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90 días: es tiempo de gobernar

Por Diego Benavente Viernes 16 de Enero del 2026

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Poderoso señor don tiempo, hay que dejarlo que corra, pero que no estruje ni exprima. La advertencia no es menor cuando se trata de evaluar los primeros 90 días de un gobierno que llegó al poder más por el cansancio que por la ilusión, más por el temor al desorden que por la adhesión a una épica transformadora. En política, el tiempo no sólo ordena los hechos: también desnuda las consignas, revela las incoherencias y pone a prueba la distancia entre el discurso y la realidad.

Como bien señala Pepe Auth, “el país no ha virado hacia ninguna parte”. Chile no cambió de naturaleza ni de valores de un día para otro; no despertó convertido en otra sociedad. Lo que sí cambió fue la sintonía entre quienes aspiraban a gobernar y las preocupaciones reales de la ciudadanía. Seguridad, migración, orden público y control del crimen organizado dejaron de ser asuntos secundarios para transformarse en prioridades urgentes. Durante años, estas palabras fueron observadas con desconfianza, relativizadas o incluso caricaturizadas por sectores de la izquierda y del centro político. Hoy, como advierte Patricio Fernández, regresan con fuerza, cargadas de un mandato electoral difícil de ignorar y aún más difícil de administrar.

El triunfo de Kast no se explica únicamente por la coherencia o claridad de su programa, sino por un vacío político previo. Amplios sectores de la sociedad no se sintieron representados por el lenguaje ni por las prioridades del ciclo político anterior. Ese divorcio entre élites y ciudadanía abrió espacio a una promesa de conducción más que de transformación, de control más que de experimentación. En ese contexto, los primeros 90 días no son un mero trámite administrativo: son una prueba de credibilidad y de capacidad para traducir expectativas en políticas concretas.

María José Naudon lo formula con precisión: gobernar no es inventar una sociedad nueva, sino reordenar una que perdió referencias esenciales. El desafío, entonces, no es imponer un orden disciplinario ni administrar el miedo como herramienta política, sino reconstruir una ética común y un lenguaje capaz de articular actores distintos, con intereses muchas veces contrapuestos. Sin esa articulación, el orden se vuelve frágil, la autoridad se reduce a la reacción y la política pierde su función orientadora.

Bárbara Bayolo de LyD, pone el acento donde corresponde: gobernar no es correr, es conducir. La seguridad no puede reducirse a una bandera ideológica ni a una consigna de campaña; es una condición básica para la libertad, la cohesión social y el desarrollo económico. Conducir implica priorizar resultados por sobre relatos, políticas públicas eficaces por sobre gestos simbólicos. En un país exhausto de promesas grandilocuentes y de refundaciones inconclusas, gobernar bien puede no generar grandes titulares, pero sí algo más escaso y valioso: confianza. Hoy, más que épica, Chile necesita eficacia.

Este desafío no se juega sólo en La Moneda. Como recuerda John Müller, el Congreso se ha llenado de minorías con poder de veto y escasa disposición a construir mayorías estables. Una izquierda que aspire a volver a ser alternativa de gobierno deberá preguntarse si quiere seguir sumando identidades fragmentadas o empezar a construir mayorías nacionales con vocación de poder. Y un gobierno de derecha deberá decidir si se limita a administrar ese bloqueo o si se arriesga a tejer acuerdos que trasciendan su base electoral.

Los 90 días no definen un gobierno, pero sí su tono, su método y su relación con la realidad. El tiempo, ese poderoso señor, ya empezó a correr. No para estrujar ni exprimir, sino para revelar si el cambio de rumbo prometido es sólo una consigna de campaña o una forma distinta -y eficaz- de ejercer el poder.

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