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María Ester Nahuelquín Bacolich

Antares de la Luz: la secta del fin del mundo

Domingo 28 de Abril del 2024

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En algún lugar del sur de Chile, Pablo Undurraga decide dar la cara y contar cómo fue que llegó a integrar la llamada secta de Colliguay, que lideraba Ramón Castillo Gaete, más conocido como “Antares de la Luz”, y que se hizo tristemente conocida por asesinar a un bebé recién nacido en un hecho policial acontecido en el país y considerado uno de los primeros sacrificios humanos del milenio.

En el documental “Antares de la Luz”, que produce y estrena Netflix, su testimonio es casi el único con rostro de los involucrados, los demás corresponderá a su padre, un tío de Ramón Castillo, fuentes policiales, judiciales y estudiosos de la psiquiatría que buscan dar una explicación de por qué ocurrió lo que ocurrió. El resto del documental son caras cubiertas de  algunos ex miembros de la secta,  audios reconstruidos de sus testimonios y junto a Undurraga aparece como relatora principal la periodista Verónica Foxley, dedicada a la investigación policial y que encontró en el caso algo más que un titular de la crónica roja. Ambos protagonistas no son al azar, porque el documental se debate en su trayecto entre la crónica policial y el relato reflexivo de los involucrados, pero es Undurraga quién tiene el sartén por el mango porque fue el segundo a bordo, sabe demasiado, cumplió su condena y ahora tiene la oportunidad de contar desde la culpa su verdad.

Puede parecer exagerado y rebuscado, pero Undurraga recuerda al protagonista arrepentido de “Los buenos muchachos” (1988), aquella obra notable de Martin Scorsese, y así como aquel personaje iniciaba el relato diciendo que “desde que tengo memoria  siempre quise ser un gángster”, el director del documental, con o sin intención, decide iniciar la confesión de Undurraga con su afirmación de “que nunca fui tan feliz como cuando entré a la secta”. Y si esta hipótesis es correcta, entonces  “Antares de la Luz: la secta del fin del mundo” es un esfuerzo desde el documental y la secta de Colliguay por desmenuzar a las sectas desde su interior.

El documental tampoco es una biografía exhaustiva de Ramón Castillo, sino del proceso de encuentro con lo que fue su entorno y como su personalidad magnética y mesiánica los fue atrapando hasta conformar la secta, una palabra que apenas ellos pronunciaban e imaginaban porque estaban demasiados ocupados en su lucha por salvar el mundo y no tenían el tiempo para encontrar su significado en google. Por eso las palabras que más se pronuncian  son “ayahuasca”, “Antares”, “acecho” y sobre ello una fecha, 21 de diciembre del 2012, porque ese día será el fin del mundo y todo el sacrificio habrá valido la pena. Y antes de esa fecha un nombre, Jesús, que quizás nunca supo nada, pero después de él nada volvió a ser igual.

Por eso las primeras imágenes del documental son los  rincones de una cárcel y entre los alambres de púas unas aves que parecen “pájaros de mal agüero” porque recuerdan a las de tantas películas de terror, sobre todo una, “La profecía” (1978) que anunciaba la llegada del Anticristo. Y por eso a cada mención de “Antares” el documental lo representa con una  imagen lúdica y mística que en definitiva puede ser sueño o también una pesadilla. Y eso explica que la introducción musical al documental  es con sombras que se esparcen y disuelven entre la pantalla, mientras la voz del compositor chileno Carlos Cabezas canta con cierto tono de oscuridad en su primera línea “No sabes con quién soñé”.

“Antares de la Luz: la secta del fin del mundo” es el relato de un sueño que se convirtió en pesadilla.