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Proyecto La Letra Escondida. Mujeres creadoras en la literatura de Magallanes (1919-1987)

Por La Prensa Austral Jueves 22 de Septiembre del 2022
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Víctor Hernández
Sociedad de Escritores de Magallanes

“Es común escuchar que no hay publicaciones editadas por mujeres sobre temas científicos. Esta afirmación se ha convertido en uno de los mayores prejuicios y se encuentra lamentablemente, muy arraigada en la sociedad magallánica”

El Museo de la Patagonia fue abierto al público el 21 de julio de 1970. Tanto la Casa de la Cultura como el referido museo, desplegaron hasta fines de 1973 una intensa actividad artística, educativa y cultural. En ese período, el gobierno de la época a través de la Dibam propuso comprar el Palacio Montes (donde funcionaban ambas unidades) con el propósito de establecer en aquel recinto a la Biblioteca Gabriela Mistral y al Museo de la Patagonia. Dificultades administrativas y trabas burocráticas, impidieron concretar este proyecto.

Sin embargo, así como aumentaban las colecciones y crecía el prestigio del nuevo museo, en el sector norte de la ciudad de Punta Arenas, lentamente adquiría relevancia una institución que tenía un nombre similar: el Instituto de la Patagonia. El 2 de marzo de 1973, con motivo de conmemorar cuatro años de existencia y junto con anunciar su programa anual de estudios, el organismo daba cuenta a la comunidad de los principales logros obtenidos en esos primeros años: la creación del jardín geo botánico Carl Skottsberg; la inauguración de la estación climática Jorge Schyte; la apertura del Museo del Recuerdo al aire libre y del parque de la vida silvestre; la habilitación de un herbario y de otro espacio reservado exclusivamente para colecciones zoológicas.

Mientras tanto, el Museo de la Patagonia continuó incrementando su fondo bibliográfico, documental y patrimonial. En 1972 se creó una biblioteca especializada con más de dos mil títulos, lo que unido a la conformación de la pinacoteca, urgieron a las autoridades respectivas para que adoptaran medidas tendientes a buscar un domicilio exclusivo que cobijara y resguardara a futuro, las diversas colecciones del museo.

Varios acontecimientos contribuyeron para hacer realidad el nuevo escenario. Primero, la sugerencia de muchos vecinos de la región que hicieron ver en los medios de comunicación la inconveniencia de tener dos organismos culturales con el mismo nombre, lo que se prestaba a confusión. Segundo, la decisión tomada por la Municipalidad de Punta Arenas de cerrar sus oficinas en el edificio consistorial de calle Bories y Avenida Colón, lo que implicó el traslado de su personal y equipos, al Palacio Montes en abril de 1977.

Para ese entonces, ya se habían hecho gestiones con los descendientes de la familia Braun Menéndez para analizar la posibilidad que la residencia ubicada en calle Magallanes Nº949, fuera la depositaria definitiva de las diversas colecciones que atesoraba el Museo de la Patagonia, que superaba las dos mil piezas arqueológicas, siete mil entomológicas y más de diecinueve mil folios en microfilm en su archivo documental.

Las primeras conversaciones en este sentido, se efectuaron en el verano de 1974, diálogo que se profundizó cuando se supo la noticia que el Consejo de Monumentos Nacionales y el Ministerio de Educación, habían declarado a cinco restos de barcos, el casco del vapor Amadeo y de la barca Ambassador, ubicados en San Gregorio; a la proa de la escampavía Yelcho; a la proa y casco de la barca Lonsdale; al velero Andalucía encallado en las proximidades de Bahía Chilota y al Palacio Braun Menéndez, en la categoría de monumentos nacionales.

De esta manera, a fines de ese año 1974, el director de la Dibam Roque Esteban Scarpa y el asesor cultural de la Junta Militar de Gobierno, Enrique Campos Menéndez, sellaron un principio de acuerdo para trasladar el Museo de la Patagonia a su nuevo destino, pacto que se hizo efectivo en los años siguientes, cuando la municipalidad terminó por asentarse en el Palacio Montes. En ese momento histórico, gran parte de las colecciones del Museo de la Patagonia habían encontrado un nuevo hogar: la mansión Braun Menéndez.

