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Vale hongo

Por Alejandra Mancilla Domingo 12 de Noviembre del 2023

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Una cosa es obvia después de leer el libro de Merlin Sheldrake, Entangled life (algo así como “Vidas enredadas”, traducido al español como “La red oculta de la vida”: el dicho del título de esta columna no puede significar lo que significa; los hongos no “valen hongo”, o “valer hongo” tendrá que transformarse en un halago en vez de un insulto. 

Sheldrake, micólogo de profesión, está apasionadamente enamorado de estos seres y sabe traspasar su amor a los lectores. Los hongos, nos dice, han sido ignorados por siglos, a pesar de sus increíbles propiedades, muchas de las cuales apenas empezamos a descubrir. Dentro del catálogo de hongos increíbles figuran los alucinógenos (no sólo populares entre humanos, sino también entre animales como osos y renos); carnívoros, que se alimentan de gusanos; maquiavélicos, que toman posesión de un cierto tipo de hormigas, dirigiendo sus movimientos y tomando completo control de sus cuerpos para obtener el alimento que desean; dados al comercio, ofreciendo minerales a las raíces de las plantas a cambio de carbono; ingenieros, capaces de crear redes de comunicación y transporte tan o más eficientes que las diseñadas por humanos; colaboradores, listos para asociarse a un alga de conveniencia y transformarse en un tercer sujeto que no es hongo ni alga, sino liquen; y recicladores, capaces de digerir basuras tan poco apetitosas como pañales usados y colillas de cigarrillo.

Si el párrafo anterior suena antropomórfico, esto no es casualidad. Uno de los mensajes de Sheldrake es que la versatilidad de los hongos no tiene nada que envidiarle a la de los humanos. Es más, a pesar de no tener cerebro ni sistema nervioso central, hay hongos que se comportan como si tuvieran agencia, propósitos, objetivos claros. Los hongos, según Sheldrake, confunden las categorías que inventamos para poner orden en el mundo natural. Aunque ahora son considerados un “reino” aparte, en las universidades todavía los micólogos no tienen casa propia, como los zoólogos y botánicos. Quizás nunca deberían tenerla si se considera que, cuando miramos de cerca, hongos, plantas y animales están mucho más compenetrados—“enredados”—que lo que quisiéramos conceder. La relativamente nueva disciplina de la neuromicrobiología, por ejemplo, ha comenzado a estudiar cómo las floras intestinales (compuestas por bacterias y hongos, entre otros microorganismos) afectan nuestro cerebro y pueden determinar condiciones desde el mal de Parkinson hasta el Alzheimer. Valemos tanto como nuestros hongos, al parecer.

Para la cosmovisión occidental, que asume la existencia de individuos claramente identificados y, en el caso de los humanos, capaces de actuar intencionalmente siguiendo los dictados de su racionalidad, los hongos presentan un problema. Las redes de micorrizas en los bosques (esto es, de hongos asociados a raíces formando redes subterráneas) hacen que hablar de árboles individuales casi carezca de sentido, y nuestro microbiota hace dudar de la línea trazada entre mente y cuerpo, razón y pasión, conocimiento y tincada. Sheldrake no esconde estas complicaciones, sino que las resalta. Los hongos nos dejan pensando. ¿O son los hongos pensando a través de nosotros?

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