Necrológicas

Martirios estudiantiles: la Constante de Avogadro

Por Marino Muñoz Aguero Domingo 1 de Febrero del 2026

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Jamás nos olvidaremos de la Constante de Avogadro, que llegó a nuestras vidas en el sopor de las clases de química en la Enseñanza Media, en la década de 1970. La declamábamos casi con obligado orgullo: “seis coma cero dos por diez elevado a veintitrés”. La aprendimos tal cual, de corrido, y se tornó inolvidable. Podemos recordarla con más facilidad y rapidez que otros números mucho más importantes en nuestras vidas. Corremos el riesgo de que, cuando vamos a hacer un trámite y nos consultan el Rut, respondamos por reflejo condicionado: “seis coma cero dos…”.

Nos vimos en la obligación de aprenderla de memoria y, rasguñando por acá y por allá, al menos teníamos asegurado un “cuatrelli” en el ramo.

Hace un par de décadas, un ácido cronista de una revista “del norte” planteaba que, “hasta el día de hoy” -es decir, hasta el día en que escribió su crónica, suponemos-, todavía no lograba entender “para qué… (epíteto no reproducible en horario de protección al menor)… servía la famosa Constante de Avogadro”. Con todo el respeto que nos merecen los químicos y su disciplina de estudio, a nosotros nos pasó más o menos lo mismo. Desde la vereda de la ignorancia, la mentada constante nada nos aportaba -aparentemente- si se nos pinchaba una rueda de la bicicleta, se nos quemaban las tostadas o nos caíamos en la nieve.

Tratando de hacer justicia e intentando una pizca de ilustración, señalemos que estamos ante una magnitud fundamental. Planteada como hipótesis en 1811 por el físico y químico italiano Amedeo Avogadro (1776-1856), básicamente propone que “volúmenes iguales de gases diferentes, en las mismas condiciones de presión y temperatura, contienen el mismo número de moléculas”. Esta hipótesis fue posteriormente enunciada como número y luego sucesivamente recalculada.

Con su valor actual, es una de las siete constantes en las que se basa el Sistema Internacional de Medidas, el cual, desde 2019, permite, por ejemplo, que un kilo sea un kilo o que un segundo sea un segundo, en cualquier condición y en cualquier parte del mundo. Esto dicho así, “por encimita”, y dejémoslo hasta ahí no más; mejor no caminar por calles que no son las nuestras.

Quien también merece una mención es, sin duda, el propio Amedeo Avogadro (es Amedeo, no Amadeo, como el barco de los Menéndez que está en San Gregorio). El científico italiano era de origen noble: era conde y se recibió de abogado. Sin embargo, sus intereses apuntaban a la física y a la química. Avogadro murió sin que su teoría fuera aceptada; no obstante, el reconocimiento posterior derivó en el otorgamiento del Premio Nobel de Física en 1926 al científico francés Jean Baptiste Perrin, quien contribuyó decisivamente a la definición y determinación inicial del número de Avogadro.

Los que saben nos dicen que “la constante de Avogadro es una magnitud que proporciona una conexión importante entre la masa y la cantidad de partículas que hay en una sustancia. En lenguaje técnico, se define como el número de partículas constituyentes -ya sean átomos o moléculas- que se encuentran en un mol. Un mol de una sustancia es su masa atómica en gramos. En términos más simples, podemos decir que el número de Avogadro nos indica cuántas partículas hay en una cantidad específica, independientemente de su tipo o naturaleza” (fuente: National Geographic).

A estas alturas, ya no recordamos con exactitud en qué minuto Francisco “Chamaco” Valdés, jugando por Santiago Wanderers, metió el gol del empate ante Universidad de Chile en la tristemente célebre “Reyerta de Playa Ancha”, partido disputado en Valparaíso en 1976.

Con cierta dificultad podemos acordarnos de los temas que Raphael o Sandro interpretaban en cada una de sus películas, o de las letras de algunas canciones de otros artistas que disfrutábamos a los quince años. La formación del Wanderers de 1958 o la de la Selección Chilena de 1962 ya se nos tornan difusas.

Estas y otras cosas importantes se nos van quedando en el camino. Pero jamás nos olvidaremos de la Constante de Avogadro: nos perseguirá de por vida, aun cuando no nos haya movido un músculo de la cara ni nos haya rozado una fibra del corazón.

Por supuesto, los martirios estudiantiles que nos perturbaban la existencia no se agotan con la Constante de Avogadro. El área humanística también aportaba lo suyo, e incluso asignaturas como Educación Física -Gimnasia, para los más antiguos- y Educación Musical atormentaron, en ciertos casos, nuestra ya congestionada adolescencia. En futuras crónicas compartiremos algunos otros martirios dignos de recordar.

Fuentes de apoyo:
https://www.rtve.es/noticias/20120705/avogadro-gran-cientifico-italiano-del-siglo-xix/542840.shtml
https://www.bipm.org/en/measurement-units

https://rinconeducativo.org/es/recursos-educativos/amedeo-avogadro-conocido-promulgar-ley-lleva-su-nombre/

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