El ethos mapuche una clave cultural
Siempre resulta estimulante encontrarse —en la lectura o en el camino— con Desiderio Millanao. No sólo porque su reflexión permite comprender con mayor profundidad el mundo mapuche, sino porque obliga a revisar una premisa que el Estado chileno ha tendido a ignorar: la relación con el pueblo mapuche no es primordialmente política, sino cultural. Y sin una comprensión honesta de lo cultural, cualquier intento de articulación política está condenado a la incomprensión.
Millanao ha insistido en la necesidad de conceptualizar el ethos mapuche, una noción que, según su mirada, va más allá de la habitual referencia a la cosmovisión. Esta última no sería sino una expresión del ethos, es decir, de un sistema profundo de valores, prácticas, memorias y formas de relación con el entorno que han permitido a la sociedad mapuche sostenerse, adaptarse y proyectarse en el tiempo. Allí reside, precisamente, la riqueza de su cultura.
Hace poco, Millanao compartió un documento que bien podría convertirse en un aporte sustantivo a la conversación sureña, regionalista y patagónica. Con notable claridad, aborda temas complejos, muchas veces mal digeridos por la institucionalidad, y ofrece claves que, de ser recogidas por autoridades abiertas y bien orientadas, podrían iluminar un camino que el país no ha sabido recorrer ni con cercanía ni con humildad.
Para Millanao, el ethos mapuche puede entenderse como una memoria adaptativa, construida históricamente al enfrentar incertidumbre, riesgo y transformación sin perder cohesión social ni sentido colectivo. Desde esta perspectiva, la viabilidad de los procesos productivos en contextos mapuche no depende únicamente del acceso a recursos o tecnologías, sino de su coherencia con ese ethos históricamente configurado. Cuando dicha coherencia existe, los procesos no sólo mejoran sus probabilidades de éxito económico, sino que adquieren sentido cultural y legitimidad social, condiciones indispensables para su sostenibilidad en el largo plazo.
El objetivo, subraya, no es reemplazar el conocimiento experto, sino integrarlo en una lógica de aprendizaje que fortalezca la autonomía y la capacidad adaptativa de los actores locales. En contextos mapuche, la gobernanza alcanza legitimidad cuando refleja prácticas históricas de deliberación, corresponsabilidad y equilibrio entre lo individual y lo colectivo. Diseñar gobernanzas compatibles con estos principios no significa renunciar a la formalidad institucional, sino adaptarla para que sea reconocida como propia por quienes participan en ella.
Reconocer la profundidad temporal del ethos mapuche -forjado a lo largo de más de cuatro mil años de ocupación territorial continua- resulta clave para comprender que principios como la actoría sustantiva, la construcción colectiva del conocimiento, la distribución del riesgo y la orientación a la continuidad no son preferencias culturales circunstanciales, sino respuestas adaptativas profundamente arraigadas. Estos principios siguen operando hoy como criterios implícitos de legitimidad y sostenibilidad.
Quizás, en tiempos de crisis ecológica, social y política, valga la pena preguntarse si este conocimiento acumulado durante milenios no puede ofrecernos claves para enfrentar con mayor armonía el próximo milenio. Aprender del ethos mapuche no es mirar al pasado con nostalgia, sino abrir una posibilidad concreta de aprender a vivir mejor, en respeto con la naturaleza y con los diversos seres que habitan nuestro mundo.




