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Hay que volver a empezar de cero

Por Marcos Buvinic Domingo 26 de Noviembre del 2023

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Hace unos días estuve en el funeral de una persona de quien todos decían con respeto y admiración: “fue un hombre bueno y correcto en todos los aspectos de su vida”. Ese mismo día, al pagar mi estacionamiento en la calle, el cobrador me dijo: “no le puse la boleta así que págueme una luca y quedamos bien”. Le dije: “hagamos las cosas bien: yo llegué hace dos horas, así que cóbreme lo que corresponde, y los dos sabremos que hacemos lo correcto”. El cobrador, sorprendido ante un tonto que no aprovechaba la oportunidad de pagar unos pesos menos, me dijo: “a mí no me importa eso de lo correcto, me importan las monedas”.

Son dos fotos en miniatura de dos mentalidades que habitan transversalmente nuestra sociedad: por un lado, los que intentan ser buenos, correctos y decentes, y que parecen cada vez más escasos; por otro lado, los bandidos, pillos y sinvergüenzas, que parecen abundar cada vez más. 

Sucede que, a veces, buscamos lo bueno allí donde no está; otras veces, nos confundimos y no sabemos dónde está lo bueno para nuestra vida; también, a veces conscientemente hacemos algo que es malo, pensando que vamos a obtener algo bueno; otras veces padecemos por las malas acciones de otros. Por eso es que necesitamos una brújula que oriente nuestra vida, nuestras decisiones y acciones hacia los fines buenos -personales y sociales-, y nos señale los medios buenos para alcanzar esos fines buenos. Esa brújula es la tan mentada ética.

Es decir, para vivir humanamente necesitamos valores y criterios que orienten nuestras decisiones y acciones, necesitamos saber que nuestras opciones son -de verdad- buenas, necesitamos valorar la realidad que nos rodea apoyando lo bueno y rechazando lo malo, necesitamos enfrentar las situaciones problemáticas en la convivencia social, familiar o laboral; necesitamos, también, relacionar con justicia y solidaridad los intereses personales y los intereses sociales. 

La ética es, entonces, una necesidad humana y social; sin ella, reina la ley de la selva y todo se vuelve inhumano; sin ética todo se vuelve un asunto de fuerza o de pillería, de temores y de andar a la defensiva; entonces, ya no se busca lo bueno, sino sobrevivir en un mundo agresivo y hostil. 

Sin ética todo se transforma en el reino de los corruptos que viven con la pretensión de ser personas decentes realizando acciones infames. Esos son los se han creído el cuento de que el dinero y el poder les permitirían “estar bien” y con una aparente impecabilidad, por encima de todo y de todos. No hay que sorprenderse que el fenómeno social de corrupción que estamos viviendo en nuestro país sea un problema de dinero -y siempre más dinero- que pretende comprarlo todo. 

Parece que en el asunto de la tan mentada y escasa ética necesitamos volver a empezar de cero. Volver a partir de cero, tal como lo hicieron nuestros antepasados de las cavernas, los que se fueron dando cuenta que para vivir juntos era necesario ponerse de acuerdo en algunas normas de convivencia, así como establecer algunos mecanismos de control y de sanción ante su incumplimiento. De manera que era necesario socializar los derechos y los deberes de todas las personas, y que ambos eran para cumplirlos.

Nosotros hemos vivido un importante y necesario periodo de formación de la conciencia en lo que son los derechos de todas las personas, pero esa formación no siempre ha ido acompañada -o no se ha insistido lo suficiente- en la formación de los deberes correlativos, sean personales, ciudadanos y sociales. Derechos y deberes son correlativos. Por cierto, es muy necesario que se forme en los derechos básicos de todo ser humano, en los derechos sociales, en los derechos de los niños, de los adultos mayores, del consumidor, de los pacientes, etc… Pero, ¿acaso no nos hemos dado cuenta que la formación en los derechos es inútil, absolutamente inútil, sin la formación en los deberes correlativos? 

Parece que en esto de la tan mentada y escasa ética tenemos que volver a partir de cero, volver a comenzar de la “regla de oro” de la ética, la cual está presente en las principales tradiciones filosóficas, espirituales y religiosas de la humanidad, y que fue formulada por el Señor Jesús diciendo: “todo cuanto quieren que los demás les hagan a ustedes, háganlo ustedes a ellos”.