Podría decirse que el museo estrenó casa nueva precisamente con la inauguración del Segundo Encuentro Nacional de Escritores de Magallanes, cita cultural que se extendió desde el 27 de octubre hasta el 1 de noviembre de 1982. Tal como planteamos en la reseña del 24 de abril pasado, en aquella ocasión se entregó a la comunidad literaria el Archivo del Escritor con más de medio centenar de carpetas que contenían información extraída de diarios y otras publicaciones sobre autores magallánicos. El directorio de la Sech Magallanes con Marino Muñoz Lagos a la cabeza, incrementó paulatinamente el acervo bibliográfico del mencionado Archivo del Escritor, mientras en paralelo, el académico Ernesto Livacic Gazzano asesorado por varias comisiones de trabajo preparaba lentamente los originales de su famoso compendio “Historia de la Literatura de Magallanes”.

De esta manera, el Museo de la Patagonia reabrió sus puertas al público, el 28 de febrero de 1983. Tres días más tarde, en una solemne ceremonia, el director de la Dibam, Enrique Campos Menéndez entregó a la Sech Magallanes, la Sala del Escritor, donde se encuentra el archivo al que nos hemos referido en estas semblanzas. Un año y algunos meses después, el 19 de junio de 1984, el Decreto Supremo Nº345 del Ministerio de Educación oficializó el nombre que se le conoce actualmente: Museo Regional de Magallanes (MRM).

Proyecto La Letra Escondida

Nuestros lectores habrán advertido, que sería imposible comprender la génesis de esta iniciativa cultural, sin explicar primero, la historia del Museo de la Patagonia y los orígenes del Archivo del Escritor, colecciones que corporizan al MRM.

Ahora bien. El proyecto que desarrollamos junto con la psicóloga Pía Ríos Rimenschneider, se encuadra dentro de una serie de significativas medidas impulsadas por la Dirección del Servicio del Patrimonio Cultural de Magallanes y Antártica Chilena a través de su línea de Equidad de Género, que desde 2017 viene implementando el MRM.

Apenas comenzamos a realizar un listado del material que disponíamos, interpretamos que el Archivo del Escritor no se había actualizado, al menos, desde 1986. Esta afirmación se basa en el hecho irrefutable en que ese año coincidió la publicación de un libro periodístico y literario fundamental en la evolución de las letras magallánicas, como es “Rosa Yagán” de Patricia Stambuk, con el fallecimiento en la ciudad de Lille, Francia, de la premiada dramaturga María Asunción Requena. En las carpetas de ambas escritoras se encuentran las notas y los recortes de periódicos, que dan cuenta de ambos acontecimientos. No existen otros datos, ni  tampoco información escrita o material iconográfico que exceda a 1986.

En lo que respecta al género narrativo, el análisis de nuestro material bibliográfico previo, la “Antología del Cuento Magallánico” (1952) edición preparada por el viejo Centro de Escritores de Magallanes con estudio preliminar de Julio Ramírez Fernández y la Antología Magallánica tomo 2 cuentos, (1981) selección de la Sech Magallanes, arrojó un importante antecedente. Mientras el texto de Ramírez Fernández presenta en total a doce autores e incorpora en ese grupo a dos escritoras, Rosa de Amarante y Ninette Miranda, la Antología de la Sech si bien, amplía a veinte el espectro de autores seleccionados, solamente agrega a ese grupo a una escritora: Rosa de Amarante.

En el ámbito poético, la Sech Magallanes presentó a mediados de 1981 la primera antología en la historia literaria regional dedicada exclusivamente a resaltar los valores de nuestra poesía. El volumen incluyó a treinta creadores, aunque suponemos que la Dirección Nacional de Comunicación Social (Dinacos) hizo su trabajo, prohibiendo que figurara el que para muchos era el poeta más representativo de su generación: Aristóteles España.

