Necrológicas

¿Se pierden los valores?

Por Marcos Buvinic Domingo 24 de Agosto del 2025

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Con tantas situaciones complejas que vivimos en la sociedad, en las familias, en el sistema escolar, en la economía y la política, en la seguridad ciudadana, etc., puede ser que nos acostumbramos a escuchar o decir que “se han perdido los valores”, y volvernos llorosas plañideras de otros tiempos donde sí había respeto, honestidad, responsabilidad y convivencia segura. Pero, ¿es verdad que se pierden los valores?

Quisiera invitarles a que reflexionemos acerca de los valores y su transmisión, sus cambios y su persistencia, y su lugar en la vida personal y social. Es una reflexión que sobrepasa los límites de esta columna, pero intentémoslo.

Los valores son cualidades por las que “algo” es valioso. Las cosas tienen valor, y por eso se llaman bienes, pero todos los bienes son relativos y perecibles; mientras que los valores son convicciones más estables que orientan la conducta personal y social, fomentan el desarrollo personal y acrecientan una justa convivencia social. 

Los valores se jerarquizan por el servicio que prestan al desarrollo del ser humano y la sociedad. Mientras más colaboren al crecimiento personal y social serán más necesarios y permanentes. Así, por ejemplo, los valores espirituales y los valores éticos -como pueden ser el respeto a la vida, o la fe religiosa, o la justicia y la paz- serán más primordiales y permanentes que los valores estéticos que pueden variar según las épocas o las culturas. Así, mientras hay valores que pueden ser transitorios y cambiantes, hay otros que se espera sean cultivados y respetados por todos; por ejemplo, las valores que fundan los derechos humanos o los que sustentan al sistema democrático.

A pesar de la estabilidad que tienen estos valores, desde el siglo pasado vivimos un cambio cultural de grandes proporciones, es un “cambio de época” que afecta la comprensión de esos valores y el modo de vivirlos, tanto que algunas personas pierden la brújula de lo que es bueno o es malo para cada uno y para la sociedad, y en el extremo del individualismo hay personas a quienes les no importa nada la sociedad ni el bien común.

Por supuesto, usted ya advirtió que los valores dependen directamente del concepto que tengamos de la persona humana y de la sociedad; por ejemplo, va a ser muy distinto si vemos al ser humano como un individuo aislado que busca su propio provecho, que si lo consideramos como un ser en relación con otros cuyo bienestar personal depende del bien común; por ejemplo, la crisis ecológica nos ha mostrado que el bienestar de cada persona depende del cuidado de la Casa Común.

Así, la transmisión de los valores a través de la familia, el sistema educacional y la vida en sociedad pasa por la transmisión del valor supremo de la persona humana como un ser en relación con los demás, cuyo bienestar depende de esa relación en la búsqueda del bien común. Esta es la base de todo humanismo, y a cuya luz se pone de manifiesto la “crisis de los valores”, es decir, la crisis de la vivencia y transmisión de la inviolable dignidad de la persona humana como ser en relación con los demás.

Nos sucede, a unos más que otros, que percibimos un déficit de criterios éticos y normas que orientan las decisiones y acciones de las personas, y que se normalizan conductas carentes de respeto, prácticas corruptas y violencia, o desintegración social y medioambiental. Pero no es que los valores “se pierdan” y añoremos otros tiempos, sino que la crisis es más honda, y tiene que ver con la manera en que estamos viviendo el valor central de la dignidad de la persona humana, reducida a un instrumento mercantil, pues -como dicen algunos- “al final toda persona tiene su precio”. La pérdida, entonces, es más profunda, porque alguien puede considerarse una persona digna y respetable siendo un delincuente corrupto o un asesino.

¿Qué hacer? Hay distintos caminos para vivir y transmitir los valores que nos humanizan y evitar conductas que nos deshumanizan. Para los que somos cristianos es renovar nuestra opción por una vida según el Evangelio, viviendo los valores humanos al modo del Señor Jesús y según la dignidad de los hijos de Dios. Para todos los ciudadanos el camino es renovar la vivencia de los valores que sustentan al sistema democrático en la búsqueda del bien común, donde cada ciudadano debe ser respetado y debe respetar, y tiene derecho a exigir ese respeto.

Entonces, más que lamentar la pérdida de valores y vivir añorando los “valores tradicionales” -como dicen algunos-, es mejor cuidar la raíz que sustenta los valores que humanizan: la dignidad inviolable de cada persona en su relación con los demás. Siempre es mejor encender una luz que maldecir la oscuridad.

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