Treinta años sin “Manos Limpias”
Víctor Hernández
Sociedad de Escritores
de Magallanes
El pasado 31 de mayo, Puerto Natales cumplió 112 años de vida. Es una ciudad que desde sus comienzos pareció forjar una identidad propia. A veces, tenemos la impresión de que se podría recorrer todas las localidades de la Patagonia chilena y argentina, y, al final del trayecto, nos quedaría la percepción de que en algún punto de la gira se visitó un pueblo que teniendo elementos muy simples, no se parecía en nada a ningún otro. Quizás, la influencia de sus poderosos frigoríficos “Bories” y “Natales”, le otorgaron durante muchos años ese aire de pueblo de trabajadores.
En nuestra niñez, escuchamos en casa muchas historias sobre esta ciudad, las que a menudo, estimulaban nuestra imaginación. De vuelta al terruño, después de vivir doce años en Santiago, el reencuentro con la comunidad natalina se produjo el año 2000 cuando dictamos un breve curso de literatura a un cuarto medio en el Liceo Gabriela Mistral, mientras en paralelo, elaborábamos un archivo vertical con el amigo kinesiólogo y escritor Jorge Díaz Bustamante, titulado “Presencia de Chiloé en Magallanes”.
Hacemos este recuento inicial, porque cuando efectuamos las actividades enunciadas, Puerto Natales conservaba aún, un aroma de ciudad obrera que se revelaba en muchos aspectos. Las huellas de la cultura chilota se percibían en todas partes. Al llegar en auto o en bus al pueblo, a la altura de Dorotea surgían súbitamente, las primeras casas de madera, de una sola planta, cuya característica más acusada era “en el frontis una puerta y dos ventanas laterales”. Al respecto, resulta sorprendente que varios de aquellos precarios domicilios fueran construidos por mujeres venidas al austro en busca de sus maridos, a quienes se les perdió el rastro en las interminables faenas ganaderas y ovejeras de la Patagonia. El propio Díaz Bustamante escribió sobre el particular, una semblanza llamada “Las casas de Natales” en su libro “Ultima Esperanza: el paisaje y su habitante” (2003):
“Ellas iniciaron en la década del 30, con los materiales que tenían a la mano, un nuevo tipo de construcción en el sector de la actual calle Baquedano. Recogían latas vacías de parafina en la bodega Stubenrauch, las abrían y forraban el exterior de las casas y en el interior la mitad inferior de las habitaciones. La parte superior la cubrían con tablas. A modo de aislante usaban arpillera y finalmente cubrían la pared con cualquier tipo de papel: revistas, diarios, etc”.
Ese invierno fue particularmente duro. En julio del 2000 las temperaturas bajaron a -18 grados; las cañerías se congelaron. Nevó varios días de forma ininterrumpida. Las autoridades de aquel entonces, decidieron cerrar la ruta 9 y de repente, Natales quedó aislado del mundo. Desde el cementerio viejo, la nieve que seguía cayendo sin cesar, cubría como un mantel blanco a toda la ciudad. Como en una postal antigua, el canal Señoret parecía una inmensa y grisácea laguna escarchada.
En días previos, los amigos escritores de Punta Arenas nos recordaron -como hacíamos cada vez que íbamos a Natales-, que no dejáramos de ir al “Manos Limpias”, el mítico bar y restaurante que durante décadas atendió su propio dueño, Antonio Garay Vásquez. Era como el evangelio nuestro. Después de realizar las actividades culturales y literarias, se imponía una visita obligada en compañía de los amigos artistas y escritores a beber el vino de la amistad en los clubes “Natales”, “Bories”, “Minero”, “Esmeralda” y por supuesto, al legendario “Manos Limpias”.