De los veintinueve escritores seleccionados finalmente, once son mujeres: Olga Acevedo, Rosa de Amarante, María Bargetto, María Cecilia Cerda, Astrid Fugellie, Marina Latorre, Gabriela Mistral, María Asunción Requena, María Cristina Ursic, Helga Villagrán y Desenka Vukasovic.

Fruto de las conclusiones emanadas del segundo Encuentro Nacional de Escritores de Magallanes, la Sech regional se embarcó en la materialización de una editorial propia. En consecuencia con este proyecto, a fines de 1983 la imprenta Copihue anunciaba la publicación del primer texto producido íntegramente por la SechMagallanes, “Nuevos poetas magallánicos”, texto que con las excepciones de Rosalicia Barría y Onofre Bórquez, reunió a otros quince jóvenes autores, en que destacan los nombres de las escritoras Nora Patricia Bohle, Mirna Huentelicán, Loretti Rojas Ciscutti, Juanita Sánchez Oyarzo, Maruja Scott, Maribel Valle y Eliana Yáñez.

Como subrayamos en las reseñas del 24 de abril y de 11 de septiembre pasado, la lectura de la obra de Ernesto Livacic “Historia de la literatura de Magallanes” fue de incalculable valor didáctico, al servir de contrapunto a la información que propendía de las carpetas que contenía el Archivo del Escritor.

Fuga de libros y pérdida

de primeras ediciones

Antes de comenzar la ejecución de este proyecto, sosteníamos la hipótesis que el desconocimiento que existe en las nuevas generaciones de lectores de Magallanes con respecto a las obras de los antiguos escritores del austro, se debe principalmente a la desaparición en las bibliotecas públicas de la región, de las primeras ediciones de las obras de los literatos magallánicos.

Resulta una verdadera odisea encontrar títulos como por ejemplo, “Un hombre asoma por el rocío” de Marino Muñoz Lagos (1949); “Solana del viento” de Silvestre Fugellie (1967); o “Los tres puntos” de Manuel Andrade Leiva (1936). Ni hablar cuando buscamos textos históricos. Obras como “La colonia de Magallanes y Tierra del Fuego” de Robustiano Vera (1897); los dos tomos del “Censo general del Territorio de Magallanes” de Lautaro Navarro (1908) o los tres volúmenes de la “Historia de los Yugoslavos en Magallanes” de Lucas Bonacic (1941-1946) son casi imposibles de ubicar.

La fuga de libros o pérdida de las primeras ediciones de nuestro patrimonio bibliográfico, se percibe acaso con mayor nitidez en la literatura escrita por mujeres. Recordemos que el compendio de Ernesto Livacic nos indicó que la cantidad de escritoras que publicaron en el período 1919-1987 superaba las sesenta autoras, triplicando la información contenida en el Archivo del Escritor. Si exceptuamos algunas obras de autoras que se conservan en la biblioteca del MRM, podemos señalar que varios títulos han desaparecido de los catálogos de las bibliotecas regionales.

Aquí anotamos el extravío de los siguientes libros: “Peregrina de sueños”, poesía, de Josefina Acevedo (1986); “Los cantos de la montaña”, poesía, de Olga Acevedo (1927); “Tierra viva”, poesía, (1950) de Wady Barrientos; “Un remordimiento” y la “Vida íntima de Marie Goetz”, novelas de Mariana Cox – Stuven (1909); “Fugas”, poesía, de Lilian Dranberre (1954); “Canto a Orfeo”, poesía de Catalina Iglesias (1985); “Galopando”, poesía, de Amanda Leiva Bahamonde (1987); “Idolos de piedra” poesía, de Jane Mary Lindford (1983); “¿Con quién sueñas tú?”, poesía, de Inés Llambías Wolf (1983); “Narei o el sueño de la laguna”, cuentos, de Vicenta Martinic Orlandini (1971); “Versos de trampolín”, poesía, de Milagros Mimica Soto; “En viaje hacia Tierra del Fuego”, divulgación, de Margret Segesser (1955); “Días meridionales”, poesía, de Raquel Zamora (1980).

