Y usted ¿a qué le tiene miedo?
A propósito que hoy muchas personas celebran Hallowen, hablar acerca del miedo resulta pertinente. Esta emoción básica nos acompaña desde muy temprano en nuestras vidas, aunque sus manifestaciones y objetos relacionados van cambiando según los recursos cognitivos que utilizamos.
Es clasificada como una emoción distónica, es decir, algo indeseable y que tratamos de evitar debido a la incomodidad que nos provoca. Pero como muchas veces hemos escuchado, el miedo, aunque desagradable, puede resultarnos muy útil para nuestra supervivencia, siempre y cuando se enmarque dentro del necesario aprendizaje que tendrá como resultado el desarrollo y crecimiento de la persona.
Desde que somos pequeños no es necesario salir a buscar el miedo, pues será el resultado natural ante lo que interpretemos como amenazas, no siendo éstas absolutas debido a la heterogeneidad de las dinámicas psicológicas y su comprensión. Ejemplo de esto es uno de los miedos más comunes cuando somos niños: la oscuridad. Más que temerle al fenómeno mismo, el miedo radicaba en lo que nuestra imaginación producía en esa oscuridad, interpretando vívidas amenazas que llevaban a conductas de evitación, las que no tenían ningún significado para los adultos que nos rodeaban y que insistían en la inutilidad de nuestros temores ya que “ahí no había nada”. Y ese es el gran desafío que nos acompañará toda la vida: debemos aprender a temerle a lo verdaderamente amenazante para resguardarnos y dejar de temerle a lo innecesario para evitar un desgaste que sólo nos hará más infelices. Cada etapa tiene sus desafíos, dificultades, inseguridades y problemas; algunos de los cuales superaremos satisfactoriamente para afianzar nuestra identidad, mientras que otros estarán a la base de un sufrimiento que se asociará a traumas que influirán significativamente en nuestro funcionamiento.
Desde pequeños pasamos por diferentes dinámicas, a veces temiéndole a casi todo o creyéndonos invulnerables en otras, esto último producto, más que de una valentía adquirida, de la falta de razonamiento más avanzado o analítico que nos llevara a la necesaria cautela. Lo cierto es que enfrentar los miedos a lo largo de la vida es una de las enseñanzas más valiosas para conocernos a nosotros mismos, fomentando una introspección llena de pérdidas y especialmente ganancias .
Uno de los grandes desafíos en estos tiempos es diferenciar y controlar los miedos de la ansiedad. El miedo es una emoción que surge ante una amenaza real, concreta, inmediata y específica. La ansiedad, por otra parte, surge ante una amenaza futura, difusa e incierta. O sea, el miedo nos debería resultar funcional para reaccionar de inmediato ante el peligro, mientras que la ansiedad nos alteraría ante algo cuya ocurrencia puede que no pase nunca. Mientras uno es movilizador y ejecutivo si se le puede controlar, la otra es desgastante, inútil y en algunos casos crónica. Pero uno de los problemas principales es que a nivel fisiológico el desgaste ante una amenaza real es prácticamente el mismo que ante una de tipo inventada. Los trastornos ansiosos y depresivos son los más frecuentes y representativos de nuestros tiempos. Se le teme a lo desconocido, a la incertidumbre, a los cambios que exilian de esa zona de confort que resulta apetecidamente cómoda. Ese es uno de los miedos más comunes hoy en día, el cómo adaptarse a un ambiente social cuyos cambios presentan demasiado vértigo.
Enfrentar los miedos a lo largo de la vida es un proceso, cuyo ritmo variará según nuestra autopercepción y compresión de las situaciones. Pareciera a veces que no estaremos preparados, pero la vida misma nos lleva a mirarlos de frente, convivir con ellos y darnos cuenta que hacernos cargo tendrá costos inevitables. Y es que a veces nos tocará un dulce, y en otras una travesura.




