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El derrumbe de Kevin Spacey: nuevas denuncias de abusos sexuales y conductas impropias tras las absoluciones

Martes 28 de Mayo del 2024

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Se trató de una de las caídas más abruptas y fulminantes de la historia del espectáculo. De súper estrella a paria y delincuente sexual aun cuando la justicia no se había expedido.

Kevin Spacey era el actor principal y productor ejecutivo de “House of Cards”, un enorme suceso, el mascarón de proa de Netflix y, hasta se podría decir que de las series de las plataformas de streaming. Pero no se trataba nada más que de un fenómeno pasajero. Llevaba más de dos décadas en la cima. Premios, prestigio, fama, millones de dólares, trabajo en Estados Unidos e Inglaterra. Hasta que una denuncia por abuso sexual derrumbó su carrera. Nadie lo contrató durante años, Netflix lo despidió, rehicieron la película que lo tenía como protagonista y se estaba por estrenar. Otro ejemplo: la primera película encabezada por él que se estrenó tras el aluvión de denuncias recaudó durante el primer día de exhibición en Estados Unidos 127 dólares: la cifra más baja de la historia de Hollywood. Su carrera quedó destrozada en pocas semanas.

Seis años después de las primeras denuncias, Spacey fue absuelto en dos causas penales tanto en su país como en Europa. Parecía que el resurgimiento era posible. Pero un documental reciente reabrió el caso y una vez más Kevin Spacey y su carrera están envueltos en el descrédito y el escándalo.

La serie que le quita
la máscara a Spacey

En “Spacey Unmasked”, el documental de dos capítulos que la plataforma Max (servicio de streaming propiedad de Warner Bros) estrenó pocos días atrás, diez hombres (9 de ellos nunca habían dado su testimonio) cuentan situaciones en la que sufrieron abusos, acosos o situaciones sexuales impropias por parte de Kevin Spacey a lo largo de los últimos 50 años. Desde ex compañeros del secundario hasta actores de “House of Cards”. Varias de las situaciones que se narran difícilmente constituyan un delito aunque sin duda pueden ser enmarcadas como conductas impropias.

Uno de los que aparece es el hermano mayor de Spacey. Su aspecto es una rara mezcla entre Phil Spector y el Rod Stewart tardío. Narra los abusos que su padre, simpatizante nazi, cometió contra él cuando era un niño y la pena que sintió al abandonar el hogar y por ende a su hermano menor apenas abandonó la adolescencia.

En ninguno de los testimonios del documental de Max se dice que Spacey prometió brindar oportunidades laborales a cambio de favores sexuales. Era más una sensación que flotaba en el aire, la posibilidad cierta de que sucediera, el aura de estrella infalible que sería atendido en cualquier teléfono, lo que hacía que sus víctimas accedieran a sus avances y manoseos. Todos, aunque no hubiera sido dicho en voz alta, estaban convencidos de que en caso de rechazar a Spacey, sus incipientes carreras habrían terminado antes de empezar. La gran mayoría de los hombres describen situaciones en las que un hombre muy influyente en la industria realiza avances y/o tocamientos sexuales no consensuados ni deseados y que, como receptores de ellos, como víctimas, no se sintieron libres de rechazarlos, de elevar una queja o de denunciarlo.

Los testimonios
contra Spacey

En los testimonios sobrevuela otra idea más allá de las acusaciones específicas contra Spacey: por lo menos hasta el MeToo este tipo de situaciones estaba naturalizada. Ni Harvey Wenstein ni Spacey parecen ser extrañas excepciones. Un modus operandi, un sistema normativo no escrito que determinaba que quién se resistiera o levantara la voz de alarma sería enviado al ostracismo, quedaría marcado y nunca tendría una verdadera oportunidad dentro de la industria.

Como respuesta al documental, Kevin Spacey publicó un mensaje en su cuenta de X. Alegó que los realizadores del documental no le dieron tiempo suficiente para analizar el documental (siete días) y elaborar una respuesta. Expresó también que era víctima de un ataque por parte de una cadena televisiva moribunda (Channel Four). Y que cada vez que le habían dado la oportunidad y el tiempo adecuado para defenderse, las acusaciones habían caído y que había sido declarado inocente por jueces tanto en Inglaterra como en Estados Unidos.

