Navegante francés vuelve a Magallanes para agradecer a doctores que salvaron sus pies
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En el año 2000, Joseph Le Guen enfrentó la muerte y la desesperación en la soledad del Pacífico Sur, desde donde fue rescatado producto de graves heridas para ser atendido en Punta Arenas. El operativo de emergencia salvó sus pies de una gangrena e infección que obligó a amputarle todos sus dedos, convirtiéndose en el primer paciente clínico de la cámara hiperbárica. Hoy, regresa al hospital para cerrar un círculo de gratitud con el equipo que le permitió volver a bailar.
Lucas Ulloa Intveen
Hace poco más de un cuarto de siglo, Joseph Le Guen llegó al Hospital de las Fuerzas Armadas Cirujano Guzmán en un helicóptero auxiliado por marinos. Lo traían desde un carguero que lo había rescatado en la mitad del Pacífico Sur con sus pies con gangrena. Este viernes entró caminando por la puerta ancha que da hacia Avenida Bulnes. Siempre se había prometido volver a Punta Arenas para agradecer al equipo médico y humano que le salvó la vida y le permitió vivir veinticinco años más de aventuras. Esta es la historia del reencuentro con su médico, anécdotas de sus viajes posteriores y experiencias mutuas.
Joseph (78 años) llega junto a su hija Manon -quien tenía 7 años al momento del accidente- y el cineasta Pascal Signolet, a quien conoció en medio del océano mientras era rescatado y desde entonces han filmado travesías juntos. Sus ojos atraviesan cada espacio de los pasillos, recordando todo distinto.
El servicio de medicina hiperbárica es único en este hospital en la región y curiosamente, Jospeh fue el primer paciente. “¿Entonces fui como su ratón de laboratorio?”, le preguntaba con humor al doctor Marcelo Ross, jefe del Servicio de Cirugía tanto en aquel entonces como en la actualidad. “¡Pero qué ratón! ¡Un capibara!”, le respondía el médico en medio de un desayuno cargado de historias.
Odisea al límite en
el Pacífico Sur
Jo Le Guen partió el año 2000 en un desafío autoimpuesto sin precedentes, pese a su vasta experiencia de navegación: cruzar remando desde Nueva Zelanda hacia América del Sur. Zarpó el 3 de febrero de aquel año y la hazaña buscaba cruzar el Pacífico en el bote a remos Keep it Blue, con un llamado a mantener los océanos azules y limpios de contaminación.
A juicio de Jo, según el relato en su reencuentro, contrajo una infección tropical en sus pies luego de herirse en un taller de madera en Malasia antes de zarpar. “Fueron heridas pequeñitas que se infectaron día a día”, contaba. Durante la navegación, producto de quizás un mal calzado y vaga atención médica, además del constante esfuerzo, las heridas se agravaron y el olor, recuerda, era insoportable.
“Nunca lo voy a olvidar”, indicaba Jo, quien utilizaba tres pares de calcetines para intentar disminuir el hedor de la gangrena. Además el dolor que le producía la infección lo obligaba a sumergir sus pies en agua de mar fría. “Después de dos o tres horas, la infección estaba calentando el agua. Yo la tiraba por la borda y volvía a poner agua fría”, le contaba al doctor Ross, lo que le causaba mucha gracia por la crudeza del relato y lo empírico del ejemplo.
En los momentos más oscuros, al interior de su compartimento, llegó a atar el ancla a su abdomen y considerar terminar con su vida lanzándose a las profundidades del mar. “No iba a dejar que me comieran los albatros”, decía con una mezcla de seriedad y reflexión, encontrándose en una batalla contra el dolor.
Finalmente fue rescatado por el mercante inglés Palliser Bay, bajado en camilla la cubierta de la lancha Alacalufe de la Armada y luego trasladado en helicóptero hasta el hospital, siendo el primer paciente de la cámara hiperbárica que acababa de ser instalada y a la cual volvió a ingresar en este viaje de retorno.
Primer paciente de la cámara hiperbárica
“Lo evaluamos con el doctor Carlos Pinochet (traumatólogo) y decidimos que había que hacer el primer uso clínico de la cámara hiperbárica”, explica Ross. “Tenía todos los parámetros inflamatorios muy malos, estaba con fallo renal, vimos los pies e intentamos delimitar su sección”. Estaba en estado séptico grave y necrosis en los pies; gracias a la oxigenación hiperbárica y múltiples cirugías, lograron salvar sus pies, amputándole 8 de sus 10 dedos. Posteriormente en Francia le amputaron los otros dos por razones ortopédicas.
El esfuerzo de la Armada, la cadena solidaria en torno a Le Guen, el esfuerzo del equipo de cirugía del Hospital na, fueron todos factores que incidieron en que, semanas después, pudiera retornar a Francia transformado en una celebridad nacional. El 20 de abril del 2000, La Prensa Austral publicó declaraciones de Le Guen: “Voy a regresar aquí, ver a la gente, tal vez en mejores condiciones que hoy”.
