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Vocación de unidad

Por Marcos Buvinic Domingo 30 de Noviembre del 2025

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En medio de las agitadas y ansiosas semanas previas a las elecciones presidenciales, y sobre las cuales ya se ha dicho y escrito suficiente, quisiera invitarles a reflexionar sobre un acontecimiento que nos llama a mirar la historia pasada y los desafíos del presente para la fe de los cristianos.

En estos días, el Papa León está en Turquía y de allí seguirá hacia el Líbano. Pero, ¿qué anda haciendo León XIV por allí? Turquía es un país inmenso, con 87 millones de habitantes, casi todos musulmanes (95%), y donde los cristianos —incluidos católicos, ortodoxos y evangélicos— son apenas unos 300 mil (0,35%). Sin embargo, la actual Turquía ha sido muy importante en la historia del cristianismo: allí nació el apóstol Pablo; en la ciudad de Antioquía fue donde por primera vez llamaron “cristianos” a los discípulos de Jesús; y en la actual Turquía ocurrieron reuniones muy importantes durante los primeros siglos de la Iglesia. Bueno, el Papa León anda en Turquía para conmemorar los 1.700 años de la primera de esas reuniones: el concilio de Nicea, que tuvo lugar en el año 325, en lo que hoy es la ciudad turca de Iznik.

Si usted es cristiano, probablemente querrá saber por qué es tan importante el concilio de Nicea para los discípulos de Jesucristo; y si no lo es, podrá conocer un punto relevante de nuestra historia, lleno de desafíos para el presente.

A comienzos del siglo IV, la Iglesia había dejado atrás los tiempos de las persecuciones y los cristianos tenían libertad para profesar su fe en el Imperio Romano. Sin embargo, la Iglesia empezó a sufrir algunas divisiones por motivos doctrinales, específicamente por el modo en que comprendían la condición divina del Señor Jesús. Una corriente, el arrianismo, sostenía que Cristo era la primera de las criaturas del Padre, es decir, no era Dios igual al Padre.

En esos tiempos, cualquier división en la Iglesia no sólo la afectaba dolorosamente a ella, sino que traía divisiones dentro del Imperio. Por ello, el emperador Constantino convocó a los obispos a una reunión (concilio) para que resolvieran los asuntos doctrinales y evitaran conflictos en su imperio. Aquí hay una lección que los cristianos nunca dejaremos de aprender en las siempre cambiantes circunstancias de la historia: cualquier alianza con los poderes políticos es ajena a la vida y al mensaje del Señor Jesús.

Los obispos de la Iglesia reunidos en el concilio de Nicea afirmaron juntos la condición divina de Jesucristo y elaboraron una fórmula que los interpretase a todos; así redactaron el “Credo”, que expresa la fe de los cristianos en el Señor Jesús como “Hijo único de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, de la misma sustancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial al Padre, por quien fueron hechas todas las cosas”. Es un lenguaje propio de esos tiempos, que no es el de los textos bíblicos ni el que usamos corrientemente, pero ¿por qué esto es importante?

Porque allí se expresa la fe en el Señor Jesús de todos los cristianos, seamos católicos, ortodoxos o de las distintas tradiciones protestantes y evangélicas. Es el Credo que nos une y nos llama a vivir una vocación de unidad, señalada en el texto bíblico: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y habita en todos” (Ef 4, 5-6).

En estos días, en Turquía, el Papa León, junto a representantes de distintas iglesias cristianas, hará memoria agradecida del don de la fe que nos permite llamarnos “cristianos” y de la vocación a la unidad que ese nombre significa.

Unidad no es lo mismo que uniformidad, sino que significa reconocernos diversos (con distintas historias, tradiciones, formas litúrgicas, acentos de espiritualidad y modos de acción, maneras de organización, etc.), pero estar en comunión en la acogida del amor de Cristo y en el amor a Cristo como nuestro único Señor y Maestro. Esta comunión todavía no es plena, pero sí hay unidad en lo esencial, lo cual implica respeto a la diversidad en la búsqueda de una comunión mayor.

Este es un gran desafío para la fe de todos los cristianos, seamos católicos, ortodoxos o evangélicos: buscamos vivir nuestra vocación de unidad en una comunión que no es uniformidad ni absorción de unos por otros. Una comunión en la que se juega la fidelidad al mandato del Señor Jesús: “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me enviaste” (Jn 17, 21).

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