Necrológicas

Fallecimiento de Cacique Mulato, el último gran jefe de los Tehuelches

Lunes 19 de Enero del 2026

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Mario Isidro Moreno

 

 

Mi novela histórica Colonia, los Ojos de la Memoria, cuenta en uno de sus capítulos la triste historia de las causas del fallecimiento del Cacique Mulato, el último gran jefe de los tehuelches de la Patagonia.

La narración se considera de esta manera:

A la reserva indígena tehuelche establecida en la concesión ordenada por el presidente Errázuriz en el sector de El Zurdo, se arrimó el inmigrante británico George Harries, el que al principio tuvo una amistad excelente con los tehuelches, pero su instalación sentó un precedente estimado en el destino final de esas tierras que, en el proyecto de hijuelación, se las consideró para una futura subasta. Inicialmente los lotes ocupados por Mulato no fueron contemplados pero, por la presión de los interesados, se subastaron en septiembre de 1905 adjudicándoselos a la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego.

Habían pasado por la Gobernación de Punta Arenas, Mariano Guerrero Bascuñan, Carlos Bories y llegó, en agosto de 1904, el capitán de fragata, Alfredo Fuentes Manterola.

En su mandato, se le expropiaron al Cacique Mulato las diez mil hectáreas del terreno que poseía.

Ante este hecho, Mulato decidió viajar nuevamente a la capital, con su familia: su esposa Chalagûl, su hijo Kaluka y su sobrina Anita, con el fin de presentar su caso esta vez al Presidente de la República Germán Riesco. Viajó en esa misma fecha a Santiago, por razones del servicio, el Gobernador del Territorio de Magallanes, Alfredo Fuentes, el cual, entrevistado a su regreso por el diario El Magallanes, realizó algunas declaraciones sobre la petición de Mulato.

– “Con motivo de los remates de tierra, al Cacique Mulato, que es descendiente de noble estirpe patagónica, se le expropiaron diez o doce mil hectáreas que tenía antes por derecho de ocupación nada más, pues un indígena no puede tener derechos de propiedad. Al rematársele sus tierras, se le dejaron mil hectáreas”.

– “En Punta Arenas me pidió pasaje como colono y se lo di”.

– “Creo que en reemplazo de los terrenos que se le han quitado podrían dársele otros en distintos puntos. Por lo demás, él no reclama derechos perfectos, porque, como he dicho, no puede ser propietario”.

Su sobrina contrajo
la viruela

En su permanencia en Santiago, algunos familiares del Cacique viajaron a Valparaíso. Su sobrina Anita, contrajo allí un terrible mal: la viruela.

Al arribar la familia a Punta Arenas, la enferma fue internada en el Lazareto de Miraflores, donde falleció a los tres días.

Mulato se dirigió con el resto de su gente hacia las tierras que le habían sido arrebatadas en El Zurdo. Por su semblante, se notaba que también en su cuerpo ya tenía el germen fatal.

Se despidió así de sus amigos:

– Mas itainko yenú (adiós amigos)- exclamó, triste.

– Malen ias nikeu (robar tierra mía), iá jamenken, geute ketel, gueut i keukenk (yo morir, tierra querida, tierra de mis antepasados).

Kaluka, uno de sus hijos, llevó consigo a su madre Chalagûl, a la cordillera Chica, donde cazaría guanacos nuevos con su amigo el inglés, (El Jimmy, Santiago Radboone, pareja de una sobrina de Mulato), aprovechando el final de la temporada.

Pronto apareció por el sector donde acampaba el extranjero.

– Quiero que amigo inglés me acompañe a ver a mi madre. Creo que está muy enferma- solicitó.

Al comprobar el británico que la mujer estaba grave, envió a Kaluka a buscar algunas medicinas que el Cacique Mulato siempre guardaba en un botiquín en su casa del Zurdo.

A pesar de las medicinas, ya la mujer estaba irremediablemente condenada a morir. La dejaron sola y, al volver, el gringo notó que estaba acostada de lado, rodeada de un enjambre de moscas, por lo cual se pensó que había fallecido.

-Chalagûl- la llamó el inglés, al mismo tiempo que ponía una mano sobre el hombro de la mujer remeciéndola suavemente.

La esposa de Mulato se volvió lentamente hacia él.

– ¿Quieres algo de comer?- le preguntó el gringo.

– No- respondió. Tu haz comida para ti.

Cerca del mediodía, Chalagûl expiró.

En la tarde llegó al lugar Kaluka, trayendo una infausta noticia. En la medianoche había muerto su padre, el Cacique Mulato.

– Ya no podía hablar mi padre, de tan enfermo que estaba. Aún así, se preocupó hasta el final de sus animales. En los estertores de su agonía, me informó:

– Hay dos de nuestros novillos con los vacunos de Scott.

Era el mes de diciembre de 1905.

Kaluka había querido sepultar a su padre, pero no encontró ayuda porque todos los tehuelches del grupo se encontraban cazando.

Los cuerpos de la pareja fueron llevados al sector del Zurdo, a fin de realizar la ceremonia de sepultación.

El grupo de tehuelches del Cacique Mulato contemplaba la escena mortuoria, en la cual se procedía de acuerdo a las creencias ancestrales.

Unos, cumplieron con el doloroso deber de sacrificar todos los caballos, propiedad personal del Cacique. Su carne, se distribuyó entre los componentes de la tribu.

Luego, otros, hicieron una fogata en la cual quemaron sus ponchos, adornos, boleadoras y demás prendas personales.

Algunas mujeres lloraban fuertemente, otras sostenían un lúgubre lamento.

El cadáver de Mulato fue puesto dentro de una manta y esta fue cosida. 

Levantaron los restos mortuorios varios hombres, entre los cuales estaban su hijo Kaluka y su amigo el inglés, llevándolos al lugar de descanso eterno.

Fue enterrado, de acuerdo a la costumbre, con la cara hacia el naciente, levantando a continuación un gran túmulo de piedras, el que en el futuro podría ir creciendo cuando por allí pasara alguno de sus amigos y que, en su recuerdo, agregara una roca más en la sepultura.

Unos de los personajes
más importantes

El nombre de Mulato o Chumjaluwün, quedaría prohibido pronunciarlo de ahí en adelante, evitando toda alusión al mismo.

Pero, el Cacique Mulato, uno de los personajes más importantes de su raza, siguió protegiendo a los suyos y, para evitar los sufrimientos de ser despojados de sus ancestrales posesiones, les legó su mal, configurando así el principio del fin para la noble etnia que había señoreado el territorio sudoriental de la Patagonia.

Su recuerdo pervive en la toponimia de la vastedad del territorio magallánico y de la provincia argentina de Santa Cruz.

Los habitantes del sur del mundo son, de alguna manera, herederos del legado aonikenk: el cariño y amor profundo por esta tierra en la cual han nacido o habitan.

Quienes se adentren algún día en la soledad y en el silencio de las estepas del sur, escucharán, casi en forma imperceptible, voces, cantos y galopes, de esta raza que, siguiendo el rastro de ñandú en el cielo, configurado en la constelación de la Cruz del Sur, van a reunir en el corral de kochkoch, el cielo, a kengenkons la luna, a keegenkon el sol, y a terrkes las estrellas.

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