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  • Hernán Soriano Barahona

El otro yo de Einstein

Por Jorge Abasolo Lunes 15 de Agosto del 2022

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Cuando a Mileva Maric, la esposa del pensador alemán, le decían que tenía un físico extraordinario, ella asumía perfectamente que se referían a su marido. Y es que la mujer del matemático alemán era poco agraciada, muy ancha para su baja estatura y con más rollos que una pistola de marciano.

Traigo esto a colación porque recientemente la Universidad Hebrea de Jerusalén ha dado a conocer un archivo con 1.400 cartas escritas por Einstein y donadas a esa casa de estudios por su hijastra Margot. La sorpresa es mayúscula, por cuanto queda al desnudo que el físico alemán no calza precisamente con la vida apacible, de estudioso vitalicio y que se lo lleva más tiempo en el laboratorio que en su casa.

No, no, no. Este archivo nos revela que Einstein fue un tipo caprichoso, inseguro y que se manejaba siempre desde la duda. Por eso encontraba todo relativo.

Cuando pololeaba con su primera mujer –Mileva- le reveló su carácter díscolo, rebelde y con trazas de maniático:-“Cuando nos casemos no deberás esperar ninguna muestra de afecto mía ni me reprocharás por ello. Deberás responder de inmediato cuando te hable…”   Con esta infidencia queda claro que el descubridor de la teoría de la relatividad tenía tantas trancas como puerta de castillo medieval.

Einstein no fue un marido ejemplar, precisamente. Hoy se sabe de su propia mano que aparte de Betty tuvo otras seis amantes. A ellas se refiere como Estella, Ethel, Toni, Margarita y otras a las que identifica como “M” y “L”.

Lo curioso es que todas las amantes hablan de un Einstein cariñoso, tierno y muy afable. Pareciera que el slogan de este genio chiflado bien pudo ser “lo cortés no quita lo caliente”. En materia sexual adoptaba más posturas que el Kamasutra y confiesa en su epistolario que pasar una semana sin hacer el amor le era más difícil que hacer gárgaras con talco.

Aplicando aquella máxima de que una mujer con mucho pasado tiene poco futuro, Einstein fijó sus ojos (y el resto del cuerpo) en mujeres jóvenes. Así se explica su amor hacia Ethel Michanowski, 15 años menos que él y que se encargó de propagar este amor oculto por toda Europa.

En sus cartas Einstein admite que cayó de bruces frente al exhuberante cuerpo de Ethel, que medía más de un metro ochenta y era super dotada en cuento a cuerpo físico. Los amigos de Albert la apodaron “La Parrillada”.

Había que comérsela entre cuatro.

Pero eso son habladurías.

 

A la luz de estas epístolas apócrifas, me quedan algunas dudas. ¿Cómo un tipo bajo, de aspecto atrabiliario, neurótico y maniático pudo tener tanto éxito y llegada con las mujeres?

Bueno, como buen físico…él siempre encontró la fórmula.