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Cuando todo parece inestable

Por Marcos Buvinic Domingo 14 de Septiembre del 2025

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Vivimos tiempos complejos. Quizás alguno dirá que no es así, que no es para tanto, que está bien y tranquilo con su vida, que fuera de vigilar la salud y algunas medidas básicas de seguridad, todo está bien. Puede ser que en su pequeño mundo no haya nada de qué preocuparse, pero basta mirar un poco más allá de ese sosiego acunado por los ritos cotidianos para percibir una tormenta que zarandea hasta lo que parecía más estable.

Ahí está el drama de la guerra que destruye vidas y pueblos (¿cuántos quedan vivos en Gaza?). Cuando Rusia invadió Ucrania, el 2022, el Papa Francisco dijo: “Estamos viviendo la tercera guerra mundial a pedacitos”. Si agregamos el colapso planetario de la crisis ecológica y los sombríos pronósticos del cambio climático, resulta que hemos deteriorado nuestra Casa Común casi hasta la ruina. 

Por su parte, los dueños del mundo buscan aumentar su poderío y, como dice Jamil Chade, un periodista brasilero, refiriéndose al proyecto geopolítico de Trump, pero aplicable a cualquiera de los que buscan ser amos del mundo: “Él ha dejado claro que no va a hacer diplomacia. Actuará con la fuerza, tanto bélica como económica y comercial. Su construcción de un nuevo orden no pasa por la paz, sino por la capitulación del adversario”.  

Si miramos nuestro país, el panorama no es mucho más tranquilizador. Cada uno, según su punto de vista, acentuará lo que más le preocupa: delincuencia y crisis de seguridad, sombría situación económica, injusticias y crisis social, crisis ética de la extendida corrupción, polarización política y proyectos que parecen no dar el ancho, un país que envejece a pasos agigantados, etc. Y agreguemos las propias fragilidades personales, físicas, sicológicas, familiares…

Quizás, alguno dirá que ya está cansado y que no le importa lo que pasa en el país y en el mundo. Por cierto, está en su derecho de pensar y vivir como una ameba, pero entonces, que no se queje ni reclame por nada.

En tiempos complejos, en situaciones de crisis, es cuando aparece lo mejor y lo peor de los seres humanos, tal como ocurrió en la pandemia. Esa pandemia que parece que queremos olvidar y que sólo empezó hace cinco años, donde se manifestó en algunos un egoísmo inconcebible, y en otros la creativa solidaridad de la conciencia de que nadie se salva solo. ¡Con qué rapidez hemos querido olvidar los aprendizajes de la pandemia! En los tiempos complejos que vivimos, aparece en unos la apatía, en otros las rigideces y los fundamentalismos, que son expresión del egoísmo, del miedo y la falta de esperanza.

En las crisis experimentamos nuestra propia vulnerabilidad y la de todo lo que nos parecía firme y estable. En los tiempos complejos todo aparece frágil y vulnerable. Eso trae una buena noticia: podemos reconocer y asumir la fragilidad de nuestra vida, en lugar de vivir ilusionados con el poder de nuestras fuerzas, medios y capacidades. También, es una buena noticia el hecho de que cualquier crisis puede ser una oportunidad para algo nuevo y mejor; es como cuando una camisa te quedó chica, a no ser que compres otra camisa que también te queda chica.

Cuando todo se vuelve inestable, también es un tiempo de esperanza, un tiempo de volver a lo esencial y ocasión para que nazca algo nuevo. Son tiempos propicios para ponernos ante el Señor Jesús que convive con nuestra fragilidad, porque sólo ante quien nos ama sin medida podemos mostrarnos en toda la verdad de nuestra fragilidad, sin temor a nada y en la confianza de ser acogidos. Hacemos la experiencia de que cuando somos débiles, somos fuertes con la fuerza de Cristo, tal como el Señor dijo al apóstol Pablo: “¡Te basta mi gracia!, porque mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad”.

Por eso, aunque algunos no lo crean, el fondo de la crisis es espiritual; es una crisis acerca de cuál es el espíritu que nos habita, porque el egoísmo, el miedo y las rigideces fundamentalistas no vienen de Dios. Al contrario, uno de los dones del Espíritu de Dios es la fortaleza -no la rigidez intransigente- que viene a sostener lo inestable y da vigor espiritual a nuestra fragilidad para perseverar en la búsqueda del bien, la verdad y la justicia, viviendo coherentemente el Evangelio. Por eso, la Iglesia, en una oración que repite hace siglos, pide al Espíritu Santo que venga a “doblar lo que está rígido”. Que ese Espíritu se haga presente en el mundo, en la sociedad, en la Iglesia, en nuestras familias, con su acción que “lava lo que está manchado, riega lo que está árido, sana lo que está herido, dobla lo que está rígido, calienta lo que está frío, endereza lo que está torcido”. 

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