¿Cómo es eso del amor a la patria?
En septiembre todo resuena a “chilenidad”, pero no es fácil decir qué significa eso, a no ser que lo reduzcamos a unos símbolos y a unas fiestas con sus comidas, bailes y bebidas. Más complicado es tratar de explicar qué significa “amor a la patria”. Más aún que, como dicen algunos, con la globalización el concepto de patria se está diluyendo; pero, aunque eso pueda sonar actual, ya lo decía el filósofo romano Séneca, hace veinte siglos: “no he nacido para un solo rincón, mi patria es todo el mundo”. Entonces, ¿qué es lo que amamos en el amor a la patria?
Sucede que el concepto de patria es problemático, porque frecuentemente es asociado -en forma distorsionada- a afirmaciones que dividen (“ellos o nosotros” o “nosotros somos mejores”), o a hechos bélicos de la historia que abren la puerta a nacionalismos que rompen la solidaridad humana y traicionan un proyecto común.
El concepto de “patria” tiene que ver tanto con nuestra racionalidad y nuestros sentimientos. Es la pertenencia al terruño donde nacimos y el espacio que habitamos, es apego y arraigo, es una manera de habitar en la que hay costumbres, creencias, símbolos y rituales que nos identifican, y es una historia compartida.
Cuando decimos “patria” estamos implicando dos arquetipos muy poderosos: el paterno y el materno. La patria es el legado que hemos recibido de los padres, y también se la llama “madre patria”. Como sea, es el legado de los que nos precedieron en esta tarea e historia común. Una historia marcada por encuentros y desencuentros, colaboración mutua y dominaciones de algunos, igualdades fundamentales y algunas injusticias y discriminaciones; con todo eso y más, esa historia es nuestra.
Por el arraigo y pertenencia, el amor a la patria es una virtud de las personas que tienen la experiencia y convicción de que la propia vida está indisolublemente ligada a otros; es decir, que somos un pueblo con un destino compartido. Por cierto, reconocerse en la historia común no significa celebrar todo lo que hemos hecho, porque hay cosas que mejor no hubiésemos hecho y pueden avergonzarnos; tampoco significa el deseo de conservar las cosas tal como están, sino que se trata de cuidar lo que somos con la esperanza de construir algo mejor para todos.
Igual que muchos lectores, pertenezco a las generaciones que en el liceo teníamos clases de Educación Cívica, donde aprendíamos qué era la patria, el pueblo, la nación, el estado y el gobierno de turno; también qué es la Constitución y cuáles son los derechos y los deberes ciudadanos. Aprendimos que la patria no el territorio ni es la forma que tiene el estado, tampoco es el gobierno de turno que administra al estado ni es el modelo económico, todos ellos pueden cambiar y perfeccionarse; pero la pertenencia a la patria y el amor a ella permanecen porque son la experiencia consciente y colectiva de amarse a sí mismo como el “nosotros” que somos, y jugarse por ese bien común. ¿Dónde aprenden eso las nuevas generaciones?
El amor a la patria es identificarse con su cultura y reconocer que somos la fusión de muchas raíces, es valorar nuestras diversidades e identificarse con sus valores. Es mantener viva la esperanza en un futuro mejor para todos, y trabajar honestamente por ello, confiando que con nuestras tensiones y diferencias podemos construir algo mejor para todos: esa “Dulce Patria” que todos cantamos y deseamos.
Los invito a recordar unas palabras que nos dejó el Papa Francisco en su visita a Chile, en 2018: “Tienen ustedes un reto grande y apasionante: seguir trabajando para que la democracia y el sueño de sus mayores, más allá de sus aspectos formales, sea de verdad lugar de encuentro para todos. Que sea un lugar en el que todos, sin excepción, se sientan convocados a construir casa, familia y nación. Un lugar, una casa, una familia, llamada Chile: generoso, acogedor, que ama su historia, que trabaja por su presente de convivencia y mira con esperanza al futuro. Nos hace bien recordar las palabras de san Alberto Hurtado: «una nación, más que por sus fronteras, más que su tierra, sus cordilleras, sus mares, más que su lengua o sus tradiciones, es una misión a cumplir». Es futuro. Y ese futuro se juega, en gran parte, en la capacidad de escuchar que tengan su pueblo y sus autoridades”.
Celebramos 215 años de nuestra historia común, pero acá, en Punta Arenas, festejamos también que, el 21 de septiembre, se cumplen 182 años que somos parte de la historia común de esta patria, con la toma de posesión de estas tierras por parte del estado de Chile, gracias a autoridades visionarias y a los esforzados marinos y chilotes que llegaron en la goleta “Ancud” a hacer patria en la Patagonia.