Kevin Spacey tiene varios talentos ostensibles. Lo demostró en decenas de películas y en el teatro. Recibió todos los premios que alguien puede recibir en su oficio. Dos Oscars, Globos de Oro, innumerables nominaciones al Emmy (y varios ganados como productor), Premios Tony. La dirección del Old Vic. Cine, teatro y televisión lo vieron triunfar durante décadas.

Comenzó como actor teatral mientras conseguía pequeños papeles en cine. En 1992 participó en Glengarry Glen Ross, el film basado en la obra teatral de David Mamet, que se convirtió en un implacable duelo actoral con Al Pacino. Luego llegaría un lustro casi perfecto para él, el de la consagración. Una conjunción de guiones bien elegidos, grandes directores, carisma y potencia actoral.

En estado de gracia, parecía que cada película en la que participaba era mejor que la otra, que Spacey contaba con una especie de infalibilidad para decidir de qué proyectos participar y aportarles su talento. La lista impresiona: “Los sospechosos de siempre”, “Los Angeles al desnudo”, “Siete pecados capitales”, “Medianoche en el jardín del bien y del mal”, “Belleza americana” y otras películas menores en las que se incluyen hasta dibujos animados.

Clint Eastwood, David Fincher y dos Oscars (por su papel de Keyser Soze en “Los sospechosos de siempre” y por “Belleza americana”) en cinco años. Convertido en una estrella (literalmente: en esos años colocaron la suya en el Paseo de la Fama en Hollywood) siguió protagonizando películas. En el 2003 fue elegido director del teatro Old Vic en Londres, un prestigioso cargo que ocupó durante doce años.

En cuanto a lo personal siempre fue discreto y logró estar años alejado de los chimentos. Sin embargo, a lo largo de toda su carrera, se especuló sobre la sexualidad de Spacey. El negó enfáticamente ser gay cada vez que se lo preguntaron. En el pináculo de la fama, luego de los dos Oscars casi consecutivos, la revista Esquire sacó un perfil en el que hablaba del “secreto de Spacey”, en el que daba a entender que era homosexual. El no pisaba ninguna alfombra roja sin la correspondiente compañía femenina. Lo cierto es que su negativa a develar su homosexualidad no estaba fundada nada más en la intención de preservar su vida privada. Para ese entonces ninguna gran estrella, ningún actor o actriz relevante se habían declarado abiertamente como homosexuales. El outing (salir del closet) no era una posibilidad para los que aspiraban a liderar proyectos.

Su siguiente y definitivo éxito fue en el terreno que todavía se había mostrado esquivo para él, la televisión. Pero la suya fue una apuesta nada menor. Era un nuevo formato, una manera de consumirla que todavía no estaba instalada, pero que el colosal suceso que tuvo “House of Cards” dio a conocer y hasta consolidó. La primera gran serie de la era del streaming. El caballo de batalla de Netflix. La pionera de aquellas que provocaron la conversación global y el binge watching que no fue producida por una de las cadenas televisivas de aire o de cable que monopolizaban el mercado. Una nueva era había comenzado, la era de Netflix. Y Kevin Spacey se convirtió en su cara más visible.

Tal vez su status de estrella (y su poder) nunca fue tan grande cómo en ese momento.

Los éxitos del actor

En esos años, otros cinco años triunfales, Spacey se paseaba con olímpico esplendor por entrevistas y entregas de premios. Era un ganador y tenía prestigio. En la serie que contaba los entresijos de la alta política norteamericana, él además oficiaba de productor ejecutivo. Cada entrega de premios lo contaba entre sus principales figuras (en 2017, pocos meses antes de su caída, hasta condujo la entrega de los Tony, los premios teatrales), las revistas se peleaban por tenerlo en tapa y cada aparición en un talk show era un suceso.

Luego llegó la caída. Estrepitosa y abrupta. No hubo gradaciones ni su figura se fue difuminando. Cancelado. En octubre de 2017, mientras Spacey rodaba la última temporada de “House of Cards” todo se desmoronó como un castillo de naipes. El título de la serie mutó en profético.

Anthony Rapp, un actor, denunció que había sufrido avances sexuales de Spacey en 1986. En ese entonces Rapp tenía 14 años y Spacey 26. Alegó que Spacey lo había emborrachado y que lo había manoseado. Al parecer Rapp ya había contado esto en otras oportunidades, pero no había sido publicado.

