La memoria y el respeto que nos debemos
El ataque al mural en homenaje a Francisco Bettancourt en la Universidad de Magallanes no es únicamente un hecho vandálico ni un problema de seguridad interna. Es, por sobre todo, una agresión abierta a la dignidad de una familia que lleva más de cincuenta años esperando verdad, justicia y reconocimiento. Y es, también, un golpe a la convivencia que quienes habitamos esta región nos debemos como estándar mínimo de respeto.
Lo ocurrido en la madrugada del sábado, cuando tres personas ingresaron al edificio de Humanidades para cubrir con pintura blanca el rostro de Bettancourt y las imágenes que lo acompañaban, revela un tipo de violencia que no puede relativizarse. No se trata de una travesura ni de un gesto impulsivo. Es un intento deliberado de borrar un símbolo que encarna una herida profunda en la historia de Magallanes: la desaparición forzada de un joven de 23 años, detenido en 1973, cuyo paradero sigue siendo desconocido.
El blanco que cubrió el mural no es inocente, pues simboliza una voluntad de silenciamiento, de negar la historia reciente del país, de despojar de valor las memorias incómodas, de invalidar el dolor de quienes aún buscan respuestas. Por eso este hecho duele doblemente, ya que violenta un espacio universitario que debe ser resguardo para el diálogo, el pensamiento crítico y la memoria y, a la vez, desconoce el sufrimiento de una familia que ha cargado por décadas con la ausencia de un hijo, hermano y compañero.
La Umag actuó con celeridad al activar los protocolos de seguridad y entregar los antecedentes a la Fiscalía, pero este episodio deja claro que el resguardo de los espacios universitarios y de memoria no puede depender solo de cámaras y rondas nocturnas. También requiere una comunidad comprometida con lo que esos lugares significan, capaz de entender que protegerlos es protegernos a nosotros mismos, nuestra historia, nuestra identidad y los valores democráticos que sostienen la vida en común.
La reacción transversal de estudiantes, organizaciones de derechos humanos y actores regionales confirma que Magallanes no está dispuesta a tolerar este tipo de agresiones.
Pero también pone en evidencia algo más grave, pues este no es un caso aislado. En los últimos años, memoriales han sido rayados, amenazados, incendiados. El negacionismo -esa peligrosa mezcla de ignorancia y odio- ha ido ganando terreno en discursos que buscan instalar la idea de que recordar es dividir, cuando en realidad es la única vía para construir un país sin repetir sus tragedias.
El respeto debe ser el elemento vital en la convivencia de los magallánicos, más allá de diferencias políticas, ideológicas o religiosas.
Lo que ocurrió en la Umag es, finalmente, un recordatorio de que la memoria no es un trámite institucional ni un ejercicio simbólico. Es un pacto ético. Un compromiso con el “nunca más” que exige valentía, respeto y responsabilidad.
Este ataque, por brutal que sea, no logrará su propósito. La memoria permanecerá. No por las murallas, sino por la fuerza de una comunidad que entiende que recordar no es anclarse al pasado, sino evitar que el futuro repita sus sombras. Y porque, como dijo la propia comunidad de Colón 636, la memoria no se destruye con pintura: vive en quienes se niegan a olvidar.




