Necrológicas

Réquiem para un hombre bueno

Domingo 21 de Enero del 2024

Compartir esta noticia
268
Visitas

Por Guillermo Mimica C.

 

 

Luis Alvarado Saravia, Lucho, mi buen y fiel amigo, falleció cuando el reloj del nuevo año marcaba sus primeras horas. Días antes de Navidad, en nuestra última conversación, le había prometido ir a verlo. Después, cuando ya no hablaba, sólo le enviaba audios, en los que procuraba hacerlo reír, o sonreír al menos, y acercarlo a Magallanes y a su barrio San Miguel a través de algunas canciones que, nostálgicos, ambos cantamos muchas veces encontrándonos en Europa. Claudia, Juanita y Marcela, sus abnegadas magdalenas, me permitieron seguir diariamente su agonía. Y sucedió lo esperado. Recuerdo que, encontrándome en la puerta de un museo, me sentí consternado al leer el mensaje de Claudita que me decía: “Mi querido amigo heredado, no pude cumplir con tu encargo, Lucho ha partido esta tarde”. (Le había pedido hacerle escuchar mi último audio). Recibí la noticia media hora después que mi amigo haya emprendido su vuelo.

Me quedé con los pasajes. No pude viajar a despedirme y me aferré al abrazo que nos dimos al despedirnos en el aeropuerto de Santiago a mediados de noviembre, cuando lo dejé en manos ajenas, sentado en una silla de ruedas. El primero de enero me encontraba a miles de kilómetros de Castro. No sé si acaso mi dolor por su partida fue más fuerte que la impotencia de estar tan lejos en ese instante. Sólo el fraterno sentimiento de amistad logra explicar la tristeza duradera que siguió al deceso.

Lucho merecía el homenaje recibido al final de su laico velatorio. Familiares cercanos, amigos, hermanos, ex presos políticos y compañeros de su partido, estuvieron allí o espiritualmente manifestaron presencia desde Punta Arenas. Algunos viajaron de Santiago y Valparaíso. Hubo palabras hermosas que lo hicieron trascender y gestos humanos que las sustentaron. Marcela y Luchito las deben haber recibido orgullosos y seguramente atesorado en lo profundo, para llevárselas a Claudia y Claudito sus otros dos hijos, hoy en Dinamarca y Alemania. Un legado moral que es profundo y seguramente duradero. No podía ser de otra manera. Durante toda su vida, el hombre que partió había dado pruebas indesmentibles de esa gran humanidad que fue la suya, ejemplo de la grandeza de los buenos.

Sobre su ataúd, vestido con los copihues rojos sujetos con las púas que simbolizaban el campo de detención de isla Dawson de la carátula, fue puesto su libro: Alvarado. “Yo soy Luis Alvarado” nos había dicho en el escenario del aula magna de la Umag hace un tiempo, cuando la obra fue presentada y las decenas de gargantas presentes entonaron el himno del cautiverio. “Nuestro libro”, solía decirme y lo repitió después, en el teatro municipal de Castro, y cuando junto a Pavel Oyarzún, fuimos también a presentarlo en la ex cárcel de Valparaíso. El libro fue su relato, su testimonio, su verdad verdadera, su canto de rebeldía interpretado a los ochenta cumplidos, su índice acusador en un rememorar apasionado y justiciero, su trágica denuncia, su grito desgarrado y sonoro, para que su “nunca más” se escuche con eco prolongado. Ese fue su aporte valiente a la memoria de las víctimas, su homenaje a los muertos, para que lo sepan y resepan los vivos, los incrédulos y relativistas, o quienes creen haber inventado la historia con sus ínfimas luchas.

Qué orgullo para este escribidor, el de haber sido así desposeído de su obra. Qué mayor satisfacción la transcendencia asumida por parte del personaje puesto en escena. Ese “nosotros” que Alvarado se encargó de acuñar, supera con magnífica elegancia el humilde “yo” de quien puso la dubitativa pluma. El resto, lo mucho otro, la confidencia, el quiebre en un llanto, el humor, la Silvia, el reencuentro, la duda y lo mágico de los entretelones de cada página escrita en pandemia, quedará entre nosotros, sellado y secreto. Mis disculpas, me lo guardo.

Y porque echaré de menos su humor en nuestras conversaciones, con la misma liviandad que tanto nos hizo reír por muchos años, me tomo la licencia de decir a voz en cuello: “! Hasta siempre, ahora y siempre, compañero!”