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Arribismo, una lacra difícil de erradicar

Por Jorge Abasolo Jueves 22 de Enero del 2026

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En su afán de jactarse y vivir para los demás, el chileno ha perdido esa sobriedad que fue nuestra característica.

El costo de la apariencia, de no ser auténtico se paga caro: aumenta el estrés y la irritabilidad.

Hemos vivido durante siglos tratando de ocultar el hecho de que descendemos de indios y españoles. Parece una locura, pero los chilenos -y los latinoamericanos en general- despreciamos con igual fuerza a los españoles y a los indios.

Es cosa de observar cosas mundanas, simples pero decidoras.

Si usted es chileno y su nombre es Fernando Muñoz Stevens, seguramente jamás olvidará el Stevens, pues le puede abrir puertas en una sociedad en donde los apellidos no tienen la fuerza de antaño, pero tampoco la han perdido del todo. 

Ahora, si usted se llama Fernando Stevens Muñoz, seguramente omitirá el Muñoz. El chileno suele explotar el segundo apellido cuando viste mejor que el primero. 

Mientras al autor de este reportaje trabajó en la revista Qué Pasa, le correspondió alternar con una ciudadana colombiana radicada en Chile durante algunos años. Me contó que lo que más le llamó la atención en sus primeros meses en nuestro país fue algo para ella, simplemente inusual. Cuando le preguntaba a sus colegas acerca de sus familias recibía respuestas como ésta: “Yo me llamo Francisco Arancibia Donoso, soy casado y tengo tres hijos”. Hasta ahí hubiese sido suficiente, pero tras cartón el tipo –que seguramente materialmente poco tenía, lo que no importaba para el caso- agregaba: “Pero soy pariente de los Donoso de Talca, que tienen un fundo bien grande cerca de Curepto”.

Lo que quería destacar mi amiga es ese afán compulsivo del chileno por dar a conocer con lo que cuenta materialmente. Si no tiene nada, o muy poco, entonces recurre al pariente más cercano para lucirse.

Una forma camuflada de arribismo, desde luego.

Desde los años noventa los especialistas en el comportamiento de la sociedad descubrieron y empezaron a denunciar una nueva enfermedad en Chile. En verdad, nueva para algunos, porque estoy entre los que piensan que los síntomas actuales son los distintos, pero corresponden al mismo mal que nos aqueja y acompaña desde decenas de años y que comenzara a denunciar oficialmente don Amador Molina, allá por el siglo 18.

Echarse todo el sueldo en ropa, visitar lugares donde va la gente adinerada o comprarse el mismo coche de un famoso, son manifestaciones del arribismo del chileno.

Sin embargo, últimamente han aparecido manifestaciones más sutiles del mismo fenómeno. Como las leyes del tránsito en Chile prohíben manejar y hablar por celular al mismo tiempo, a varios policías no les quedó otra opción que cursar los partes correspondientes. Con tal de hacerle un dribbling a la ley, los afectados tuvieron que revelar una triste verdad: los teléfonos eran de madera y lo que hacían era fingir una urgente conversación de negocios en un sitio exclusivo de la ciudad y a una hora de gran congestión vehicular.

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