Para ese invierno del 2000, Antonio Garay Vásquez había completado siete años de fallecido y las historias en torno a su persona se multiplicaban. Tiempo atrás, en mayo de 1993, a sólo horas de su muerte uno de sus amigos más dilectos, el poeta y profesor primario Marino Muñoz Lagos le había dedicado una sentida columna en el diario La Prensa Austral que en parte decía:
“Le conocimos por allá por la década de los años cincuenta, cuando la bohemia florecía en nuestros corazones y la noche era como una novia incitante y hermosa. Una mañana cualquiera tomábamos una góndola y nos íbamos a Puerto Natales para a asesinar las horas perdidas. Allá nos esperaban Octavio Castro Sáez, Raúl Rivera, Osvaldo Wegmann o Amado Aguilar, queridos amigos de las letras, buenos conversadores y bebedores”.
En la nota, Muñoz Lagos describe el sitio donde inevitablemente finalizaba la vida nocturna, aunque para otros, era el espacio donde empezaba la vida diurna.
“De más está decir que nuestras pisadas, zigzagueantes de brindis y tormentos, enfilaban entre la agonía de las estrellas hasta la ‘picada’ que con mano diestra timoneaba nuestro amigo Antonio Garay Vásquez, más conocido como ‘Manos Limpias’. Allí, al calor de un vino blanco que invitaba a los diálogos, nos transformábamos totalmente y las horas pasaban raudamente, mientras la madrugada iba perfilando sus jirones de luz”.
Nos parece importante hacer esta aclaración, porque casi siempre leemos o escuchamos sobre Manos Limpias en términos como “El rey de la noche”, en directa alusión a quien se desempeña en el rubro de los negocios de cabarets, clubes nocturnos, o simplemente prostíbulos. El local de Garay Vásquez era un enclave, una especie de necesaria posada urbana, de improvisado centro de reunión social que permitía, tanto acoger al forastero como al habitante común de Puerto Natales.
Estos espacios tan vitales como verdaderos vasos comunicantes, se han ido extinguiendo en la vida humana con la consolidación del discurso de la modernidad. En las grandes ciudades del mundo y en las principales capitales de Latinoamérica es común, que se preserven estos lugares, amenazados por los centros comerciales y las nuevas tendencias de la moda. Es parte de la identidad cultural de los pueblos y de su patrimonio. Pese a todo, aquí en Chile, aún podemos hallar sitios como el de Antonio Garay en el viejo Valparaíso, en Chiloé, y también, en algunos rincones del centro de Santiago.
Un personaje singular
La mayoría de las reseñas escritas sobre Antonio Garay indican que llegó a Magallanes en 1924 para cumplir con su servicio militar. Lo que no se dice es que su vida ya estaba repleta de aventuras. Nacido en Rilán, Chiloé, el 23 de mayo de 1906, su niñez estuvo marcada por una dolorosa enfermedad que lo mantuvo postrado durante cuatro años. Para muchos, fue un milagro que pudiera caminar y recuperara el tiempo perdido.
A los diez años se marchó de su hogar. Se ignora cómo llegó y vivió en Valdivia otros siete años. Su hijo Antonio, -principal referente de este artículo-, que ha indagado en la vida de su progenitor, nos asegura que su papá trabajó en la pesca artesanal y posiblemente, en labores vinculadas con la carpintería de ribera. Aquello le permitió adquirir cierto dinero, y es que, no es un misterio para nadie que Garay tenía una capacidad innata para los negocios.
La conscripción la cumplió en el Regimiento Pudeto de Punta Arenas, cuyas instalaciones ya se encontraban en las inmediaciones del sector Cerro de la Cruz. Fueron dos años donde Antonio Garay demostró sus habilidades en tres facetas diferentes: en el atletismo, en el boxeo y en el manejo y destreza con las armas. Sin dudas que la pericia adquirida, le sirvió para emplearse como trabajador en las estancias de Ultima Esperanza. Es probable que en el mismo regimiento haya escuchado sobre las posibilidades que se abrían para un hombre soltero en la estepa magallánica.
En los próximos años, Antonio Garay trabajó infatigablemente en varias estancias de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego: Cerro Guido, Dos Lagunas, Cerro Castillo, Tapi Aike. Debe haber sorprendido a medio mundo cuando en agosto de 1934 se casó con Cecilia Craig Graham, (1915) hija de uno de los administradores. Ella, menor de edad se escapó con Antonio a Punta Arenas. Ambos pensaban que era más factible legalizar su unión en la capital del austro. Nada de eso ocurrió y los amantes retornaron a Ultima Esperanza. Al final, la relación fue aceptada por la familia de ella.
