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El viento de los locos

Por Pavel Oyarzún Domingo 30 de Noviembre del 2025

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Quien agite su casa, heredará el viento”. Proverbios 11:29. Pues bien, por la razón que fuere, sea bíblica o meteorológica, o ambas, heredamos el viento: el viento de los locos.

Recuerdo que hace algunos años fui al hotel Diego de Almagro para compartir un desayuno, de media mañana, con la escritora Alejandra Costamagna, recién llegada a nuestra ciudad. Era un día domingo, pero no de resurrección, sino de temporal. El viento arreciaba, ensordecedor, inmisericorde. Lo cierto es que había arreciado desde la madrugada todo el borde costero, toda la ciudad, como si quisiera arrancarla de la faz de la Tierra. Era un día de aquellos. Saben de lo que hablo.
Llegué volando. No conocía a Costamagna ni tampoco el hotel. Quise estar antes de tiempo, con la idea de tomar un café y leer un poco. Nada mejor que inaugurar el comedor leyendo a John Fante, pensé. Calculé que tendría una hora por lo menos para atormentarme el coco con Arturo Bandini, mi perdedor favorito. Sin embargo, al ingresar, lo primero que detecté fue a la autora de Animales domésticos (había visto su rostro en la solapa de un libro o en una entrevista), sentada a una mesa, mirando por el ventanal, directo al estrecho de Magallanes que, en ese instante, se mostraba más crispado que nunca, de un tono gris acero y salpicado de cuchillos de espuma. Ingobernable. Esquizo. Lapidario. El viento, por su parte, estremecía los cristales de todo el edificio. Parecía una bestia queriendo entrar.

—De modo que este es el fin del mundo —dijo Alejandra.

—Así es. Tal cual. El fin del mundo —respondí.

—Esto debe enloquecer —agregó, con la vista fija en el oleaje encabritado. Sucede que los que hemos nacido en esta tierra, o aquellos que han vivido por mucho tiempo en ella, no nos damos cuenta de que vivimos con el aullido del viento incrustado en el cráneo. Todos los santos días. Es unánime. Incesante. Perpetuo. Y aunque no fuera todos los benditos días, con sus respectivas noches, así lo parece. Por lo tanto, jamás estamos solos. Ni sueltos, en libre albedrío. Y nunca, pero nunca, rozamos el silencio. Bien visto y sufrido, con ojos de recién caído o de deportado, es desquiciante. Enloquecedor. Es el viento de los locos.
Desde entonces, durante un temporal, por algún minuto, pienso en aquella frase de Costamagna, como también en aquel proverbio del inicio, y en su variante en el celuloide, Heredarás el viento (1960), con un Spencer Tracy realmente bíblico; pero, por sobre todo, pienso en la gente de Sarmiento de Gamboa que se quedó aquí —huérfana de padre— en 1584, arrastrando sus huesos por estas costas, desesperada, soportando el viento más perro del mundo, marchando, en harapos, desde la ciudad Nombre de Jesús a Ciudad del Rey Don Felipe, y viceversa, una, dos, tres veces, como si chocara con un muro de viento y se regresara por donde vino, más derrengada, más enloquecida. Huelga decir que aquellas ciudades, en realidad, eran dos caseríos volátiles, volanderos, levantados a duras penas en medio de una pesadilla.

Como es sabido, fue el corsario inglés Thomas Cavendish quien le colgó al lugar el título-patíbulo de “Port Famine” en 1587. Puerto del Hambre, tal como se oye, tal como se sufre. Le llamó de tal modo en cuanto vio las ruinas + los cadáveres insepultos en lo que fuera Rey Don Felipe. Sin embargo, basta conocer el punto, el entorno, para conjeturar que no necesariamente murieron de hambre aquellos españoles, sino que enloquecieron. Se congelaron. Se entremataron. Se dejaron morir. Todas las anteriores.

Pero, tras el punto, regreso al futuro. Directo a un temporal, más de cuatro siglos después: Debo aclarar, desocupado lector/lectora, que escribo esto después de tres días de borrasca, sin alivio. Sabes de lo que hablo. Tres días de huracán. De insomnio. Me siento irritado. Ofuscado, como un bicho recluso en su madriguera. De modo que todos mis sensores se encuentran alterados. Los nervios de punta. La cabeza rodante. Entonces me pongo irónico. Me pongo malandro, cuchillero. Me pongo zombi. Y tarareo, entre dientes, aquella cancioncilla del folclor magallánico —si acaso tenemos folk— que habla del viento que sopla en la inmensidad. Pues que sople en la inmensidad, me importa un carajo. El maldito thriller es que arrecia aquí, que devasta aquí, huracanado, dentro de mi caja craneana, al igual que en la tuya, desocupado, decapitado lector.

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