Los llamaron “Cristianos”
En la columna del domingo pasado, respondiendo a la inquietud de un lector, tratamos acerca de qué significa “tener fe”, así como los cristianos la acogemos, la comprendemos e intentamos vivirla. Entonces, en esta columna, quisiera compartir con ustedes qué significa el nombre de “cristianos”.
No se trata de un asunto menor, pues es un nombre con el que se definen realidades muy diversas. Así se habla de fe cristiana, o de las iglesias cristianas, o de un grupo con inspiración cristiana, o de música cristiana, o de pensamiento cristiano, etc., etc.
Todo comenzó en la ciudad de Antioquía (en la actual Turquía), alrededor del año 45, como dice el texto bíblico: “en Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de ‘cristianos’” (Hechos 11,26).
Lo primero que el texto permite ver es que no fue el Señor Jesús ni sus discípulos quienes inventaron el nombre de “cristianos”, sino que fueron los habitantes de Antioquía, griegos y romanos, quienes lo crearon para designar a los seguidores de Cristo y distinguirlos de otros grupos de personas.
Llamar “cristianos” a los seguidores de Cristo se encuentra, también, en varios escritores judíos y romanos de la época, y su uso tenía un tono despectivo. Así, por ejemplo, el político e historiador romano, Tácito, escribía a fines del siglo I, “el vulgo los llama ‘cristianos’, pues el originador de esta denominación fue Cristo, que en el reinado de Tiberio fue ejecutado por el procurador Poncio Pilatos”.
Según los textos bíblicos, los discípulos de Jesús se llamaban a sí mismos “hermanos”, expresando así su relación al Señor Jesús que se ha hecho un Hermano y los ha hermanado en su persona (Mateo 23, 8), o “discípulos” que siguen de cerca a su Maestro y aprendiendo de Él, conscientes de que fueron elegidos por el Maestro (Juan 15,16); o los “santos”, es decir, los que han sido santificados recibiendo el Espíritu del Señor Jesús.
Fue en el siglo II que los discípulos del Señor Jesús asumieron el nombre de “cristianos” para designarse a sí mismos, reconociéndolo como un título que los honraba al indicar a los que son de Cristo, a los que siguen a Cristo. Es decir, era un nombre que implicaba una relación personal con el Señor Jesús. Así, san Agustín, en el siglo V, decía que “cristiano es el más hermoso nombre que ha sido invocado sobre nosotros: los que pertenecen a Cristo”.
De esta manera, el nombre de “cristianos”, aunque no saliera de la boca del Señor Jesús ni de sus apóstoles, fue asumido como el nombre más precioso y significativo que honraba la vida de la comunidad creyente y a cada uno de sus miembros, pues expresaba esa relación personal con Cristo. No se trataba de una relación externa como pueden ser la admiración o el aprecio hacia un personaje destacado, o a un artista o un futbolista, porque en la relación hacia un “ídolo” no hay diálogo, pues éste ni siquiera conoce a sus admiradores, o a lo más les firmará un autógrafo.
La relación del cristiano con Cristo es una relación bilateral, dialogal, y es mucho más fuerte de parte de Él que de la nuestra, porque nos conoce mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos, y se trata de un conocimiento que actúa transformadoramente en nosotros. Entonces, como decíamos en la columna del domingo pasado, el cristiano no cree en “algo”, sino que cree en Alguien y le cree a Alguien, abriéndose a una vida nueva. El apóstol Pablo lo expresó de manera insuperable: “Ya no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2,20).
Entonces, el nombre de “cristianos” no indica una etiqueta o un cartel, tampoco indica unas ideas o unos valores, una admiración o una inspiración, sino que indica -sobre todo- esa relación personal cultivada en el diálogo interior con Cristo. Sin esa relación personal el nombre de “cristiano” se convierte en una cáscara vacía o en una ideología. El nombre de “cristiano” indica una relación cercana con el Señor Jesús, una relación movida por el amor en la que se busca conocerlo cada vez más y mejor; una relación para seguir sus pasos más de cerca y vivir según su manera de pensar, de sentir y de actuar, en modo -como decía el apóstol Pablo- de vivir en Cristo y que Cristo viva en mí. Tal es el anhelo de aquellos cuya vida es honrada con el nombre de “cristianos”.