Las mujeres también

escriben sobre ciencia

Es común escuchar que no hay publicaciones editadas por mujeres sobre temas científicos. Esta afirmación se ha convertido en uno de los mayores prejuicios y se encuentra lamentablemente, muy arraigada en la sociedad magallánica. Sin embargo, los alcances iniciales de esta investigación, demuestran todo lo contrario. 

Después de la Segunda Guerra Mundial, Magallanes concentró las miradas de los científicos de todo el mundo. Al austro llegaron muchos de los más grandes hombres y mujeres de ciencia. Pioneras en este último grupo, fueron Grete Mostny, Annette Laming y Anne Chapman.

Después, la consolidación del Instituto de la Patagonia en investigación científica, significó la aparición de una importante camada de jóvenes profesionales que se especializaron en diversas disciplinas de las ciencias sociales, como antropología, arqueología y etnología; en estudios de las ciencias naturales como botánica y zoología; en investigaciones de biología comparada por medio del campo de la biogeografía; y en observaciones sobre accidentes geográficos y climatológicos.

Científicas extranjeras y nacionales que se radicaron en el austro, junto a investigadoras regionales hicieron una valiosa contribución al acervo bibliográfico científico de Magallanes, con estudios propios o en coautoría con personalidades reconocidas del quehacer científico. Es el caso de María Jerez que en conjunto con Manuel Arancibia editaron en 1972, “Tratado de isoyectas del sector oriental de Magallanes”.

Dolly Lanfranco Leverton produjo en este período, al menos tres estudios esenciales: “Contribución al conocimiento de la Ichneumonofauna de la región de Magallanes” (1974); “Entomofauna asociada a los bosques de Nothofagus pumilio” (1977), y “Estudios entomofaunísticos en el archipiélago del Cabo de Hornos” (1981). A su vez, Georgina Lambeye Valdivia junto a Leonardo Guzmán Méndez e Ítalo Campodónico Gamboa publicaron en 1978 el estudio denominado “Fitoplacton del sector oriental del estrecho de Magallanes”. Hacemos mención también, a las obras editadas por la investigadora francesa Dominique Legoupil, “Reconocimiento arqueológico en la costa del seno Otway” (1980) y “Los indios de los archipiélagos de la Patagonia: un caso de adaptación a un ambiente adverso” (1986).

Otros hallazgos

La investigación entregó algunos tesoros. Comprobamos la existencia de varios cuentos publicados por los diarios de la época, La Prensa Austral y El Magallanes; en revistas como Menéndez Behety y Noticias Gráficas de Magallanes en que se pudieron individualizar los trabajos de la joven escritora chilota radicada en Punta Arenas, Ninette Miranda García, laureada en certámenes literarios celebrados en las décadas del treinta y cuarenta del siglo pasado. Se abre entonces, la posibilidad de preparar una antología con sus escritos.

En la carpeta de María Asunción Requena resguardada en el MRM pudimos constatar varias composiciones poéticas atribuidas a esta creadora. Recordemos que Requena triunfó en el primer concurso literario organizado por la Municipalidad de Magallanes para conmemorar el centenario de la ciudad de Punta Arenas en 1949. Esos poemas, junto a los publicados por el crítico literario Julio Ramírez Fernández en el diario La Prensa Austral en marzo de 1949 y los que fueron editados por la Sech Magallanes en la Antología de poesía tomo 1 en 1981, corresponden al mítico volumen “Poemas”, con el que María Asunción Requena se impuso en el certamen descrito. A nuestro entender, esta obra amerita una reimpresión.

Pía Ríos Rimenschneider halló en medio de unas viejas revistas, una nouvelle titulada “La Chascona” de Celia Collado, texto editado en 1924 en El Magallanes. Se trata de una autora consagrada con varios libros publicados. Hasta la consumación de este proyecto no se disponía de información alguna sobre esta escritora. Podría reeditarse este trabajo y crear a futuro, una colección de obras recuperadas.