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¿Hay estrategias para una sociedad mayoritariamente adulta?

Por Ramón Lobos Vásquez Miércoles 3 de Enero del 2024

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El incremento de la población adulta mayor ha incidido en múltiples aspectos de la vida cotidiana en nuestra sociedad, pero el impacto no ha sido sólo sobre quienes trabajan con ellos o les prestan servicios; al ser más en nuestra sociedad local, también implica que copen espacios de participación o de relación, es lo que ocurre en Magallanes y en el resto del país.

El incremento de personas mayores produce nuevos casos de ciertas enfermedades y una mayor tensión en los equipos de salud. Por ejemplo, la hipertensión afecta a un tercio de los mayores, lo que implica una gran cantidad de usuarios a controlar. La diabetes afecta al 10% de esa misma población, lo que lleva a que deben permanecer en control y seguimiento al menos la mitad de los mayores de un sector o área geográfica.  Por lo cual deben proveerse los recursos humanos en cada área, para la atención directa de ellos..

Sirve de ejemplo el Hospital Clínico, cuyos antecedentes para provisión de cama hospitalaria es de fines de la década de los 90. Lo que se consideraba población adulta mayor no se condice con el uso y ocupación de camas que tiene actualmente este grupo etario. Urge tener más camas para mayores y sus requerimientos, nuestra actual oferta de salud hospitalaria se quedó chica o corta para los actuales requerimientos y los que vendrán a la vuelta  de la  esquina.

Esa es una arista. Pero también hay implicancias que vemos cotidianamente en la prensa como la participación de adultos mayores como sujetos vulnerados por terceros y como partícipes de actos delictivos o socialmente inaceptables.

Ya no es noticia que hayan mayores que sean violentados en nuestra sociedad. El envejecimiento poblacional es de dulce, por lo que significa un incremento en la posibilidad de vivir y disfrutar más nuestra sociedad; pero también es de agraz cuando se ven las vulneraciones de sus derechos, siendo -muchas veces- en el mismo seno familiar que debiera velar por ellos, donde ocurren estas inequidades que le restan calidad de vida.

Tampoco asombra la cantidad de mayores violentados por falta de servicios. Por falta de especialistas, por falta de horas en los procedimientos diagnósticos o terapéuticos.  Son manifestaciones pasivas de carencias del sistema. Son parte de esa caja negra que son las listas de espera, que no distinguen en priorizar la urgencia o darle la prioridad que requiere.

También existe la ausencia de políticas sociales o de apoyo para que la familia lo pueda mantener y seguir cuidando en su domicilio. Esta red social se tensiona mucho más si el mayor está enfermo o sufre de enfermedades de curso crónico, que requieren atenciones y cuidados oportunos y permanentes. La falta de provisión de esos recursos sociales en comunidad saturan a los dispositivos que existen, haciendo peor la manifestación del problema.

Se requieren diagnósticos oportunos y trabajo anticipado para preparar los escenarios que ocurrirán. A esto se refiere el dicho que el envejecimiento  de nuestra población “pilló en pampa” al Estado y sus agentes y también a la población. Nadie fue capaz de prever este escenario y sus requerimientos.  Por eso, con las demoras que normalmente tienen las políticas públicas en el país, lo que se implementa a poco andar se queda corto y hacen falta más provisiones y preparaciones.

Bien lo saben los voluntariados que están más cercanos a la población con requerimientos. Ellos observan, levantan y ejecutan programas de atención en áreas en que aún el Estado no ha vislumbrado hacer algo al respecto. Un ejemplo en nuestra región han sido los voluntariados que han planteado la necesidad de tener catres clínicos para atender -no sólo- a la población adulta mayor. Ellos dieron la voz de alarma de este requerimiento, que rápidamente escala en nuestra población usuaria. Pero el Estado aún no se hace cargo de plantear una política pública al respecto. Mientras quienes carecen de este recurso viven la inequidad o la violencia de atender en peores condiciones a sus familiares, pero como son eventos muy personales en las vivencias de nuestra sociedad nadie los plantea como una necesidad actual.

Lo hemos repetido y seguiremos haciéndolo en diversas tribunas, es hora de que Magallanes piense en lo que los mayores necesitan no hoy sino en 10 años más para empezar a preparar y proveer, y no seguir esperando que el nivel central diga qué hacer en los territorios.

Por eso es tiempo de tener una comisión que vaya adelantándose y pensando modelos de intervención y trabajo para con los mayores. Hace rato que se lo planteamos a diversos intendentes y al gobernador regional, pero lo urgente no deja espacio a la planificación. Lo rimbombante o con mayor impacto actual sigue predominando en el trabajo diario. Hay poco espacio para pensar en el futuro. Un futuro gris y oscuro para los mayores si es que no se piensa con tiempo y premura por ellos.

Si al final con lo que se demora el Estado en hacer la pega, lo más probable que ni nosotros seremos los beneficiarios de tales programas. Lo más probable es que seamos población de sacrificio que dependerá de la buena voluntad que podamos generar a nuestro alrededor.

Hay que hacer cosas distintas. Las autoridades tienen la palabra y los recursos para hacerlo. Ya es tarde seguir esperando. Ojalá que en este nuevo año veamos esa diferencia.

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