Venezuela: volver a creer
Sin lugar a dudas, lo más importante en lo que va del año ha sido la captura de Nicolás Maduro y su traslado a los tribunales de justicia en Nueva York. El 3 de enero será una de esas fechas que quedarán grabadas en la memoria episódica y emotiva, especialmente de millones de venezolanos, más allá que las precisiones técnicas de la “Operación Resolución Absoluta” se vayan disipando con el tiempo.
El terreno de la geopolítica, las posibles consecuencias a futuro en Venezuela y Latinoamérica o las elucubraciones acerca de traiciones desde el círculo íntimo del dictador, entre otros temas; sólo se irán aclarando con el tiempo y es preferible dejarlas a los expertos en el área. Pero me gustaría comentar un fenómeno que probablemente a usted también le llamó la atención: el choque entre posiciones ideológicas v/s la realidad humanitaria que rodea a los acontecimientos.
Al conocerse en la madrugada la operación ejecutada por la “Delta Force” de los EE.UU., no tardaron espontáneamente en salir a las calles de diversas ciudades en el mundo miles de venezolanos, en un festejo que evidenciaba algarabía y la expresión genuina de recibir una noticia que si bien la esperaron durante años, parecía poco probable de constatar algún día. Abundaba el llanto, ese que aflora desde lo más íntimo cuando las emociones se reprimen debido a la frustración de ver como una y otra vez la esperanza era puesta a prueba. Pareciera que en esos 8 millones de venezolanos esparcidos por el mundo no había espacio para dobles lecturas ni disidencias, hermanados en un autoexilio que no buscaron ya que las circunstancias les llevaron a dejar sus bienes materiales y, aún más importante, sus familias, recuerdos y estilos de vida debido al desastre humanitario de un régimen despótico que sobrepasó los límites de lo imaginable.
Notoriamente menos numerosas, en cantidad y masividad de asistentes, eran las manifestaciones de quienes reclamaban la ilegitimidad de la acción militar de la potencia extranjera en contra del país latinoamericano. Curiosamente quienes abogaban por la soberanía del pueblo venezolano, prácticamente no contaban con manifestantes de esa nacionalidad entre sus filas, paradoja que no sólo vimos en nuestro país, pues fue la tónica a nivel mundial.
De las decenas de reacciones en redes y medios de comunicación quiero destacar dos que me llamaron la atención y nos pueden ayudar a comprender este fenómeno. Una joven venezolana narraba el siguiente cuento: “Había una vez una mujer que era maltratada por su pareja en su departamento. Continuamente le pegaban mientras ella clamaba por ayuda, y aunque algunos de sus vecinos condenaban este maltrato, nadie fue a ayudarla. Todos le daban la razón y repetían el “hay que
“, esperando que su pareja abusadora entrara en razón y dejara la violencia de lado. Pero el tiempo pasaba y todo seguía igual o peor, ya que con el tiempo los maltratos fueron peores y aumentó la censura. En un momento apareció el vecino del penthouse, ese que le cae mal a la mayoría y le han hecho la fama que se apodera de todo lo que encuentra. Ese pomposo propietario vino a sacar al abusador y a imponer sus reglas. Aunque algunos vecinos se alegran que por fin ha salido de escena este agresor, otros reclaman que ahora el dueño del penthouse vendrá a apoderarse de los bienes de ese departamento al cobrar una jugosa gratificación por liberar a su cautiva residente. Efectivamente, esos vecinos que no hicieron nada por ayudar de manera práctica, ahora se escandalizan por lo sucedido, pasando de omitir lo tóxico y abusivo del ahora alejado maltratador, a preocuparse del potencial perjuicio que desde hoy sufriría la víctima a manos de su nuevo interventor”. La joven que cuenta esta historia termina planteando la siguiente pregunta: “¿Le importará a esta víctima que lleva años clamando un apoyo real, la opinión de quienes no hicieron nada y ahora vienen a arrogarse la legítima solución en este drama? Si bien es obvio que USA tiene intereses económicos, principalmente por el petróleo, en la nación sudamericana; sólo aquella minoría comprometida y favorecida por el régimen chavista se resiste a intentar probar si el emblema de las barras y las estrellas les podría traer vientos de libertad y prosperidad.
Es cierto que las intervenciones extrajeras son negativas pues atentan en contra de la legítima autodeterminación las naciones. Pero aquí es donde rescato lo que dice magistralmente Rafael Gumucio, expresando que, justamente porque su corazón es de Izquierda, su primera reacción ante la caída de Maduro fue “una alegría visceral por los millones de venezolanos que salieron huyendo de esa parodia grotesca del socialismo, por las madres que no han visto crecer a sus hijos, por los profesionales que manejan Uber en Santiago o por los que murieron cruzando el Darién”. La izquierda que él ve en Twitter (X) piensa al revés: “primero el antiimperialismo, después la soberanía, luego la no injerencia extranjera, y al final -sólo si queda espacio- los venezolanos. Es como si el derecho de no intervención pesara más que los miles torturados en el Helicoide, como si los DD.HH. del tirano importaran más que los de sus víctimas”. El relato de Gumucio es mucho más extenso, clarificadoramente racional y coherente, pero sobre todo, profundamente humano al privilegiar a las personas por sobre las ideologías que distorsionan y manipulan los valores en pos de sus mezquinos privilegios.
Sólo el tiempo irá dictando los complejos acontecimientos, si la injerencia del norte traerá una transición renovadora hacia la democracia y la libertad, o sólo se planeó y concretó para fines de poderío geopolítico global. Esperemos que ambas proyecciones puedan equilibrarse en bien del verdadero pueblo venezolano, a quien nadie hoy les puede quitar la esperanza de volver a creer.




