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El cuestionado cierre de la Casa Azul del Arte dejó al desnudo la fragilidad de la cultura regional

Domingo 11 de Enero del 2026

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  • En conversación con El Magallanes, artistas, docentes y exalumnos cuestionan una decisión que pone fin a un espacio formativo, patrimonial y simbólico clave para la identidad cultural de Punta Arenas.

 

Matías Ponce Cerda

 

Fue el 5 de enero cuando la noticia comenzó a circular. Sin comunicados previos ni instancias de diálogo con la comunidad, el cierre de la Casa Azul del Arte se instaló como un hecho consumado. La información no llegó por canales institucionales, sino a través de medios de comunicación y redes sociales, generando incertidumbre, pena y una sensación compartida de abandono.

El anuncio del cierre de la Casa Azul del Arte abrió una herida profunda en la comunidad cultural de Punta Arenas. A casi 30 años de su creación, artistas, docentes, exalumnos y fundadores cuestionan una decisión que consideran improvisada, poco transparente y desconectada del impacto social y cultural que el espacio tuvo durante décadas.

Hasta fines de diciembre, el funcionamiento del espacio era completamente normal. Talleres planificados para febrero, programación activa y actividades de verano daban cuenta de un recinto vivo. Por eso, para muchos, el anuncio no solo sorprendió: dolió.

Este lunes, a las 11:30 horas, el tema será abordado en una comisión conjunta de Cultura, Finanzas y Educación, instancia en la que se espera conocer fundamentos claros sobre una decisión que ha generado un amplio rechazo en el mundo cultural local.

La Casa Azul del Arte se formó el 10 de febrero de 1995, en el contexto de la entonces Escuela Municipal de Artes, con el objetivo de analizar, fortalecer y aportar al desarrollo cultural y artístico de Punta Arenas. El proyecto fue creado y fundado por los artistas Guillermo Meriño, Fernando Haro, Gustavo Nieto y Claudio Vidal, quienes impulsaron un espacio abierto, comunitario y formativo, pensado como un punto de encuentro para la creación, el aprendizaje y la participación cultural en la ciudad.

Un refugio para
crear y pertenecer

Más allá de los números, la dimensión humana del espacio se refleja en historias como la de Fernanda Cárcamo, exalumna que llegó a la Casa Azul a los 12 años, en plena pandemia.

“Fue un espacio de tranquilidad, donde podía desligarme de otras preocupaciones y compartir con personas que tenían la misma pasión por el arte”, relata. Uno de sus recuerdos más significativos fue una exposición pública: “Un profesor de mi liceo reconoció una obra mía y me felicitó. Sentí un orgullo enorme al ver que mi arte era valorado”. Para Fernanda, la Casa Azul se define en una palabra: “Inspiración”.

En ese contexto, el 9 de enero, parte de la comunidad cultural se reunió en el taller Prensa Roja Gráfica. En el encuentro participaron Fernando Haro, Griselda Bontes, Paulina Martínez y Claudio Vidal, quienes compartieron miradas críticas sobre el cierre, coincidiendo en que la decisión interrumpe un proyecto colectivo con impacto directo en la identidad cultural de Punta Arenas.

De esa conversación emergen voces que hoy cuestionan la falta de una política cultural clara y advierten que la pérdida del espacio no es solo material, sino también simbólica. Desde la experiencia formativa, Paulina Martínez, exalumna y actual artista, expresa: “Yo empecé ahí cuando estaba en el colegio, tenía 12 años, empecé haciendo grabados. Es mi trabajo ahora”.

Hablar de la Casa Azul es hablar de Griselda Bontes. Docente histórica y referente del arte regional, acompañó durante décadas a niños, jóvenes y adultos en sus procesos creativos. “Aquí no solo se enseñaba técnica, se enseñaba a mirar, a confiar, a perseverar”, explica.

Su legado se refleja en generaciones completas de artistas y gestores culturales. “He visto niños inseguros transformarse en personas creativas, con voz propia. Eso no ocurre por casualidad”, afirma, advirtiendo que cerrar el espacio rompe una cadena formativa construida durante años.

El arte también es salud

Para Alicia Fuentes, artista y exdocente, el argumento de priorizar otras áreas por sobre la cultura es profundamente errado. “El arte es salud mental. Aquí venía gente sola, adultos mayores, personas con depresión. Este espacio cumplía una función social enorme”, sostiene.

