“Marty Supremo”: sueño americano desatado
De las diez cintas nominadas al Oscar este año como Mejor Película, seis han pasado por las salas de cine de Magallanes y dos se encuentran disponibles en Netflix. Sin embargo, “Marty Supremo”, que se estrenó el pasado 5 de febrero en Punta Arenas, es la primera que llega como aspirante oficial a la estatuilla dorada, la que —aunque no siempre premia lo mejor del cine— suele advertir o incluso predecir hacia dónde se dirige el negocio.
La película llega con el sello de su protagonista, Timothée Chalamet, un actor que, a poco andar, ya roza la constelación de las estrellas. Se transfigura en personajes que, como él, aspiran a ser leyendas: el príncipe desterrado y mesiánico de “Duna” (2021), el empresario chocolatero de “Wonka” (2023) o el genio musical rebelde Bob Dylan en “Un completo desconocido” (2024).
Aquí no es la excepción. Chalamet interpreta a Marty Mauser, un excéntrico joven de origen judío que aspira a ser campeón mundial de ping-pong en la década del 50, pocos años después del fin de la guerra, y en un Japón donde, a primera vista, no parece importar demasiado todo lo ocurrido. Para lograr su objetivo, recurre a las tácticas de lobby más desatadas: una mentira tras otra, asaltos a mano armada y una convicción en sí mismo que raya en lo paranoico.
La mano que mece esta película es la del director Josh Safdie, quien antes filmaba junto a su hermano Benny y que, por razones que ya pertenecen al terreno de la farándula, decidió separar aguas. “Marty Supremo” sería así su carta de presentación en solitario. Algo que no se aleja demasiado de lo que ya había hecho junto a su hermano, donde el mayor punto de conexión es “Diamante en bruto” (2019), con Adam Sandler como un joyero que construye su frenética tragedia enceguecido por la avaricia.
Aquí Safdie filma la vertiginosa carrera de Marty, que parte con un affaire con una joven casada, continúa con la recreación —a estas alturas casi mágica para el cine— de la fecundación, y se sumerge en un delirante ir y venir de situaciones que ponen en duda si vale la pena empatizar con su protagonista.
Todo ello sostenido por Timothée Chalamet, que se despliega por la pantalla con el mismo ego de su personaje, en una actuación delirante e histriónica que puede resultar sobregirada o, algo aún más sospechoso, estar construida únicamente para ganar el Oscar.
“Marty Supremo” es una película desatada en su relato y en su fauna de personajes, donde destacan el cineasta Abel Ferrara como un mafioso amante de los perros; el rapero Tyler, The Creator; el magnate Kevin O’Leary interpretándose casi a sí mismo; y Gwyneth Paltrow como una actriz que alguna vez brilló en Hollywood, papel por el que está nominada a Mejor Actriz de Reparto. Más sospechoso aún.
La película parece querer desarmar las convenciones que nos resultan familiares en este tipo de relatos, donde —ya sea en el cine deportivo u otros géneros— el protagonista suele erigirse como héroe y triunfador. Ejemplos sobran: Rocky, Karate Kid, Kung Fu Panda, entre muchos otros.
Marty Mauser podría, quizás, entrar en esa lista de personajes, no sin antes beber a sorbos un trago delirante que, al final, no logra disipar el amargor de la duda.
La misma duda de si estamos, o no, frente a una gran película.




