que mandaba a combatir niños ante los carros enemigos con un Panzerfaust.

Seguidamente, según un informe sobre esos días realizado para el Mariscal Stalin, Hitler se dirigió al salón de música de la Cancillería y saludó a los presentes con cierto desgano, sin ninguna emoción. Allí estaban Himmler, Bormann, Fegelin, Morell. Luego recibió a las delegaciones, entre los que se destacaban, el Mariscal Keitel, Göring, Dönitz, Jodl. Posteriormente volvió a su lúgubre y maloliente refugio bajo tierra y saludó a varios de los presentes.

Diez días de vida

Le quedaban diez días de vida pero no dejaba de hablar de la terrible derrota que sufrirían los rusos en Berlín. En esa ocasión, el Führer vio el cielo por última vez. El mismo día, en secreto, el general de las Waffen SS Karl Wolf realizó sus primeras gestiones para rendir las tropas en Italia sin condiciones ante el Mariscal Harold Alexander, pero desde Suiza, inicialmente, Dulles rechazó los contactos y, con el visto bueno de Stalin, recién se rendirían el 29 de abril.

El 21 de abril, a las 9,40 de la mañana, Hitler salió de su habitación con premura, sin afeitar. Entre otros lo esperaban el general Wilhelm Burgdorf (el militar que le daría al Mariscal Erwin von Rommel la pastilla de cianuro para que se suicide) y su ayudante personal el SS-Untersturmführer Otto Günsche.

-¿Qué sucede? Qué son esos disparos? De dónde vienen?, preguntó agitado.

Burgdorf le dijo que los cañones pesados rusos estaban disparando desde Zossen contra el centro de Berlín. Casi sin voz, comentó:

-¿Tan cerca están ya los rusos?

El mismo día, a la caída de la tarde, a través de la Hermann-Göring-Strasse, varios colaboradores y oficiales dejaron el bunker en camiones hacia el aeropuerto de Gatow. Se subieron a los empujones a los aviones que se dirigía al Obersalzberg. Acompañando cajones de objetos personales del Führer y documentos militares secretos, iban, entre muchos, Albert Bormann (su ayudante personal y hermano de Martín); contralmirante Von Puttkammer, su adjunto naval; Hugo Blaschke (su dentista), secretarias y taquígrafos.

Como el cañoneo ruso no cesaba, Günsche decidió que varias prominentes figuras del círculo nazi se trasladaran al bunker. Allí fueron, entre otros, Martin Bormann, jefe de la Cancillería del Partido Nazi, el SS-Gruppenführer Hermann Fegelin (su concuñado, fusilado días más tarde por intentar huir), su piloto Hans Baur y su secretaria Traudl Junge.

En esas horas, el mariscal Walter Model (subordinado del Mariscal Gerd von Rundest en la contraofensiva de las Ardenas) se encaminó hacia un bosque en las cercanías de Ratingen y se pegó un tiro. ¿El motivo? Quería morir como un soldado, porque “un mariscal de campo no se rinde”, luego de disolver (licenciado) a su Ejército B para evitar una masacre y no rendirlo a los aliados en el “Festung” del Ruhr.

Estallido temperamental

El 22 de abril, cerca del mediodía, se realizó la breve sesión informativa con su Estado Mayor en la que se recuerda la explosión temperamental de Hitler tras enterarse que los rusos iban rompiendo, hora tras hora, las líneas de defensa alemanas. Se incorporó, apoyó sus manos sobre la mesa, rompió los lápices de colores con los que marcaba sus mapas imaginando movimientos de tropas que ya no existían, y con los ojos enfurecidos exclamó: “¡Algo así no se ha visto nunca! ¡En estas circunstancias no puedo seguir ejerciendo el mando! ¡La guerra está perdida! ¡Pero si ustedes, señores míos, creen que voy a abandonar Berlín, están muy equivocados! ¡Antes prefiero meterme una bala en la cabeza!”. Luego, se dio media vuelta, dejó el lugar, y pidió hablar con Joseph Goebbels, su ministro de Propaganda, a quien le pidió que se mudara con su esposa e hijos al bunker, antes de que todo acabara.

Tras pasar el mal momento, entre el grupo de altos jefes oficiales comenzó a circular la fantasía de la llegada del Ejército del general Walther Wenck que los liberaría. Nada más contrario: Wenck -y su colega general Busse- con el 9° Ejército cruzarían el río Elba para rendirse a los norteamericanos y salvar a 25 mil soldados y 250.000 civiles. Al enterarse, Hitler los mandó fusilar, pero la sentencia no pudo ser llevada a cabo.

Luego circuló otra fantasía: preparar el “bastión alpino” para resistir la ocupación aliada. Nada se hizo realidad y hasta el maloliente Theodor Morell, el médico privado del jefe alemán, lo abandonaba, luego de sollozarle para que lo dejara partir. No era el primero ni sería el último. Con argumentos distintos se alejaron del bunker el jefe de la Fuerza Aérea, Hermann Göring; el jefe de las SS, Heinrich Himmler y el ministro de Producción y Guerra, Albert Speer. Todo olía a defección, a traición.

