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Eduardo Alejandrino López Pradenas nació en Talcahuano el 7 de junio de 1930

Estuvo en el nacimiento de Puerto Williams, recorrió el mundo con la Esmeralda y actualmente disfruta de la pintura y la música

Por Cristian Saralegui Lunes 21 de Noviembre del 2022

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Con apenas 23 años formó parte del cutter “Juanito” (bautizado por la Armada como “Beagle”) junto a otras cinco personas, las que llegaron hasta la isla Navarino para establecer la soberanía en la zona del canal Beagle.

Cristian Saralegui R.
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A veces no alcanza con haber sido parte de un hito para quedar en la historia. Siempre se recuerda al líder, al que encabezó alguna hazaña, batalla o conquista, pero los que se llevan el trabajo duro terminan en el olvido. Algunos viven con dolor esa omisión y otros, con más serenidad, sabiendo que en algún momento tendrán el reconocimiento que sienten, merecen. 

Justo durante la semana se cumplió un nuevo aniversario de Puerto Williams, fundada el 15 de noviembre de 1953 por iniciativa de la Armada. A través del almirante Donald Mc Intyre Griffiths, se envió un cutter llamado “Juanito” y que la Armada rebautizó como “Beagle”. En la tripulación de seis personas, a cargo del teniente Teodoro Tanner Zapfe, se encontraba el cabo de maniobras Eduardo López Pradenas, que en ese tiempo apenas contaba con 23 años. Ahora, a sus 92 años, y con la misma vitalidad de siempre, recuerda ese hito para la región y sus recuerdos tanto en la Armada como piloto de distintas embarcaciones, hasta su actualidad, componiendo piezas en piano, pintando paisajes marinos, rodeado de réplicas en madera de las embarcaciones en las que tomó el timón, también creadas por sus manos.

Nacido en el puerto de Talcahuano, con apenas 15 años ingresó a la Armada, y uno de sus primeros recuerdos gratos fue haber pilotado la Yelcho, el escampavía que llegó a la Antártica en la misión del Piloto Pardo. 

Tras haber participado en la fundación de Puerto Williams, la Armada lo premió con un viaje en el buque escuela Esmeralda, con el que recorrió toda Sudamérica, el Caribe, Europa y llegando incluso hasta el canal de Suez, en Egipto, viaje que se extendió por un año. Regresó a Valparaíso y pidió su baja de la Armada, con la idea de buscar nuevos horizontes, previa especialización como piloto. Trabajó en Metalúrgica La Suiza, “a la salida del muelle, donde estuve un año y me echaron, porque decían que ganaba mucha plata. Trabajaba en cobranza. En ese tiempo estaba trabajando y estudiando para rendir exámenes para piloto”.

Así trabajó en empresas como Comapa, donde permaneció diez años. “La primera pega fue en Comapa, que me contrató como primer piloto de la motonave Magallánico, que hacía viajes de Valparaíso a Juan Fernández. En Punta Arenas trabajé en la ruta hacia Porvenir. Y cuando me retiré de Comapa, trabajé en Ultramar, estuve bastante tiempo y de ahí me fui a Enap. No recuerdo los años. Enap me contrató para pilotarle las barcazas. Después que se construyó en Talcahuano la barcaza Enap 1 me dijeron que había que ir a buscarla”, recuerda.

Buscando mejores perspectivas económicas se retiró de Enap y volvió a colaborar en Comapa para la revisión de unos planos de un remolcador de plataformas que se iba a construir en Río de Janeiro. “Los vi y dije que había que corregir esto, esto, esto… y me dijeron ‘pero usted no encuentra nada bueno’ y respondí ‘bueno, el que hizo esto sabía como es el trabajo para remolcar una plataforma”, cuenta riendo. Después de ir a retirarlo a Brasil, “trajimos el Amadeo y me vine a Punta Arenas, remolcando plataformas”. 

Finalmente, se retiró a trabajar a los buques pesqueros y recuerda que el último que pilotó fue el “Miño”, retirándose a los 32 años.

La experiencia en Williams

Sobre la misión que lo llevó a Puerto Williams, Eduardo López explica que “había buques que no podían llegar hasta la zona y la preocupación del almirante era que estaba abandonada la isla Navarino. Una empresa ganadera le regaló un cutter, llamado ‘Juanito’, lo ‘encachó’ la Armada para que pudiera tener 5-6 tripulantes y con eso nos mandaron. Se hizo una tremenda fiesta cuando nos fuimos”.

La tarea no fue fácil, porque “demoramos más de una semana en llegar y con mal tiempo. Fuimos un comandante, un telegrafista, cocinero. Mi labor era de maniobra. Hicimos hartas pegas, trazamos las calles con piedras, donde íbamos a instalar la iglesia, la estación de radio y todo se hizo como indicamos. En Williams no había nada, solamente en caleta Eugenia había algunos pobladores. Estuvimos un año en Williams”, recordó de esa experiencia.

Cantando para Sofía Loren

Tras retirarse de la actividad marítima, quiso seguir en actividad y por un vecino comenzó en la pintura y la música. “Mi mamá tocaba la guitarra, siempre me dediqué a la guitarra, el acordeón”. De hecho, recuerda cuando tuvo ese viaje por el mundo en la Esmeralda, “en que animé para Sofía Loren en Italia, cuando los artistas visitaban el buque, ahí el comandante dijo que tocara música chilena y así conocí muchos artistas”.

La artesanía en madera surgió cuando una vez pensó en todos los barcos que le tocó pilotar y quiso hacer réplicas. “El primero fue el buque carbonero, antiguo. Nadie me enseñó, tenía un taller en la casa. Remolcador de alta mar es otro”. De ellos, nueve se encuentran en exhibición en una de las paredes de su casa. “Una vez los expuse donde estaba la ferretería El Aguila, en Errázuriz, pero de ahí no. Ya no hago nada de eso. Estuve trabajando en esto hasta hace unos ocho años”.

También se dedicó a la pintura en óleo, donde cuenta con una treintena de cuadros, en su mayoría, con temática marítima o paisajes acuáticos. No los ha vendido ni tampoco los ha presentado en una exposición. “Una vez hablé con un alcalde y me dijo que tenía que mandar una carta, y naaa”, dice con un gesto de hastío. 

Vive solo, ya que sus hijos hicieron su vida: su hija mayor, Patricia, vive en Loncoche y es constructora; su hijo Jorge se desempeña en una empresa de ropa de trabajo; Eduardo es administrador en la Fiscalía y finalmente, Mónica, la menor, es abogada y secretaria de juez en La Serena. “Yo vivo solo, y no me aburro, porque nunca falta qué hacer”, finaliza Eduardo López Pradenas, que también fue bombero de la Séptima Compañía, integrante de una agrupación literaria y participa en actividades sociales y capacitaciones de su barrio, en la población Capredena.