Y, entonces, llegó el ogro. Podría ser un cuento de hadas y brujas:
“Érase una vez un país muy poderoso, que siempre quiso imponer al resto del mundo su visión del desarrollo económico, social y político. Después de varios intentos fallidos, en el siglo XXI un ogro tomó el control y se saltó todas las barreras y prohibiciones”.
Así era, con todos sus defectos inherentes, el a veces llamado “gran país del norte”, Estados Unidos. Su antigua democracia, su fe en el valor supremo de la libertad, su papel como “crisol de las razas”, invitaron a millones inmigrantes.
Lo proclama, hasta hoy, una placa en la Estatua de la Libertad: “Denme a sus cansados, a sus pobres, a sus masas apiñadas que anhelan respirar en libertad, a los miserables desechos de su rebosante costa. Envíenme a estos, los sin hogar, azotados por la tempestad
”
En sólo dos meses de gobierno, Donald Trump -descendiente de inmigrantes alemanes- cerró la puerta a quienes querían “respirar en libertad”, arremetiendo incluso contra ciudadanos nacionalizados, detenidos por su aspecto de “hispanos”.
No ha sido este el único frente abierto: Trump insiste en que EE.UU. necesita a Groenlandia; no ha abandonado su pretensión de recuperar el canal de Panamá, y sigue enojando a los canadienses por su deseo de anexarlo como el “estado N°51”.
Lo más reciente es un “chat” interno que generó una crisis inesperada. Mientras se discutía una acción militar contra los hutíes en Yemén, por error se agregó al grupo al editor de la revista “The Atlantic”. Los fragmentos conocidos del debate no solo daban detalles de la operación, sino que incluían groseros comentarios sobre los líderes europeos, supuestamente beneficiados con la acción bélica. En un momento se retrata a los europeos como “parásitos geopolíticos”.
Trump no le ha dado importancia al asunto. Es que, como el “ogro” del cuento, nunca parece medir las consecuencias internas o externas de sus actos.
No lo ven así los afectados. Importantes líderes europeos, afirmó The New York Times, “reaccionaron con una mezcla de exasperación e indignación ante la publicación de la conversación en Signal, una aplicación de mensajería.
Además, hizo ver el diario neoyorquino, “el aparente menosprecio por parte de los funcionarios del gobierno de los protocolos de seguridad al mantener una conversación que incluía detalles operativos en una aplicación de chat comercial, aunque encriptada, suscitó la preocupación de que Rusia y China pudieran estar atentos”. “Putin se quedó sin trabajo: ya no tiene sentido espiar”, escribió en X Nathalie Loiseau, integrante del Parlamento Europeo, “Ya no tiene sentido destruir a Ucrania, Trump se encargará de ello”.
Este, concluye el análisis periodístico, “es un duro golpe a una alianza con más historia en el mundo, que costó generaciones construir y fortalecer, pero que el gobierno de Trump ha conseguido debilitar en apenas unas semanas”.
Nathalie Tocci, directora del Instituto de Asuntos Internacionales de Italia, ha sostenido que “en el peor de los casos, existe un intento activo de socavar Europa”.
Como esta es una historia de nunca acabar, entremedio Trump anunció un pesado arancel a los autos, que afectará sobre todo a Alemania, pero no sólo a este país.
No se anuncia un buen final para este cuento de hadas.