H2V y el franco, pero necesario sinceramiento
La exposición de Salvador Harambour, director ejecutivo de la Asociación de Hidrógeno de Magallanes, vuelve a poner sobre la mesa una verdad incómoda: una de las regiones más prometedora del mundo para producir hidrógeno verde está atrapada en un cuello de botella tan evidente como persistente. Y ese nudo, que no se resuelve ni con voluntarismo ni con discursos grandilocuentes, tiene nombre y apellido: infraestructura portuaria insuficiente.
Magallanes podría producir 10 millones de toneladas de hidrógeno al año; tiene un viento con factores de planta superiores al 60%, cifras que deslumbran a cualquier experto internacional; y cuenta con extensiones de tierra capaces de sostener proyectos que, en otra latitud, serían imposibles. La ruta energética parece escrita en piedra. Sin embargo, avanzar hacia esa oportunidad histórica -esa “revolución” industrial que podría transformar a la región en un territorio desarrollado- requiere algo mucho más básico: dónde y cómo desembarcar miles de piezas gigantescas que darán vida a los parques eólicos.
Harambour lo sintetiza con crudeza: para procesar la carga de 10 GW, se necesitan cinco años y ocho sitios de atraque. Magallanes tiene uno. Uno solo. El muelle Mardones. Y aunque la Empresa Portuaria Austral avanza con obras relevantes, la ampliación proyectada no resuelve ni de cerca el volumen que se aproxima. A este ritmo, la industria llegará antes que los muelles, y no al revés. Allí está la paradoja.
La región compite contra el tiempo y, peor aún, contra otros países que ya no esperan. India y Omán han puesto precios agresivos en el mercado del amoníaco; Brasil, Argentina o Uruguay ofrecen incentivos tributarios reales, mientras en Chile la discusión sobre instrumentos de fomento sigue entrampada. Es casi irónico: el país que hace pocos años lideró técnicamente la conversación global sobre hidrógeno hoy aparece rezagado, dudando, revisándose a sí mismo.
Pero el problema no es solo económico. Es también regulatorio. Los proyectos emblemáticos -H2 Magallanes y HNH Energy- enfrentan procesos ambientales largos, cambiantes y con un riesgo creciente de judicialización. ¿Cómo firmar contratos internacionales si nadie puede asegurar cuándo terminará la evaluación ambiental? La incertidumbre, más que un trámite, se convierte en un muro invisible que desalienta decisiones de largo plazo.
La advertencia de Harambour debería leerse no como una crítica aislada, sino como un llamado urgente a coordinar políticas públicas, inversión portuaria y estabilidad regulatoria. La industria del hidrógeno verde no es una promesa abstracta: está, literalmente, a bordo de 1.254 barcos que algún día deberían llegar a Magallanes. Si no hay dónde recibirlos, no habrá revolución. Habrá frustración.
La región tiene una oportunidad histórica, tal vez irrepetible. Pero no basta con tener “el mejor viento del mundo”. Se requiere un Estado capaz de acompañar este proceso con visión estratégica, infraestructura oportuna y reglas claras. De lo contrario, Magallanes corre el riesgo de ver cómo la revolución energética pasa por delante… sin poder atracar.