En 2001 lo expresó en una entrevista en la revista gay Advocate, aunque no fue publicado por temor a acciones judiciales. Pero en 2017 todo había cambiado. El #MeToo y el Efecto Weinstein hicieron su trabajo. Las denuncias contra Kevin Spacey empezaron a aparecer de manera aluvional. Cada día alguien más se animaba a dar su testimonio.

La caída de Spacey

La respuesta del actor fue inmediata y equivocada. Emitió un comunicado por Twitter en el que decía no recordar los hechos, pedía disculpas si algo incorrecto había sucedido y culpaba al alcohol. Pero además utilizó la ocasión para hacer su outing. Expresó que a pesar de haber tenido relaciones amorosas con mujeres y con hombres, él sabiendo que desde hace años circulaban versiones sobre su vida privada, aprovechaba la ocasión para declarar que era gay.

Esa declaración, lejos de alivianar su situación ante la opinión pública, la agravó. Una disculpa despreocupada y el intento de generar empatía revelando su orientación sexual, de volver a tomar el centro de la escena, se volvió intolerable para muchos.

Varios representantes de organizaciones LGTBI+ repudiaron que mezclara las cosas y que esa declaración permitiera asimilar la vida homosexual con los abusos. Sin embargo, se trató de mucho más que de un mal comunicado de prensa. Y de un ataque de soberbia de alguien que se sentía -con bastantes argumentos- intocable. Un diluvio de denuncias que lo tenían como protagonista de ataques y abusos sexuales (la mayoría con hombres jóvenes como víctimas) cayó sobre él y su reputación.

En tiempo récord Netflix decidió echarlo y volver a encausar la última temporada de “House of Cards”: redujo los capítulos de 13 a 8, modificó los guiones y filmó todo de nuevo con el protagonismo exclusivo de Robin Wright. Al mismo tiempo guardó, al parecer para siempre, Gore, una biopic del escritor Gore Vidal.

Los productores de “Todo el dinero del mundo”, la película dirigida por Ridley Scott que ya se encontraba listo para ser lanzado en diciembre de 2017, en un movimiento inédito decidieron refilmar la mayoría de las escenas en tiempo récord para reemplazar a Spacey, su actor principal. Christopher Plummer rehizo cada una de las escenas en las que aparecía Kevin Spacey y fue nominado al Oscar. Pudo haber ganado si hubieran creado la categoría Mejor actor de reemplazo súbito.

Tiempo después, Kevin Spacey intentó un contraataque. Caracterizado como Frank Underwood y rompiendo la cuarta pared, hablándole al público como era la característica del personaje, emitió un mensaje entre críptico, desafiante y engreído que no ayudó en nada a mejorar su imagen. Una muestra de fuerza vana y menguada.

Los estudios cinematográficos y los gigantes de la industria que tomaron medidas irrevocables de inmediato solo estaban tratando de salvar su negocio, de resguardar lo que podían, de minimizar sus pérdidas. Muchas de las denuncias que se hicieron públicas luego de la de Rapp ya se habían realizado en la intimidad de cada uno de estos trabajos y desechadas, minimizadas u ocultadas por quienes tenían poder y capacidad de decisión. Sólo reaccionaron ante el cambio de vientos de época y al temor del escarnio público.

En los meses posteriores a su caída, aparecieron alrededor de treinta denuncias, algunas judiciables y otras no. Uno de sus compañeros de elenco de “Los Sospechosos de siempre” contó que el rodaje tuvo que detenerse dos días para solucionar (aplacar) la denuncia de un joven actor contra Spacey por una conducta sexual impropia.

Con los años la situación empeoró. Son muchos los actores del Old Vic o de “House of Cards”, dos de los lugares en los que Spacey tuvo posición dominante y poder de decisión, que denunciaron acoso y abusos. Cuentan que obsesionado con quien hacía de guardaespaldas de Frank Underwood, actor al que él había dirigido en el teatro londinense, presionó a los guionistas de la serie para que incorporaran una escena en la que tenía un trío sexual con él. El día que se rodó esa escena, Spacey hizo acudir al set a la esposa del actor para que presenciara la grabación.