Una mirada compartida por Claudio Vidal, fundador del espacio, quien advierte que “esto no se reemplaza con talleres ocasionales. Aquí se formaron generaciones completas”.

Valor patrimonial y
turístico para la ciudad

Más allá de su rol formativo y comunitario, la Casa Azul del Arte también cumplió una función patrimonial y turística para Punta Arenas. Su ubicación en avenida Colón y su historia la convirtieron, con el paso de los años, en un punto reconocido dentro del circuito cultural de la ciudad, visitado de manera constante por turistas nacionales y extranjeros.

Fernando Haro sostiene que ese valor fue subestimado. “Hay que entender que existe un público turístico al que se le puede hacer una oferta cultural y artística, y que eso puede articularse con la comunidad local”, señala. A su juicio, la Casa Azul tenía el potencial de integrarse a un circuito cultural más amplio, donde creación, identidad y economía local dialogaran.

“El espacio de Colón era casi un paso obligado para muchos visitantes. Siempre llegaban turistas, recorrían la galería, preguntaban por los talleres. Incluso querían comprar las obras de los niños”, recuerda Haro. Para el arquitecto, ese interés no solo hablaba de la calidad del trabajo desarrollado, sino también del valor simbólico del lugar como carta de presentación cultural de la ciudad.

Desde esa perspectiva, el cierre no solo afecta a quienes participaron directamente del proyecto, sino que también implica la pérdida de un espacio con proyección patrimonial y turística, capaz de fortalecer la identidad cultural de Punta Arenas frente a quienes la visitan.

Cerrar cultura
 en regiones

“En Chile la cultura sigue entendiéndose como un gasto prescindible. En regiones, cuando se pierde un espacio, no hay reemplazo”, señala Fernando Haro.

Para Haro, la Casa Azul nunca fue un lujo. “Fue una necesidad social. Aquí no se buscaba formar artistas famosos, sino personas sensibles, críticas, con herramientas para expresarse”. Critica, además, la ausencia de políticas culturales de largo plazo: “Ningún proyecto puede sostenerse eternamente solo por la vocación de quienes lo habitan”.

Cerrar la Casa Azul del Arte no es solo cerrar un edificio. Es interrumpir procesos, vínculos y memorias. En regiones, cada cierre cultural profundiza la desigualdad territorial y debilita el tejido social.

La comunidad insiste: la Casa Azul no fue perfecta, pero fue necesaria. Y su ausencia deja una pregunta abierta para Punta Arenas y para el país: qué tipo de desarrollo es posible cuando los espacios de creación comienzan a desaparecer.

 

 Un espacio activo y con impacto real

La memoria institucional 2025, documento público, respalda estos antecedentes. Durante ese año, la Casa Azul desarrolló 55 talleres, con más de 600 alumnos inscritos, y alcanzó a más de 2.000 personas de la comuna a través de actividades formativas, exposiciones y programación regular. El 90% de las actividades se realizó dentro del propio recinto.

Para la docente histórica Griselda Bontes, estas cifras reflejan años de trabajo silencioso. “Esta casa se levantó a pulso. La pintaron los propios alumnos. Aquí nunca hubo abandono, hubo convicción”, afirma. También desmiente versiones sobre cierres prolongados: “La Casa Azul solo cerraba en enero, por el feriado legal. En febrero siempre retomábamos con talleres de verano”.

 

 Datos que desmienten mitos

Frente a las declaraciones que han circulado públicamente, el equipo de trabajadores de la Casa Azul difundió una aclaración pública con información verificable. Según ese documento, al cierre de 2025 el espacio contaba con 13 trabajadores, de los cuales ocho eran docentes -cinco con contrato indefinido y tres a honorarios- que desarrollaban directamente los talleres formativos.

El resto del equipo cumplía funciones de apoyo: secretaría, auxiliar de servicios, encargada de galería y diseño, además de personal administrativo. Desde el equipo enfatizan que la Casa Azul nunca tuvo una estructura mayoritariamente administrativa, como se ha señalado.

Asimismo, explican que la disminución progresiva de docentes no respondió a decisiones internas, sino a que los cargos vacantes no fueron repuestos, pese a solicitudes formales. A esto se suma que los sueldos permanecieron congelados durante años, sin reajustes ni adecuación a valores de mercado.

En cuanto a recursos, la Casa Azul nunca fue autónoma financieramente. Toda la gestión presupuestaria dependía de la Corporación Municipal, que aprobaba o rechazaba los requerimientos operativos.

 

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