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La verdad de la milanesa

Por Diego Benavente Viernes 21 de Noviembre del 2025

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Terminado el proceso electoral, vuelve a asomarse con descaro la vieja política de las sandías caladas. Esa lógica que, en regiones como Aysén, se impone sin rubor a la hora de designar candidatos: no importan las convicciones, ni los principios, ni la trayectoria, sino la certeza -o ilusión- de un triunfo asegurado. Los partidos, lejos de ofrecer un camino reconocible a sus militantes, se han transformado en administradores de probabilidades, cazadores de figuras funcionales que garanticen resultados, sin importar el costo ético ni el sentido de proyecto. La consecuencia es un paisaje político desdibujado, donde el oportunismo reemplaza a la convicción y donde el país real queda relegado a un segundo plano.

Frente a esa volatilidad, ha emergido un contrapeso inesperado: las capas medias del Estado y del mundo público, esas figuras que, como la contralora Dorothy Pérez, representan una institucionalidad silenciosa pero decisiva. Francisca Alessandri dijo que Pérez “no está inventando la rueda, está haciendo que gire como debe”. Esa frase resume el papel que han asumido quienes, sin grandes estridencias, han permitido sostener la continuidad del país incluso cuando las conducciones políticas han sido erráticas o derechamente imprudentes. Esta masa crítica del mundo medio, articulada y consciente de su responsabilidad, ha operado como un piloto automático indispensable. Gracias a ellos -y no necesariamente gracias a los liderazgos de turno- Chile ha logrado mantener un mínimo de coherencia, evitando extravíos mayores en tiempos de incertidumbre y retrocesos económicos.

Pero esta estabilidad relativa no debe confundirse con salud democrática. La ausencia casi total de autocrítica en las élites gobernantes ha alimentado la distancia con los territorios. No escuchan, no interpretan y, peor aún, no se esfuerzan por comprender lo que viven las regiones. Luego se sorprenden cuando candidaturas inesperadas, como la de Franco Parisi, arrasan en el norte y el sur. No es magia ni irracionalidad: es abandono. Es la reacción de quienes habitan la periferia y no encuentran en el espectro político ni respuestas ni interés por sus vidas.

Lo mismo ocurre con analistas y opinólogos que, después del hecho consumado, reordenan teorías para explicar lo inexplicable, aunque nunca logran anticipar nada. Las encuestas fallan, los diagnósticos se quedan cortos y la conversación pública se vuelve un eco distante de la realidad cotidiana.

Como bien señala Carlos Navarrete, académico de la UdeC, los movimientos extremos no emergen porque la ciudadanía se radicalice de un día para otro, sino porque “las élites centralistas dejan de dar respuestas”. Cuando el centro falla, el malestar busca rutas alternativas, muchas veces alejadas del eje ideológico tradicional. Roberto Ampuero coincide desde otra vereda: existe una enorme distancia entre los análisis teóricos y lo que vive la gente “pegada a la tierra”. Hablar de la situación del país es hablar del drama personal, del agobio diario, no de abstracciones académicas.

La verdad de la milanesa es simple y brutal: mientras la política siga seleccionando sandías caladas y las élites continúen sordas a las regiones, la ciudadanía seguirá buscando caminos por fuera del menú oficial. Y el país, sostenido apenas por su institucionalidad media, seguirá avanzando -lento, cansado, pero aún de pie- gracias a quienes, sin reflectores, mantienen la rueda girando como debe.

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