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“Me gustaría ser Adolfo Bioy Casares” Parte 2. (Julio Cortázar, “Diario de un cuento”).

Por Marino Muñoz Aguero Domingo 11 de Febrero del 2024
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Cortázar y Bioy se vieron por última vez en 1973, en el quinto piso de Posadas 1650 que “Adolfito” compartía con su esposa, la gran escritora Silvina Ocampo en pleno barrio de la Recoleta en Buenos Aires. De esa noche quedó para el recuerdo el sabroso diálogo previo entre Bioy y el esposo de su Ama de Llaves: “Cortázar viene a comer”… “¿Y eso qué tiene de malo?”… “Vos sabés, Pepe, tenemos ideas diferentes”… “Qué problema hay. Déjelo hablar a él y listo. Usted, de lo más tranquilo”…”si lo dejo hablar a Cortázar vamos a terminar de comer a las dos de la mañana. Y me va a convencer; cuando se vaya, voy a ser más comunista que él” remató Bioy (Iglesias, Arias, 2003). En ese encuentro hablaron de “vampiros” y también se habrían divertido recordando la “Puerta condenada” (Córtazar, 1956) y “Un viaje o El mago inmortal” (Bioy, 1962) dos cuentos prácticamente iguales. 

Ambos nacieron en 1914; Bioy en Buenos Aires donde siempre residió y Cortázar -de padres argentinos- en Bélgica, llegando a los cuatro años de edad a la tierra de sus progenitores. Fue un aristócrata y para distinguirlo de su padre siempre le dijeron “Adolfito”. Cortázar estudió para profesor, debiendo en sus inicios mantener a toda su familia, luego en 1951 se mudó definitivamente a París y trabajó como traductor en la UNESCO. Los méritos de Cortázar daban para el Premio Nobel; indudablemente fue más que Bioy como escritor.  

De orígenes familiares, posiciones políticas y concepciones filosóficas muy disímiles, nada impidió la recíproca admiración. Pero coincidían en algunas cosas: ambos eran anti-peronistas, también les gustaba el box y sufrieron a sus nueve años en 1923 con la injusta derrota por el título mundial de Luis Ángel Firpo, “El Toro de las Pampas”, ante el estadounidense Jack Dempsey. 

En lo que nos compete: ambos vivieron para la literatura pero, por sobre todo, ambos amaron la vida y la libertad y fueron coherentes con ello a lo largo de sus existencias. Ya citamos a Bioy y su aversión a la guerrilla, pero al mismo tiempo precisa “aunque las modalidades de la represión en nuestro país me horrorizaron” y no es la única opinión que le conocemos al respecto. En 1971 la dictadura cubana apresó al poeta Herberto Padilla y su familia por actividades “subversivas”. Un grupo de connotados intelectuales, incluido Cortázar, enviaron una carta a Fidel Castro pidiendo que se examine la situación. 

Cortázar murió en 1984 a la edad de 69 años en Francia. Escribió cuento, novela, teatro, ensayo, diario, poesía y miscelánea.  Su obra más celebrada es “Rayuela” (1963) que representó un verdadero giro en la tradición novelística. Bioy produjo cuentos, novelas, ensayos, guiones, diarios, misceláneas y obras en colaboración. Murió en 1999 a los 84 años. Su texto más aclamado es “La invención de Morel” (novela, 1940).

En “Diario para un cuento” (1982) Bioy señala: “Es que probablemente sea el más grande homenaje que me hayan hecho nunca. De una generosidad extraordinaria, realmente. Para mí recordar ese cuento es una felicidad y un dolor enorme. Es una felicidad por la generosidad del cuento, pero también es un dolor porque yo nunca se lo agradecí a Cortázar, Yo soy un gran postergador de cartas. Me acuerdo que una mañana vino Vlady Kociancich y me pidió que le escribiera a Cortázar porque estaba muy enfermo. Bueno, yo postergué esa carta y al poco tiempo murió Cortázar. Me sentí tristísimo por no haberle agradecido ese cuento” (López, 2000).

Halagos iban y venían entre estos dos grandes y no fueron palabras de alta crianza. Eran demasiado honestos y excesivamente buenas personas como para permitirse o necesitar bajezas de ese calibre. Tipos sencillos, en palabras de quienes los conocieron, nada más alejados de cualquier vanidad o arrogancia. 

El escritor chileno Antonio Skármeta las ofició de “edecán” en 1970 en la tercera de las cuatro visitas que Cortázar (que ya era CÓRTAZAR) hiciera a Chile: “A los 56 años no rechazó cigarrillos ni arregladitos de borgoña, piscos sour, ni trasnochadas. Para colmo demostró poseer un espinazo flexible para acomodar su altura de basquetbolista en lúgubres citronetas” (Skármeta, 1970). Muchos recuerdan que nunca dejó de ser un niño; en uno de sus viajes a Buenos Aires el periodista Jorge Lanata quería entrevistarlo, Cortázar le consulta a su madre de más de noventa años: “Mamita, el señor viene a hacerme una nota, ¿puedo hacerlo pasar?” (Tomasi, 2013).

Bioy fue un caballero en amplio sentido de la palabra, de muy cuidados modales. Era “Fuera de Serie”, nos señaló un mediodía porteño de 2023 el conserje de Posadas 1650 donde habitó Bioy. Llovía como para regar la Tierra del Fuego entera y nosotros ahí en una esquina con todo imposible: el Metro (Subte) inalcanzable, las micros (colectivos) invisibles y de pronto, de la nada o del todo apareció un taxi, no nos cupo duda: lo mandó “Adolfito” en retribución a nuestra visita.

Fuentes:

Bioy, adolfo. Descanso de caminantes, 1984. 

Cortázar, julio. Cartas (1955-1964) 2012/ cuentos completos 2 (1969-1983) 2021/ rayuela, 2019.

Iglesias, jovita; arias, silvia. Los bioy, 2003.   

Kociancich, vlady, 10-02-1994. “Historia de dos cuentos”/ 30-08-2008. “Cortázar y los vampiros”. La nación, argentina. 

López, sergio. Palabra de bioy. Conversaciones, 2000.

Skármeta, antonio. Cortázar: cita en la oscuridad, reportaje, 1970.

Soriano, osvaldo. Entrevista a cortázar, 1983.

Sorrentino, fernando. Siete conversaciones con bioy, 2001.

Tomasi, diego. Cortázar por buenos aires, buenos aires por cortázar, 2013.