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La Antártica, el estrecho y la geopolítica que todavía no entendemos

Por La Prensa Austral Domingo 15 de Febrero del 2026

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La entrevista con el embajador Pablo Cabrera -publicada en esta edición de El Magallanes- permite contar con una radiografía nítida de los desafíos que enfrentará el próximo gobierno de Chile en materia de política exterior. Desde su experiencia en potencias como Rusia, China o el Reino Unido, Cabrera recuerda que el mundo está viviendo un cambio estructural profundo: la competencia ya no se mide únicamente en política o economía, sino en tecnología, capacidad de disuasión y control de rutas estratégicas. Y, en ese escenario, nuestro país posee territorios que deberían ser capitalizados con visión y pragmatismo.

Sin embargo, más allá del discurso diplomático y de la retórica sobre soberanía y proyección internacional, desde nuestro territorio se observar que persiste una incomprensión evidente sobre la verdadera importancia geopolítica y estratégica de la Antártica y del estrecho de Magallanes. Para quienes dirigen la política nacional desde Santiago, y para muchas élites burocráticas de carrera, hablar de la zona austral equivale a hablar en un lenguaje antiguo, abstracto, ajeno a la idea de país centrada en minería y agricultura, que sigue condicionando la visión de Chile.

Pero, la geografía aquí no es un detalle menor. El estrecho de Magallanes está recobrando su importancia como paso marítimo estratégico, comercialmente atractivo y que ofrece un bien no menor: seguridad.

Esa es, en términos concretos, una de las grandes ventajas estratégicas que el país tiene hoy en el siglo XXI, y que aún no se refleja en las prioridades nacionales.

La Antártica, por su parte, no es solo un desierto blanco: es la mayor reserva de agua dulce del planeta, un epicentro de investigación científica y un espacio donde se dirimen cuestiones de seguridad global y cambio climático. Ignorar o subestimar su valor estratégico -como sucede hasta ahora- significa perder oportunidades concretas de influencia internacional y desarrollo regional.

Chile tiene los activos: posición geográfica, infraestructura científica, conocimiento histórico y una proyección logística que pocas naciones poseen. Lo que falta es trasladar esta ventaja desde la academia y los discursos diplomáticos hacia la política de Estado efectiva, con una mirada que integre la zona austral en la planificación estratégica nacional. Solo así el país podrá dejar de ser un territorio minero-agrícola para asumir su real dimensión geopolítica.

Y, ¿cómo puede hacerse esto considerando que Chile no es una potencia? La respuesta la encontramos en cierta medida en la entrevista al embajador Cabrera: nuestro país es un socio confiable y el nuevo gobierno tiene el desafío de ejercer una política exterior pragmática y con grados de autonomía estratégica.

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