Fusilamiento de Mussolini

Dentro del refugio cada hora que pasaba venía acompañada de una mala noticia. El 29 de abril, a través de los medios informativos, Hitler se enteró que su amigo y aliado italiano Benito Mussolini había sido fusilado y colgado con su amante cabeza abajo en la Piazza Loreto de Milán. Mientras todo se derrumbaba a su alrededor, el Führer, entre rayos y centellas culpaba a los demás de la guerra, para no hacerse cargo de su gran responsabilidad, mandó a buscar a un oficial de bajo rango. Fuera del bunker encontraron a Walter Wagner quien, en presencia de altos representantes del imperio que se extinguía, a las cuatro de la tarde, lo casó con Eva Braun. Luego, tras una corta fiesta, se dedicó a dictar su testamento.

“¡El Führer ha muerto!”

Ya no quedaba nada. Siendo las 15,30 horas del 30 de abril de 1945, Hitler tomó su pistola Walther, introdujo el cañón en la boca y disparó. A su lado yacía Eva Braun muerta con una cápsula de cianuro. Instantes más tarde Günsche anunciaba: “¡El Führer ha muerto!”. Seguidamente los cuerpos fueron subidos al jardín de la Cancillería por sus asistentes de las SS y Bormann, depositados en un hueco, y rociados con gasolina. Cuando todo ardía y los proyectiles de mortero rusos caían en las cercanías, los pocos testigos, tras un saludo, se refugiaron en el bunker.

El almirante Karl Dönitz, instalado en Plön en esos momentos, era el sucesor designado por el mismo Hitler y todos querían hablar con él. Himmler se ofreció como su segundo, asegurando que era el único garante del orden. El ex ministro Joachim Ribbentrop habló por teléfono con el sucesor del Führer y este le dijo: “¡Piense en un sucesor!”. Luego de un poco más de una hora, el titular de Relaciones Exteriores, se presentó en el cuartel para decir: “He dado muchas vueltas a este problema, y sólo puedo proponer a un hombre capaz de desempeñar el cargo. Yo mismo”. Bormann ni llegó a verlo porque cayó en las calles de Berlín, con una copia del testamento de Hitler. Los generales Krebs y Burgdorf se suicidaron para no caer en mano de los rusos. Goebbels y su esposa se suicidaron a la salida del bunker tras envenenar a sus seis hijos. Horas más tarde Walter Hewel, el enlace con Ribbentrop, seguiría el mismo camino.

Capitulación

Entre el 1 y 2 de mayo, el general Helmuth Wiedling, comandante de la defensa de Berlín, capitula su guarnición sin condiciones ante el mariscal Zhukov. Tras unos días de negociaciones -que permitieron que soldados y civiles huyeran de las hordas rusas-, el 7 de mayo, en la ciudad francesa de Reims, el general Alfred Jodl firmará la rendición incondicional de todas las tropas alemanas. Entre otros, participaron de la ceremonia el general Iván Susloparov, el estadounidense Carl Spaatz, el británico general Morgan y sir James Robb. En nombre de Alemania lo hicieron Jodl y el almirante Hans von Friedeburg. El primero moriría colgado en Nüremberg. El jefe naval se suicidó el 23 de mayo de 1945.

Sin embargo, Iosif Stalin revocó la orden de su delegado y hace una nueva ceremonia en Karlshortt, Berlín, el 8 de mayo de 1945. El jefe soviético quería que fuera el Mariscal Keitel, comandante de las Fuerzas Armadas, quien firmara la rendición y así se hizo. También sugirió que no firmara el representante francés, pero el general De Lattre estampó su firma. Los términos de la rendición entraron en vigencia 12 horas más tarde por pedido de Keitel, para que las órdenes del cese de hostilidades lleguen a efectivizarse. De allí que los rusos festejan el 9 de mayo.

La Segunda Guerra Mundial había llegado a su fin. Poco tiempo después, cuando se cerró el Telón de Acero soviético en el Este europeo, comenzó la Guerra Fría. En realidad ya había comenzado antes: mientras se realizaba el acto en Karlshortt, en otro barrio de Berlín, a pocos kilómetros de ahí, el teniente coronel Vladimir Yurasov, encargado de trasladar las fábricas de cemento a la Unión Soviética, era aleccionado por el secretario de Problemas Económicos: “¡Llévenselo todo del sector occidental de Berlín. ¿Entendido? ¿Todo! Si no pueden llevárselo, destrúyanlo. Pero no dejen nada para los aliados. ¡Ni máquinas, ni camas, ni siquiera un orinal!”.

Y Winston Churchill imaginaba llegar hasta Moscú con la Operación Impensable. El general norteamericano George Patton no pensó algo muy distinto.

Infobae