Platos rotos
En la Residencia Vida Austral, hace rato que la paciencia se acabó. Dicen que la Fundación Chay Austral sigue sosteniendo el techo con las manos, mientras el Estado mira al cielo esperando que no llueva. Promesas hubo muchas, pero entre anuncio y anuncio, la ayuda nunca llegó.
Dicen que el Fide XII no ha rendido los recursos y, mientras las carpetas duermen en algún escritorio de Santiago, acá se hacen malabares y se acumulan las cuentas. Es el viejo cuento del “ya va en trámite”, ese que todos en Magallanes conocen y que pocos todavía creen.
Lo irónico es que cuando había cámaras y cintas para cortar, todos se sacaban la foto. Hoy, cuando faltan fondos, nadie conoce a nadie. La memoria institucional se vuelve corta cuando hay que responder, pero larguísima cuando hay que justificar.
Al final, los que están adentro -los residentes, los trabajadores, los que dan la cara- son quienes pagan el pato. Porque en esta historia el Estado se desentendió como si nada, y cada promesa incumplida suena más a burla que a error.
Mientras tanto, en Vida Austral se sigue resistiendo con lo poco que hay, porque aquí la solidaridad no se decreta: se ejerce. Y aunque la burocracia siga de vacaciones, hay quienes aún creen que la dignidad no puede depender de una rendición atrasada.