Del banco a los océanos
Joseph relata que su padre fue pescador toda la vida. “Para un pescador, su sueño es que su hijo no se dedique a la pesca”, contaba. “Yo empecé mi vida trabajando en bancos, pero no me gustaba. Día a día regresaba al mar y como no fui pescador, navegaba en barcos a velas”.
Dentro de sus mayores hitos náuticos recuerda haber cruzado el Atlántico en solitario en tan sólo 37 días. En 1990, viajó desde Nueva York a San Francisco, en un trimarán, con su esposa embarazada a bordo. Fue un viaje de 99 días sin escalas, que consideró navegar hasta el Cabo de Hornos para luego subir hasta el Golden Gate, en la costa oeste de los Estados Unidos.
En 95’ cruzó el Atlántico nuevamente, pero esta vez a remo, en 103 días; y en 1997 realizó una regata desde las Islas Canarias hasta Barbados, con un compañero que acababa de cumplir una condena de 14 años en prisión. El barco fue construido íntegramente por presos. Esta última experiencia nació luego de más de dos años realizando conferencias en las cárceles de Francia: “Para una persona que está en la cárcel, una persona que está solo atravesando un océano es algo similar”, contaba, indicando que los paralelos los realizaban los mismos reos.
Resiliencia y “disfrutar”
el presente
Para Joseph Le Guen, la pérdida de sus dedos de los pies no marcó el final de su vida, sino el inicio de una nueva resiliencia basada en la capacidad de adaptarse a una nueva realidad. El navegante rechaza la idea de lamentarse por lo perdido, cuestionándose: “¿Cuál es la situación de hoy y qué podemos hacer?”. Esta mentalidad lo ha llevado a realizar nuevas hazañas físicas asombrosas tras su recuperación, recorriendo más de 3 mil kilómetros en bicicleta desde Francia hasta Serbia.
Un pilar fundamental de su filosofía es el concepto de “disfrutar”, una palabra en español que Joseph adora y que asegura no tiene una traducción exacta en francés que abarque toda su profundidad. Para él, disfrutar implica una gratitud activa por estar vivo y ser capaz de moverse, Joseph siente una “suerte increíble” por poder caminar, viajar y hacer lo que él llama “tonterías”, especialmente cuando recuerda que su padre murió joven, a los 67 años, sin poder realizar muchas de sus metas.
A pesar de que su piel es extremadamente frágil y debe usar sandalias especiales para evitar heridas, Joseph no se detiene; recientemente caminó 45 kilómetros en tres días sin sufrir lesiones. Su próximo gran desafío es recorrer a pie los 800 kilómetros del Camino de Santiago de Compostela (España), una peregrinación que hizo primero y que ahora hará a pie, partiendo desde Saint Jean Pied de Port, un pueblo de Francia. Su motivación es simple pero poderosa: lo hace porque tiene la suerte de poder hacerlo, mientras que muchas otras personas están enfermas o incapacitadas en hospitales,. Para Joseph, volver a bailar en una discoteca después de su accidente fue un acto profundamente simbólico que representó el recomienzo de su vida.
Cierre con gratitud
El regreso de Joseph a Punta Arenas 25 años después no fue un mero viaje turístico, sino el cumplimiento de una “obligación moral” personal. El navegante explica que, a menudo, tras una travesía difícil, los marinos caen en una suerte de depresión y olvidan de agradecer a quienes los ayudaron; él, en cambio, necesitaba volver para cerrar ese círculo de gratitud. Joseph identifica al Dr. Ross como el jefe de una “cadena de solidaridad” que incluyó a comandos, enfermeras y médicos que hicieron posible que hoy esté vivo.
Este reencuentro ha estado marcado por señales casi místicas que Joseph interpreta como confirmaciones de su destino. Una de las anécdotas más emotivas ocurrió hace pocos días, cuando Joseph tomó un Uber y descubrió que el conductor era un marino de la Armada de Chile. Al reconocer al navegante, el conductor se emocionó tanto que le regaló una botella de vino de la reserva privada de la institución, un tesoro que Joseph asegura que nadie podrá tocar.
Ross, por su parte, destaca lo poco frecuente que es recibir un reconocimiento de este tipo tanto tiempo después. Aunque ha atendido a miles de pacientes y otros aventureros de renombre, el caso de Le Guen es único por el vínculo humano que se forjó durante aquellas noches de conversación en el año 2000. Joseph regresó al hospital no como un enfermo, sino como un hombre que ha cumplido su promesa, reconociendo que el trabajo de los médicos fue “mucho más que un trabajo”; fue el acto que le permitió seguir navegando,. Al visitar nuevamente la cámara hiperbárica, a la que antes describía como un “torpedo”, Joseph transforma un recuerdo de pesadilla en un símbolo de victoria y vida.