A esas alturas, el territorio se había convertido en provincia. De esta manera, surgieron nuevas formas de expresión y se rearticularon otras colectividades políticas. Antonio Garay Vásquez ingresó a las filas del Partido Radical, un hecho que debemos recordar en vista de los acontecimientos que vendrán a continuación.
Al poco tiempo de casados, Cecilia y Antonio se dedicaron a las actividades comerciales. Ella abrió un local en calle Bulnes y su marido, otro, en Bulnes esquina Magallanes, a metros del que atendía su esposa. Sin embargo, pese a estar casi dos décadas juntos, una enfermedad acabó con la vida de Cecilia en 1952. La pareja no tuvo descendencia.
Surge el mito de
“Manos Limpias”
En las páginas 311 y 312 del tomo 1 de la obra “Natales cien años de historias 1911-2011”, los profesores José Luis Ampuero, Ricardo Cea y Pedro Cid, se explayan sobre el origen del mítico restaurante de Antonio Garay. “En la calle Prat, frente al ‘Moulin Rouge’ en la casa actualmente signada con el Nº456, se ubicó originalmente el legendario bar restaurante ‘Monte Carlo’ (conocido más tarde como Manos Limpias)”. Junto con entregar algunos detalles del sitio, los historiadores nombran a Pedro Casanova como el administrador del local y a Felicinda Marihueico como mesera y cocinera. Más adelante agregan: “El sonido del violín del ‘Cholo’ Díaz alegraba las noches del Monte Carlo, este músico nunca tuvo un domicilio fijo y su vida, tal como pasó con muchos otros, giró siempre en torno al ambiente bohemio y como tal, su rastro se diluyó en el tiempo”.
Una versión distinta nos entrega Antonio, hijo del tercer matrimonio de “Manos Limpias” con Irene Barrientos. (Después de enviudar de Cecilia nuestro biografiado desposó a Ana Montiel, de cuya unión nacieron Cecilia y Rosario. El matrimonio se disolvió en 1959. De la relación con Irene nació también, Vilma, la hija menor). Su padre se dedicó a juntar diez mil ladrillos con los que emprendió, alrededor de 1958, la construcción del local de dos pisos ubicado en la esquina de Prat y O’Higgins. En aquel entonces, Garay ya era conocido como “Manos Limpias”. Su hijo nos reprodujo la misma cita de Marino Muñoz Lagos cuando recordó en su crónica de despedida a Antonio Garay, la anécdota que dio origen al apodo:
“Contaba Osvaldo Wegmann -con más picardía que exactitud- que Antonio Garay era muy bueno para los puñetes. Cierta vez fue desafiado por un contrincante que tenía hartas ganas de bajarle el moño. Lugar del encuentro: una calle natalina. Apenas empezaron los primeros tanteos se vio que Garay Vásquez era muy superior y fue dejando como chaleco de mono a su adversario. De improviso, este mal perdedor sacó de entre sus ropas un cuchillo, con el que quiso agredir a Garay: éste, levantando el brazo gritaba a más no poder: ‘Yo manos limpias, yo, manos limpias”.
Ampuero, Cea y Cid, al igual que Díaz Bustamante, -del que extraemos la cita-, en sus libros señalan, que el apodo se reforzó con una historia contada por el propio Garay:
“Dos amigos se encontraban en una noche de libaciones, al momento de cancelar la cuenta se produjo una gran discusión entre ambos, ya que ninguno permitía que el otro pagara la deuda. Don Antonio fue llamado a zanjar la discusión. Finalmente se llegó a un acuerdo: harían una carrera alrededor de la manzana y el primero en regresar sería el que pagaría. El propio ‘Manos limpias’ dio la partida y jamás volvió a ver a tan singulares competidores”.
