Quiroga, esclavo de sus palabras
Lo sucedido la semana pasada con el sociólogo Darío Quiroga refleja, entre otros fenómenos, la inconsistencia de las prácticas políticas con los fondos valóricos que supuestamente expresan defender. Y es que no estamos hablando de un adherente o colaborador cualquiera en un comando político, sino del “cerebro” de la campaña de la candidata oficialista Jeannette Jara. Su estrecha relación de años le llevó a la exministra a confiar sus desafíos electorales en este operador que fue sometido a una “arqueología política”, reviviendo el sentido del dicho popular: “uno es esclavo de sus palabras y dueño de su silencio”.
Quiroga preparaba su estrategia para aleccionar a Jara en privilegiar una mayor agresividad al enfrentar a su contrincante con el fin de provocar el error, evidenciar incoherencias o elicitar el descontrol del candidato opositor; pero sufrió, en primera instancia, el congelamiento de su rol de liderazgo en el inicio de la segunda vuelta, para posteriormente ser despedido. Para su mala fortuna se reactualizaron algunas de sus declaraciones en abril pasado del programa “Turno”, ya que en un segmento denominado “ultrasolo” (irónico vaticinio), expresó de manera burlesca lo que pensaba del PDG (Partido de la Gente): “Toda la estructura del “Partido de la Gente” es muy entretenida, porque es muy chanta. Es pobre, pobre. Entonces le arman ahí unos viejitos chuñuscos, y es como que el pueblo se desbordó en las calles”. Pero la guinda del postre fue cuando se refirió a la hermana de Franco Parisi: “se llama Zandra, pero con Z, no sé si por razones de inmigración o por razones de flaiterío”.
Los jefes de campaña en política son verdaderos estrategas que deben organizar y planificar una compleja estructura que considera no sólo una gran variedad de factores, ya que además deben estar atentos e informados de los cambios e imprevistos que van ocurriendo en este proceso. Más que presentar un perfil “emocional”, estos liderazgos requieren de una alta inteligencia y muy buen manejo cognitivo para integrar rasgos personales de su candidato(a), condiciones del entorno político y demandas de la ciudadanía, ya que esta última será la que imponga su soberanía cuando se trata de regímenes democráticos.
Desconozco la trayectoria meritocrática de Quiroga, pero no hay que ser un experto para evaluar que su imprudencia le hizo merecedor a dar un paso al costado. Al sociólogo su salida lo pilló de improviso, no sólo porque probablemente se había olvidado de su desafortunada intervención de hace meses, pues sus actividades de ir a programas y seguir en su rol continuaron cuando su “jefa” ya estaba en antecedentes de este conflicto, por lo que se infiere esperaba ser respaldado.
Para su desgracia, Franco Parisi pasó de ser un despreciado “papito corazón” a la “niña bonita” que todos desean agradar ahora. De ignorado actor secundario a protagonista del próximo estreno, de la indiferencia a inspirar historias de vida en común. Si bien no podemos decir que “la tercera fue la vencida” ya que no logró pasar a segunda ronda, Parisi fue el gran ganador de la primera vuelta, ya que no sólo sobrepasó con creces las escuálidas expectativas que se le vaticinaban, pues su valor agregado actual se refleja en que sus huérfanos votantes, que alcanzan casi al 20% del electorado, podrían inclinar la balanza en favor de los aspirantes que siguen en carrera. Quedará en la nebulosa (o no tanto), qué habría pasado si las “pachotadas” y faltas de respeto que fanfarroneó Quiroga hubiesen ido dirigidas a un candidato que obtuviera una votación residual, de esas que se olvidan en el tiempo y no dan ni siquiera para la anécdota, condenando al político al ostracismo, o en el mejor de los casos, a presentarse reiteradamente cada cuatro años como eterno aspirante en un bucle temporal que no lleva a ninguna parte.
La lección a Quiroga ojalá sea aprendida por todos los sectores políticos, especialmente por aquellos que se arrogan superioridades morales en discursos qué, al contrastarlos con la realidad, dejan mucho que desear. Este comportamiento arribista y termocéfalo, se está volviendo una indeseable costumbre en nuestra política actual, en que se denosta al adversario para aparentar superioridad o se insulta y maltrata al que piensa diferente para ganarse a la propia barra brava; pidiendo disculpas o adoptando acciones remediales sólo cuando los cálculos entregan cifras que satisfacen las propias conveniencias. Estas incoherencias son la que cada vez siguen desencantando a la inmensa mayoría de un electorado que hace grandes esfuerzos para encontrar a alguien en quien volver a creer.




