Magallánicos endeudados
Las cifras son contundentes y difíciles de ignorar: casi 40 mil magallánicos mantienen deudas impagas que, en conjunto, superan los $116 mil millones. Más allá del dato frío, la morosidad se ha convertido en un síntoma persistente de una realidad económica que golpea con especial fuerza a la región más austral del país. No se trata solo de malos hábitos financieros ni de consumo irresponsable, como a veces se intenta simplificar el problema, sino de una estructura de costos y condiciones de vida que empujan a miles de hogares al endeudamiento crónico.
En Magallanes, endeudarse es muchas veces una estrategia de sobrevivencia. El alto costo de la vida, los precios de bienes básicos por sobre el promedio nacional y una oferta laboral marcada por la estacionalidad hacen que el crédito deje de ser una herramienta excepcional para transformarse en un recurso cotidiano. Que la deuda promedio regional supere en más de un 5% al nivel nacional no es casualidad. Es la expresión de una desigualdad territorial persistente, donde vivir más lejos cuesta más, pero no necesariamente se gana más.
Resulta especialmente preocupante que más de una cuarta parte de la población adulta de la región esté en situación de morosidad. Detrás de ese 27% hay familias que acumulan cuotas impagas, intereses crecientes y un acceso cada vez más restringido al sistema financiero formal. El aumento sostenido de la deuda morosa en los últimos trimestres confirma que no se trata de un fenómeno coyuntural, sino de una carga que se arrastra y se profundiza.
El panorama comunal refuerza esta lectura. En territorios pequeños como Laguna Blanca, Río Verde o San Gregorio, más del 80% de la población registra algún nivel de endeudamiento impago. En Punta Arenas, en tanto, la capital concentra casi $94 mil millones en deuda morosa, evidenciando que el problema atraviesa tanto lo urbano como lo rural, aunque con distintas expresiones.
La morosidad también revela brechas menos visibles. Aunque las mujeres son mayoría entre quienes mantienen deudas impagas, los hombres concentran montos significativamente más altos, lo que habla de desigualdades de ingreso, roles económicos y exposición al riesgo financiero. A nivel nacional, el deterioro incluso alcanza a los sectores de mayores ingresos, demostrando que el endeudamiento excesivo ya no es exclusivo de los grupos más vulnerables.
Frente a este escenario, resulta insuficiente limitar la discusión a la responsabilidad individual. La magnitud del problema exige políticas públicas con enfoque regional, que consideren el mayor costo de la vida en Magallanes, promuevan educación financiera efectiva, regulen prácticas crediticias abusivas y fortalezcan ingresos estables y de calidad. Mientras endeudarse siga siendo la única alternativa para cubrir lo básico, la morosidad no será una excepción, sino la norma.
Magallanes no está viviendo por sobre sus posibilidades. Está pagando, con intereses, el precio de habitar un territorio donde llegar a fin de mes se ha vuelto, para muchos, una deuda impagable.




