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Napoleón y el divorcio

Por Jorge Abasolo Jueves 27 de Noviembre del 2025

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Napoleón siempre tuvo a Gran Bretaña metida entre ceja y ceja. Hubiera renunciado a la mitad de sus conquistas con tal de que los británicos acabaran hablando francés. Pero como no era tonto y sabía que no podía competir con la superioridad naval inglesa, centró sus objetivos en incordiar a los british todo lo posible. Pensó en quitarles la India, pero antes había que invadir Egipto, y tal cosa la llevó a cabo el 25 de julio de 1798.

La posesión más preciada de Inglaterra era la India, porque de este país obtenía la mayor parte de sus materias primas.

Ganó en la famosa batalla de las Pirámides, porque los mamelucos, los guerreros que mandaban en Egipto a las órdenes de Turquía, aunque eran más y estaban en su terreno, iban armados prácticamente con hondas y lanzas, mientras que los franceses respondían con armas de fuego y artillería eficaz.

Al final, turcos e ingleses se unieron contra los franceses y Napoleón tuvo que echarse a volar con viento fresco. La campaña napoleónica acabó siendo un desastre, pero el mundo de la egiptología nunca le estará lo suficientemente agradecido al emperador francés.

Mientras tanto, a su amada Josefina se le acababa el entusiasmo de ser emperatriz de Francia en diciembre de 1809, cuando Napoleón se plantó delante del Consejo de Familia francés y, con todo el dolor de su corazón, comunicó su divorcio. Y es verdad que lo sentía, porque no había amado ni amaba a otra mujer, pero prevaleció más la necesidad de un heredero que Josefina no le podía dar.

Es cierto que el matrimonio tuvo altibajos, unas veces por culpa de uno y otras por culpa de Josefina. La cosa no es que empezara bien, porque Napoleón impuso una luna de miel de sólo dos días y sus dos noches con la excusa del trabajo. Le dijo a Josefina, “paciencia querida, ya haremos el amor cuando hayamos ganado la guerra”. Y se largó a pelear por Europa.

¿Qué hizo Josefina? Pues buscarse entretenimientos con otros señores, además de derrochar a manos llenas, montar bailes, hacerse modelitos y comprar joyas. Se pasaron discutiendo casi catorce años de matrimonio por las infidelidades y los despilfarras de ella y las frecuentes ausencias de él. Pero quererse, se quisieron mucho, y precisamente cuando el matrimonio atravesaba el mejor momento llegó el divorcio.

Mucho tuvo que ver con él la familia Bonaparte, que no tragó a Josefina desde el mismo instante de la boda y no perdió oportunidad de fastidiar al matrimonio. El pretexto perfecto para meter el dedo en el ojo la encontraron los Bonaparte en el ansiado heredero que no llegaba.

Había un grado de malicia en los Bonaparte: el día de su coronación como emperatriz, dos hermanas de Napoleón que ayudaban a Josefina con los veinticinco metros del manto que arrastraba lo soltaron en mitad de las escaleras hacia el altar para desequilibrarla y hacerla caer en medio de tan solemne acto. Josefina aguantó como pudo, pero ya estaba claro que se la tenían jurada.

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