Bartleby, el escribiente
Herman Melville
Nouvelle. 63 páginas.
Lom Ediciones 2001 -y otras editoriales-.
“Preferiría no hacerlo.
¿No lo hará? Prefiero no hacerlo”.
(Pág. 26)
¿Qué hace que Bartleby, el escribiente, sea uno de esos personajes entrañables que perdura en la memoria individual y colectiva así se haya escrito hace más de un siglo y medio?
Se editó por vez primera el año 1856 y a pesar de que fuera recibida sin pena ni gloria, como suele suceder con las grandes obras destinadas a la inmortalidad, se fue abriendo un camino lento y progresivo hasta llegar a influenciar a connotados autores como Camus y Beckett, o anticipar la obra de Kafka, e inspirar a Vila Matas, quien escribiera “Bartleby y los otros” en evidente referencia a creadores que, no obstante, sus grandes dotes personales, renunciaron a la literatura formal.
La trama es elemental: Bartleby llega a una Notaria y se ofrece como empleado evidenciando una apariencia desolada, aunque digna, que hace que el Notario lo contrate sin mayores dilaciones. En el Oficio existen otros tres funcionarios: dos copistas, Turkey (pavo), Nippers (pinzas) y Ginger Nut (Bizcocho de jengibre). Al comienzo el trabajo de Bartleby es eficiente, responsable. Es el primero en llegar y el último en, supuestamente, retirarse. Es un individuo silencioso que, enclaustrado en un escritorio con un ventanal que da a una pared de ladrillos, trabaja incansable en los documentos que su jefe le entrega a diario.
Sin embargo, de un momento a otro y ante las órdenes superiores, se limitará a responder: “Preferiría no hacerlo”, circunstancia que, inicialmente, el Notario cree haber interpretado como una excusa común, un deseo de no realizar por “ese momento” la tarea encomendada. Lo curioso es que Bartleby seguirá respondiendo de igual manera y el “preferiría no hacerlo” se convierte en una muletilla cansadora, asfixiante, desprovista de contenido y, paradójicamente, imbuida de una profundidad que el Notario es incapaz de descifrar, aunque siente igualmente una extraña solidaridad con quien le cambia la perspectiva y el orden de las cosas.
Los demás empleados –Turkey y Nippers- dan a conocer al jefe sus posiciones desde sus particulares ópticas de ser y estar en la sociedad en que viven. Lo conminan a que debiera ser castigado o despedido, etc., pero el Notario se siente incapaz de decidir a su respecto. Intuye que tras la respuesta de Bartleby se escuda una necesidad metafísica insondable, una razón que escapa al sentido común y que se “siente” como un desafío natural a una estructura social y humana donde el personaje no tiene espacio ni puede conciliar su individualidad con el resto del mundo.
Los seres humanos para Bartleby carecen de sentido real y el mismo pareciera sustentar su propia y extraña existencia como anclada a un ambiente que le es totalmente ajeno. Así y todo, es capaz de mantener una dignidad inusual, una actitud de indiferencia y lejanía ante los reproches sostenidos de su jefe, quien no alcanza a dilucidar el misterio de Bartleby. Y es solo hasta que descubre que Bartleby vive en la propia oficina cuando decide, con el dolor de su alma, despedirlo. Llega hasta cambiar de domicilio notarial, pero la sombra de su empleado es tenaz y absorbente. El destino de Bartleby, no obstante, está sellado: terminará abandonado en un edificio cualquiera y posteriormente será enclaustrado en una cárcel, en la que el Notario procurará proveerlo de comodidades básicas. Sin embargo, Bartleby decide morir de inanición.
En resumen, este diminuto libro evidencia a un personaje patéticamente perturbador, que es capaz de transmitirnos una compasión que excede especulaciones lógicas, deducciones o análisis conceptuales a priori. La presencia de Bartleby es una suerte de llamado de atención, una invocación por más sensibilidad, un clamor soterrado por ser amado, más allá de las deficiencias mentales o de clara inadaptación social que él u otro cualquiera en análogas circunstancias, reclama en silenciosa espera.
“Preferiría no hacerlo” es una oración sugestiva, una cualidad sobreentendida que parte de una negación condicional por la imposición, por “la orden”, por el establishment que consume los contenidos amparado en las formas, veladas o explícitas, de la dominación social, de la degradación gradual del ignorado respecto del que ignora.
Bartleby se yergue hoy más que nunca en una especie de antihéroe ético y moral, de un individuo que “prefiere” otro mundo, otra manera de relacionarnos, así se pierda en su dolor, en su aislamiento perpetuo, así nos coloque entre la espada y la pared como invitándonos a reaccionar ante el dilema de no ver el sufrimiento ajeno como propio, incitándonos a revelar una sencilla ecuación: mientras un solo ser humano esté prisionero de los demás o de sí mismo, la humanidad nunca podrá ser libre.
Una pequeña obra monumental que es necesario releer cada cierto tiempo.




