“El falsario”: El arte de la copia
Esta película cuenta la historia de Toni Chichiarello, un personaje real de la Italia de los años setenta, aunque en el cine lo de “real” es siempre dudoso. Y los textos iniciales lo señalan porque, aunque confirman su existencia, aclaran que lo que se verá es una de las posibles versiones de su historia.
La primera escena muestra a un hombre caminando bajo la lluvia hacia su auto, mientras una voz en off —al parecer la suya— acompaña el trayecto de la cámara que lo sigue desde la espalda, informando que ese es el día en que morirá o, peor aún, dejando entrever que lo que se va a contar podría ser ya el relato de un hombre muerto.
La historia retrocede tres años antes de ese momento, cuando Toni, junto a dos amigos de infancia, Fabione y Vittorio, deciden partir de su pueblo hacia Roma para hacer historia.
Una vez allá, sus vidas toman distintos rumbos: Vittorio hará carrera como sacerdote; Fabione se integrará al grupo extremista Brigadas Rojas; y Toni, que busca alcanzar reconocimiento artístico como pintor, conocerá a Donata, una bohemia curadora de arte que descubre su talento para falsificar obras reconocidas mundialmente.
“Sabía que eras más un ladrón que un artista”, le dice ella, y este equilibrio se inclina hacia lo primero cuando Toni amplía su giro de trabajo hacia la falsificación de firmas, ya sea para cobrar cheques, modificar documentos o ayudar a viajar con nuevas identidades.
Y lo que cuenta El falsario es cómo Toni se involucra sin tapujos y con cierto aire trepador en el mundo del crimen organizado, pero también en la historia política de Italia, cuando colabora con “su arte” para sortear la crisis producida por uno de los hechos más traumáticos del país europeo, como fue el secuestro y posterior asesinato del primer ministro Aldo Moro a manos de las Brigadas Rojas.
Todo ello se despliega con una puesta en escena que tributa —o que a estas alturas resulta inevitable para abordar este tipo de relatos— al cine del realizador norteamericano Martin Scorsese, con una cámara versátil y un montaje que se introduce en la conciencia del protagonista, ya sea como narrador en off o como personaje principal, para contar su auge y caída por intentar tomarse el cielo por asalto sin medir las consecuencias. La primera escena, caminando hacia su auto mientras su voz en off le habla al espectador, recuerda la apertura de Casino (1995), antes de que el cuerpo del protagonista, interpretado por Robert De Niro, vuele lúdicamente por los aires.
No obstante este recurso, la película mantiene cierta picardía “a la italiana”, con su fauna de personajes, escenarios romanos y una música que ironiza con su banda sonora instrumental y con algunos éxitos populares que aparecen en distintos momentos del metraje. Y como curiosidad magallánica, en una escena, casi al final de la película, alguien menciona a Tierra del Fuego como un lugar lejano y seguro para huir y ocultarse.
El falsario aborda diversos tópicos, como la amistad, lo impredecible del destino y la ambigua relación entre el crimen y la política, pero además contiene una reflexión sobre el artista: aquel que no formará parte de la historia del arte porque algo o alguien lo desvió del camino y le advirtió que, para ciertas cosas, a veces se tiene un techo. También podría leerse como una reflexión sobre el cine y su tendencia a tributar a otras películas cuando, en realidad, quizás simplemente se trata de una copia.
Y esto Toni lo deja claro cuando se entera de que va a ser padre: “Es lo único original que he hecho”.




