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El fin de la democracia

Por Alejandra Mancilla Domingo 3 de Septiembre del 2023

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La discusión sobre las virtudes y defectos de la democracia es uno de los temas recurrentes de la filosofía política. Para Aristóteles, la democracia era una forma defectuosa de gobierno y, en el peor de los casos, sinónimo de tiranía. Para Churchill, un poco más positivo, era la peor forma de gobierno, exceptuando todas las otras que se han probado. Hoy, en tiempos donde parece necesario defender la democracia de sus alternativas, sigue sin haber acuerdo respecto a cuestiones fundamentales. Una de ellas es si el valor de la democracia es simplemente instrumental o, al contrario, si es valiosa en principio (independiente de si sea una buena herramienta o no).

Quienes defienden la democracia como un medio hacia un fin (la buena vida, como quiera que se defina), resaltan la riqueza epistémica de tener una pluralidad de voces y opiniones tomando las decisiones, y citan estudios que muestran cómo grupos de individuos comunes y corrientes deliberando llegan a conclusiones parecidas o incluso mejores que las de expertos. Otros enfatizan la importancia del cambio: si un gobierno resulta terrible, al menos está la garantía de que no se quedará ahí para siempre; si es bueno, impulsará a sus competidores a tratar de ser aún mejores. Etc.

Quienes defienden la democracia por su valor en sí misma, en cambio, subrayan la importancia de reconocer la igualdad de todas las personas como principio básico de la convivencia social, ejemplificada en la regla de “una persona, un voto”. La democracia, desde esta perspectiva, es valiosa, aunque no necesariamente lleve a los mejores resultados.

Una objeción a las bondades de la democracia como instrumento es que existen problemas que no parecen capaces de resolverse democráticamente. El cambio climático antropogénico es el mejor ejemplo: aunque todos sabemos que estamos interconectados, aunque todos sabemos que hay que tomar medidas de mitigación, aunque todos sabemos que no podemos seguir la fiesta de consumo que asume una naturaleza gratis e inagotable, los gobiernos democráticos son extremadamente lentos y hasta contraproducentes para llevar a cabo los cambios que se necesitan. Si esperamos una solución democrática a este problema, lo más probable es que perezcamos ahogados o fritos en el intento. Lo que se necesita, se dirá, son gobiernos técnicos que tomen las decisiones científicamente informadas, sin importar lo que opine la gente. Dictaduras u oligarquías verdes benevolentes.

Un argumento que no he visto aún y que puede ser digno de investigar es si la democracia no será tanto instrumentalmente como en principio deseable, sólo que para lograr un fin ecológico superior (no necesariamente mejor para los seres humanos). Si aceptamos que éste es el mejor modo de gobierno, a pesar de no dar solución, por ejemplo, al cambio climático, lo más probable es que viviremos cambios drásticos, dramáticos y mortales para millones. ¿No será el fin de la democracia demostrarnos que el mejor sistema de gobierno humano lleva inevitablemente a la destrucción de humanos? ¿No será la democracia el mejor sistema de gobierno para el planeta, en tanto en cuanto su ejercicio culminará en la desaparición de gran parte de la humanidad, llevando por fin a los sobrevivientes a realizar cambios radicales en la manera de hacer las cosas? Veo a los ecologistas radicales apropiándose este argumento: seguir la democracia—uno de los ideales más nobles que nos hemos propuesto como especie—nos llevará a la liberación de la naturaleza, en desmedro de nosotros mismos.

Entonces despierto de las disquisiciones y miro alrededor: no son las democracias, sino los autoritarismos y totalitarismos incapaces de cooperar con los otros y de respetarse como iguales, a pesar de las diferencias, los que más impiden la colaboración global para solucionar problemas globales. La práctica democrática no será perfecta (bien lo sabía Churchill), pero sigue siendo lo mejor de lo peor que tenemos.