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Bares y Poesía en la noche de Santiago 2ª parte

Por Marino Muñoz Aguero Domingo 2 de Octubre del 2022

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Luego de recuperar la malla de compras, en la cual esa noche el escritor Jorge Teillier llevaba su máquina de escribir y otros efectos, el grupo continuó su marcha por un costado de la Plaza de Armas y alguien sugiere pasar al bar del Hotel City, en calle Compañía a la altura del 1000. “Tal vez nos encontremos con Heredia”, expresó Rolando Cárdenas refiriéndose al detective de las novelas de Ramón Díaz Eterovic. 

El “City” estaba cerrado y Coloane entonces, recomienda el Bar “Congreso”, en Catedral al llegar a Morandé por la vereda norte. La delegación ocupó una mesa en el centro del amplio recinto y el pedido no se hizo esperar; pichanga y el consabido vino de la casa. 

Por alguna razón Rolando Cárdenas, el “Chico” Cárdenas, evocó a Magallanes su tierra natal. Se le notaba la nostalgia a este poeta lárico, bondadoso y silencioso, pero con esa sabiduría que dan los años y uno que otro golpe en la vida. Esa noche preguntó a Marino Muñoz por los amigos y amigas de la Patagonia (a los que más quería los recordaba en diminutivo).

Su nostalgia la compartía con el también magallánico Díaz Eterovic con quien había trabado una hermosa amistad. El último encuentro selló esa relación de años, libros, copas y bares. Fue en 1990 en el Servicio Médico Legal; había muerto Cárdenas y a Ramón Díaz le correspondió realizar las gestiones propias del caso. Encontró a su amigo como tantas veces, tranquilo y silencioso. Pero faltaba algo que le era característico; su clásica corbata, la que evocaba esa formalidad que conservó en toda ocasión, como un sello de su siempre impecable presentación personal. Díaz en un último homenaje se desprendió de la propia y la anudó al cuello del amigo, que de no ser por los recuerdos y los versos ya no volvería a ver (este episodio lo cuenta Díaz Eterovic en “Obra completa / Rolando Cárdenas”; edición y prólogo Ramón Díaz Eterovic. Punta Arenas, Chile: Corporación Cultural Sur del Sur, Ilustre Municipalidad de Punta Arenas, 2001 (Santiago: Mosquito) 224 p.).

En medio de la evocación a la Patagonia, alguien planteó aquello de que Gardel habría estado en Usuahia en algún momento de su juventud, y que un caballo que había sido suyo, de nombre “Explosivo” corrió en el Club Hípico de Punta Arenas. Demás está decir que los presentes dominaban el tema del tango, como si hubieran pasado toda su existencia en un café de la Calle Corrientes en Buenos Aires. Discutieron largamente ambas tesis, sin llegar a acuerdo como es lógico. Quizás por lo avanzado de la hora, Gardel y la Patagonia quedarían pendientes. Hacemos la salvedad que, años después, conversando con nuestro querido amigo y “jockey” magallánico Juan Moreau, nos contó que efectivamente al Club Hípico de Punta Arenas, llegaron muchos caballos de los hipódromos de San Isidro y Palermo (Buenos Aires). Entre estos ejemplares -contaba Moreau- no llegó el caballo “Explosivo”, pero sí arribó su nieto de nombre “Explotó”.    

La comitiva se preparaba para la retirada del Bar “Congreso” cuando fueron sorprendidos por un gesto de amor: de otra mesa habían enviado dos botellas de vino; una de blanco y una de tinto para el disfrute de los poetas. Esto siempre sucede en aquel mundo inmaculado de los bares. Desde el fondo del local se alzaron copas anónimas que querían compartir a la distancia con los soñadores, los que retribuyeron el brindis y el regalo levantando también sus copas. ¿quiénes eran?, ¿porqué el gesto?, ¿porqué no vinieron a la mesa de la poesía?, ¿porqué sólo saludaron desde lejos?. Quizá no tenga sentido intentar respuestas, simplemente fue un gesto de amor; cosas que suceden en los bares. 

Luego de esto, la despedida: Teillier tomó su pilgua, Rolando Cárdenas se arregló la corbata y los demás recogieron sus pertenencias. Todos, excepto Marino Muñoz Lagos que volvía a Punta Arenas al día siguiente, seguirían añorando sus lejanías desde ese Santiago que les había sido generoso por años. La despedida fue en la puerta del “Congreso”; llegaba la madrugada y comenzaba a llover, era la llamada del sur en el adiós.

Nota: la imagen corresponde al poeta magallánico Rolando Cárdenas. 

Fuente auxiliar:

Palabras al cierre: El autor de esta crónica tuvo la maravillosa oportunidad de participar en ese recorrido nocturno por los bares de Santiago. La vida a veces regala estas posibilidades de adentrarse en el mundo mágico de los poetas y los escritores, que en lo suyo, sueñan…simplemente sueñan (nosotros, simplemente observamos).