Juan Gross Mancilla
Hace pocos días partió de este mundo terrenal Juan Christian Gross Mancilla quien fue, antes que todo, un hijo de esta tierra austral. Nació en Punta Arenas, hijo de inmigrantes, desde niño aprendió que nada se regala, que todo se construye, y que la vida tiene sentido cuando se pone al servicio de los demás.
Su vocación fue una decisión ética. Eligió ser médico no por prestigio, sino por compromiso. Estudió en tiempos en que llegar a la universidad era una hazaña para un joven de provincia, especialmente en la carrera de medicina en la Universidad de Concepción, institución laica y defensora del libre pensamiento. Desarrolló sus estudios con esfuerzo, asistido por becas y con la ayuda solidaria de otros, con una convicción que lo acompañaría toda su vida: la salud como derecho, no como privilegio. Se forjó como un hombre consciente de su tiempo. Vivió años intensos de sueños colectivos y de esperanza social. Juan no fue un espectador de la historia: fue parte de una generación que creyó que un país más justo era posible.
Se tituló médico en 1972, formó familia, volvió a su tierra. Ejerció la medicina por más de 40 años, gran parte de ellos como cirujano infantil. No hay mayor expresión de humanidad que sanar a un niño.
En el lado oscuro de la vida fue detenido tras el golpe de Estado de 1973. Vivió la humillación, la sospecha y el miedo que marcó a tantos compatriotas. Salvó su vida, pero nunca fue indiferente al dolor de quienes no sobrevivieron. Recordó siempre a los compañeros asesinados, dio testimonio ante la justicia y sostuvo la memoria como un deber moral. Nunca fue hombre de odio, fue hombre de memoria, de conciencia y de consecuencia.
Estos primeros párrafos corresponden a palabras de despedida efectuadas por su Logia Masónica Hain número 233.
Juan fue un galeno de los antiguos, un médico que realizó su vida al ritmo de su vocación; un hombre de convicciones políticas al borde de la utopía; hosco, pero sensible lo que era una manifestación más de las contradicciones que son consustanciales a la naturaleza humana y que muchos pretenden esconder bajo una imagen aséptica de formalidad que constituye un signo de nuestros tiempos.
En el plano personal agradezco su opinión franca y muchas veces brutal, la defensa apasionada de sus convicciones, como su confianza en la ciencia y su marcado ateísmo cuestión que se encargaba de destacar, no como una afrenta a los creyentes, si no como una exigencia de igualdad fundamental para la sociedad pues la tolerancia es un camino de dos vías. Especialmente destaco la lucha permanente con sus debilidades y demonios, lucha que no cualquier persona puede sostener y evidenciar y que muchos pierden en la soledad y oscuridad de la estigmatización social y, es en este aspecto, es en el cual más se destaca su valía y virtud, asumir la humanidad, con claridad que estamos lejos de la perfección y que el mayor valor esta en volver a pararnos porque es inevitable caernos.
Juan fue un enorme ejemplo, no en cuanto a imagen o perfección, sino que, en voluntad, tesón, perseverancia en este incansable trámite que es vivir.
Los que tuvimos el privilegio de compartir con Juan sabemos de estas características y quedaremos esperanzados pensando, no en la inmortalidad o el paraíso, si no que en la posibilidad cierta que, entre los intersticios de la cuántica, nos encontremos nuevamente para brindarnos un abrazo y una buena discusión.