Lo cierto es que en todas las causas penales en su contra, Spacey fue absuelto. Primero un tribunal norteamericano desechó la acusación de abuso contra el actor que presentó un joven que en el 2016 tenía 18 años. Alegaba que lo había emborrachado (en Estados Unidos está prohibido el consumo de alcohol para menores de 21 años) para propasarse con él. Spacey se declaró inocente. El juez desestimó las imputaciones por las inconsistencias del denunciante y porque se negó a presentar su teléfono celular en el que según la defensa de Spacey se encontraban las pruebas de una relación consensuada. Fue el primer respiro que tuvo en más de un año y medio, su primer triunfo.

Después, también en Estados Unidos, fue declarado inocente en la causa originada en la denuncia de Anthony Rapp y entró que tuvo lugar en Inglaterra en la que había sido denunciado por cuatro hombres. Se desecharon los nueve cargos en su contra.

La demanda que el actor perdió fue en sede civil. El juez falló en favor de los productores de “House of Cards “obligando a Spacey a pagar 31 millones de dólares en carácter de indemnización por los daños patrimoniales causados por sus inconductas. El magistrado sostuvo que el acoso laboral y sexual está incluido en la cláusula de mal desempeño en el set y conducta no profesional y que esas fueran las claras causas de la baja de la serie. Pero a principios de este año, Spacey recibió una gran noticia. Esa suma, por un acuerdo de partes, se redujo a sólo 1 millón de dólares que Spacey pagará en cómodas cuotas anules siempre y cuando no represente más del 10% de sus ingresos. El acuerdo se produjo porque los productores consiguieron que Spacey los apoyara y prestara testimonio en el juicio que tienen contra las aseguradoras (Spacey apenas las primeras acusaciones se hicieron públicas y Netflix lo despidió se internó en una clínica para tratar una presunta adicción al sexo: lo que el juez debe determinar es si esa internación fue real, o una maniobra preventiva para conseguir que el seguro pagara porque una de las cláusulas indicaba que la compañía aseguradora se haría cargo de las pérdidas en caso de problemas de salud del intérprete principal).

Apenas fue absuelto por el tribunal londinense, Spacey declaró que esa circunstancia marcaba su regreso. Que había varios productores que estaban esperando el fallo de inocencia para contratarlo, que ese momento sería el de la largada del segundo tramo de su carrera. Pero nada de eso sucedió. Ni las plataformas ni los estudios se mostraron dispuestos a tomar semejante riesgo. Al ser consultado, un especialista en la industria cinematográfica declaró que “en una escala del 1 al 10, las chances de Kevin Spacey de regresar a los primeros planos es de menos 1.

Sin embargo, parecía que habría una vuelta. Desde la absolución, Spacey volvió al teatro con un monólogo shakespereano en un homenaje en Londres (fue ovacionado), participó de dos películas independientes y, según consigna, IMDB estará en otras dos que se encuentran en preproducción. Habrá que ver qué sucede con esas intervenciones después de esta nueva ola de acusaciones.

Kevin Spacey tiene 64 años. Pero su carrera parece haber terminado ya hace un par de años. Parece imposible que pueda volver a reactivarla, parece imposible que alguien lo contrate para un nuevo papel. Sólo le queda disfrutar de su fortuna si no la pierde entre abogados y acuerdos extrajudiciales.

El no se resigna. Intenta volver. Creyó que las absoluciones judiciales lo liberarían de la carga y le permitirían un retorno (lento). En el último tiempo había recibido el apoyo de varios de sus colegas. Liam Neeson, Sharon Stone, Murray F. Abraham y Stephen Fry fueron algunos de los que pidieron por su rehabilitación una vez que la justicia se expidió.

Pero este documental parece volver a hundirlo, parece sepultar sus últimas esperanzas de resurgimiento.

Ha sido cancelado. No solo por el público. También por quienes antes lo contrataban, y en virtud de ese contrato lo encubrían o se convertían en sus cómplices. Pero tanto contratarlo cuando aseguraba taquilla y prestigio, como desecharlo ahora son nada más que dos caras del mismo negocio, los dos movimientos que parecen contradictorios responden a la misma lógica, sin que les importe la verdad o la vulnerabilidad de los involucrados.

Por Matías Bauso

Infobae