Como buen militante radical, “Manos Limpias” tuvo amigos de toda la vida en el magisterio de Puerto Natales. Se cuenta que los planes, programas y mallas curriculares de la Universidad Popular, creada en 1951 a instancias de la Unión de Profesores de Chile, se fraguaban habitualmente en el local de Garay Vásquez. Allí se reunían entre otros, Teófilo Miranda, Bruno Canobra, Augusto Essmann. Estos hombres convidaron a nuevas voluntades de todos los colores políticos de Puerto Natales para materializar la feliz iniciativa educativa y cultural. No es de extrañar entonces que la revista “Austro”, órgano oficial de la Escuela Consolidada imprimiera en 1957 un aviso publicitario que decía:
“Restaurant diurno y nocturno, ‘Manos Limpias’, de Antonio Garay Vásquez. Su lema: ‘Habiendo agua hervida hay comida’. Prat Nº460 Puerto Natales. Teléfono 144”.
Dirigente social
La preocupación por la evolución socioeconómica de Puerto Natales fue otra de las preocupaciones de este personaje. Como dirigente de la Cámara de Comercio Minorista fue uno de los promotores del estudio en 1944 que buscaba evitar la implantación de la Ley de Zona Seca para Ultima Esperanza. Con su decidida acción, se consiguió aunar criterios con distintas instituciones y fuerzas vivas de la ciudad que permitieron entregar al gobernador del departamento, Humberto Jara Sánchez, un informe estadístico que demostraba que el consumo de alcohol no era el que sostenía la Aduana. A cambio, los dirigentes natalinos, hicieron una contrapropuesta en que solicitaban una solución para los servicios de agua potable, alcantarillado y luz eléctrica; terminación del hospital; mejoramiento de las rutas con Punta Arenas y el norte del país; creación de una gran escuela para la ciudad. Dejamos constancia que varias de estas peticiones se concretaron en los gobiernos posteriores, pero las indicaciones iniciales, el primer impulso para acometer las mejoras de infraestructura y otras de carácter social comenzaron con aquel documento emanado desde los propios habitantes de Puerto Natales.
Fueron famosos los campeonatos de truco que “Manos Limpias” organizaba en el segundo piso del bar restaurante. Conspicuos personajes de la escena magallánica y natalina coincidieron más de una vez, en los torneos en que Antonio Garay servía como anfitrión. En el salón principal ubicado a la entrada del recinto se podía divisar un hermoso piano alemán marca “Hohner”, que algunos artistas utilizaban para amenizar las jornadas del local y que, cada cierto tiempo, requería mantención, la cual se encomendaba a un ciudadano argentino apellidado Terrazas que venía a Natales procedente de la Patagonia argentina en un Citroen AX-330.
“Manos Limpias” colaboró permanentemente con numerosas instituciones de beneficencia, entre ellas, el Cuerpo de Bomberos, pero también, entregó recursos y ayudó de forma anónima a muchas agrupaciones de Ultima Esperanza. Se recuerda especialmente, la donación que hizo a la municipalidad de un terreno suyo que permitió abrir camino para acceder a la población Nueva Patagonia.
No obstante, tal vez su contribución más importante haya sido con el mundo de las letras. Los días 14, 15 y 16 de octubre de 1983 se realizó en Puerto Natales, el Primer Encuentro Regional de Escritores de Magallanes. “Manos Limpias” fue desde el anonimato, uno de los principales gestores de este conclave cultural. Su bar restaurante acogió a los literatos brindándoles comida y vino. A indicación suya, los autores de Punta Arenas pudieron conseguir alojamiento en casa de amistades, lo que facilitó el encuentro.
Este hombre sencillo, amigo de sus amigos, falleció exactamente hace treinta años. En el cementerio Padre Rossa fue despedido ante una multitud por su contemporáneo Alfredo Rivera Valdés, quien resumió al final de su intervención la actitud inequívoca de “Manos Limpias”:
“Conoció todas las vicisitudes, triunfos y derrotas, era como el Ave Fénix, de las cenizas se levantaba, con mayores bríos, para enfrentar los desafíos que el destino solía colocarle por delante”.




