Regalos valiosos
Desde su peculiar punto del gobierno y los negocios, Donald Trump es una fuente inagotable de sorpresas.
En una época en que se imponen los derechos de las mujeres, al Presidente de Estados Unidos no le importa hacer callar y llama “Piggy” (Cerdita) a una periodista acreditada en la Casa Blanca. En su particular guerra contra el narcotráfico que ha desplegado las Fuerzas Armadas contra Venezuela y, sin consideración de las leyes internacionales, ya ha dado muerte a casi cien supuestos narcotraficantes, impuso un plan de paz para Gaza que no ha puesto fin al exterminio de inocentes. Pese a que se ufana de haber acabado con siete conflictos en todo el planeta, fracasa una y otra vez en sus intentos por frenar la invasión rusa en Ucrania.
Es un hombre de fortuna: según Forbes, en septiembre de este año acumulaba 7.300 millones de dólares, casi la mitad de los cuales los ganó solamente este año.
Pudo haberle ido mejor de haber ganado en sus cuantiosas demandas contra medios de comunicación.
Amenazó recién a la BBC, acusando a la emisora británica de tergiversar sus palabras con ocasión del asalto al Capitolio el 6 de eneo de 2021. Aunque ya le ofrecieron disculpas y dos de sus más altos directivos debieron renunciar, Trump no está conforme. Quiere entre mil y cinco mil millones de dólares de indemnización.
Previamente intentó acciones similares contra los diarios The New York Times y The Washington Post.
Ahora se ha agregado una nueva área oscura: los regalos.
La costumbre de hacer obsequios de gran valor entre y para Jefes de Estado es antigua. El más famoso, tal vez, es el diamante Koh-i-Noor (montaña de luz en persa). Originario de la India, fue propiedad de varios reyes y emperadores de las dinastías persa, afgana, hasta que lo adquirió la Compañía Británica de las Indias Orientales. En 1850 se lo presentaron a la Reina Victoria como botín de guerra. Desde entonces, forma parte de las oyas de la Corona Británica.
A partir de la Revolución Francesa el sentido de estos obsequios ha ido cambiando radicalmente. En una democracia moderna se supone que no tiene sentido que un gobernante conserve como posesión personal los regalos que recibió como representante de su país. Con Trump, sin embargo, el proceso ha experimentado un retroceso.
La última demostración ocurrió en la cena de etiqueta en honor del príncipe heredero Mohammed bin Salman de Arabia Saudita el martes pasado. En la Casa Blanca reaparecieron Elon Musk y otros distinguidos personajes. Uno de ellos, Tim Cook, jefe de Apple, junto con prometer una inversión adicional de 100.000 millones de dólares, le obsequió a Donald Trump un disco de vidrio sobre una base oro con su nombre grabado. Explicó: “Es oro de 24 quilates”. “Guau”, habría exclamado Trump al recibirlo.
El Premio Nobel de la Paz es una valiosa distinción moral. Pero lleva consigo una recompensa: el equivalente de más de un millón 150.000 dólares. Por ahora, Trump está a la espera de lograrlo. En cambio, un regalo que ya aceptó es un Boeing 747 de lujo de parte del régimen de Catar, valorado en unos 400 millones de dólares. Habría sido “estúpido” rechazarlo, comentó.
En la red X el gobierno suizo dio a conocer que superó su diferendo tarifario con Estados Unidos, “gracias al compromiso constructivo del Presidente Trump”. Apenas una semana antes, un grupo de empresarios suizos estuvo en Washington. Le llevaron un Rolex y otros ítems de lujo.
Está claro que no volverá empobrecido a Mar-A-Lago.




