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¿Errores? no forzados

Por Eduardo Pino Viernes 5 de Agosto del 2022

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Eduardo Pino A. Psicólogo  [email protected]

Una de las expresiones más frecuentes que hemos escuchado ante algunas intervenciones de figuras políticas pertenecientes a distintas posiciones ideológicas es la que le confiere el título a la presente columna. A diferencia del ciudadano común y corriente, el o la ente político se encuentra permanentemente en el centro de la noticia, por lo que sus expresiones repercuten exponencialmente según sea la importancia de su cargo o el contexto en que vertió estas opiniones, pero sobre todo prima la interpretación y repercusiones que le confieren líderes de opinión que influyen en la población, ya sea elevando al olimpo de las virtudes o desbarrancando al fondo a la ignominia el mensaje conferido.

Se espera que en un régimen democrático las expresiones de estos protagonistas del quehacer público reflejen fielmente el pensamiento, intereses y necesidades de las personas que les eligieron, primando el sentido y bienestar común. Pero la verdad dista bastante de estos buenos deseos, ya que en realidad estamos ante la presencia de una intrincada y compleja dinámica estratégica de intereses personales y grupales que buscan el poder como “Santo Grial” a conseguir.

Las dinámicas de grupos tienden a mostrar funcionamientos bastante regulares y parecidos en el dominio político: están constantemente en búsqueda del poder, al obtenerlo recurren a diversos mecanismos para perpetuar y acrecentar su dominio, tienden a creer que legítimamente ostentan la razón y quienes no comparten sus ideas se encuentran equivocados (con reacciones en distintos grados de tolerancia a la disidencia), tratan de imponer sus ideas acerca de lo correcto a la sociedad, evidencian inconsistencias entre los medios empleados y los fines buscados con escasa autocrítica, focalizan la atención en las malas intenciones del entorno, apelan a las emociones más que a la racionalidad, establecen estructuras jerárquicas para ordenar su funcionamiento (la que generalmente está al servicio del andamiaje interno más que de la comunidad a la que expresan servir), manejan las comunicaciones y sus agentes informativos; y varias otras características que perfilan aspectos comunes que trascienden épocas, lugares e incluso personas.

Para obtener el dominio de una sociedad, los grupos aspirantes al poder deben legitimar su postura ganando el favor de la mayor parte que da forma a esta comunidad, por lo menos en democracia o algo que se le parezca. Si bien estamos convencidos que para tomar decisiones relevantes las personas adoptan el rol de “individuos racionales”, diversos estudios e investigaciones indican que decisiones importantes, especialmente en las dinámicas sociales, son tomadas más bien desde el punto de vista simbólico, es decir, considerando elementos que nos son entregados en nuestras interacciones con otros, desde niveles más personales hasta los masivos. La lógica, el análisis profundo e informado o el pensamiento crítico quedan en un segundo plano para entregar el escenario a la necesidad de pertenencia a grupos determinados, adopción de ideales deseables y valorados universalmente pero con escasa factibilidad en el mundo real, o la efervescencia emocional que saca de la rutina e invita a comuniones que prometen gran ilusión a pesar de los efectos efímeros que hemos visto tantas veces.

Por esto resulta tan importante ganar el espacio simbólico, ese que muchos denominan “cultura”, especialmente en la víspera de una elección tan importante como la que se avecina. Los grupos se apoderan del simbolismo cuando se legitiman sobre el contrario, con la consiguiente descalificación a quienes piensan distinto. De ahí que los discursos políticamente correctos profesen tolerancia, diálogo y respeto como mantras necesarios para legitimar de entrada el mensaje, pero en la práctica sólo observamos rigidez, inconsistencia y la necesidad de querer llevárselo todo sin ceder nada a cambio, proyectando los propios vicios y errores en el adversario. Terminó el tiempo de los acuerdos (si es que los hubo), los grupos ahora están apostando a la imposición de sus principios en un juego donde no se volverá atrás, para que los ganadores creen la ilusión de unanimidad sin contrapeso a pesar de la profunda división en la que hemos caído.

Por eso, me pregunto si las intervenciones poco afortunadas de las que hemos sido testigos son genuinamente errores en su contenido o en su forma. Que políticos y comunicadores se sorprendan de las repercusiones de expresiones que riñen con el sentido común, pues pensaban que sus dichos reflejaban el sentir de la gente; sólo evidencian su lealtad a un microsistema grupal de turno que pierde la conexión con la ciudadanía.