Magallanes y su paradoja financiera: un sistema bancario robusto en una economía pequeña
A primera vista, los números son sorprendentes, pues la banca en Magallanes manejaba créditos por cerca de 1,6 billones de pesos al cierre de septiembre de 2025, un monto equivalente al 0,57% del total nacional, pese a que la región concentra menos de 200 mil habitantes. La cifra revela un ecosistema financiero que, aunque pequeño en escala nacional, exhibe una vitalidad que no siempre se percibe desde fuera.
Gran parte del crédito regional está concentrado en el financiamiento de las personas naturales. Hipotecarios y créditos de consumo representan más de la mitad del total (56,4%), con $660.169 millones destinados a la vivienda y $249.740 millones a gastos cotidianos. En la práctica, cada peso prestado por la banca local se traduce en 41 centavos que apuntan a asegurar un techo para familias de Punta Arenas, Puerto Natales o Porvenir. Estos créditos, mayoritariamente otorgados en UF y a largo plazo (15 a 30 años), constituyen el segmento más seguro y predecible del sistema, reflejando tanto la estabilidad de la demanda como la confianza de la banca en los proyectos de vivienda.
En contraste, el sector productivo -agricultura, pesca, minería y manufactura- apenas recibe el 6,9% del total de créditos. La minería local, a pesar de contar con yacimientos de petróleo y gas, representa solo el 0,4% del crédito, muy por debajo de regiones como Antofagasta, donde la extracción minera absorbe entre el 15% y el 20% del crédito productivo. Esto evidencia un desbalance entre la importancia estratégica de ciertos sectores económicos y el flujo de financiamiento que reciben desde el banca regional.
El mercado bancario regional está dominado por siete entidades, con Banco Santander-Chile, Banco de Chile y BCI controlando casi el 70% del total. El Banco del Estado se posiciona en cuarto lugar, pero su presencia es especialmente relevante en segmentos que la banca privada evita: pequeños ganaderos, pescadores artesanales y funcionarios municipales en comunas aisladas. Su rol revela la dimensión social que aún cumple la banca pública en un territorio geográficamente extenso y con comunidades dispersas.
La dispersión de las tasas de mora también llama la atención. La región presenta un promedio de 1,46%, apenas sobre la media nacional (1,38%), pero con diferencias importantes entre bancos: desde el 0,24% de Banco de Chile hasta el 3,7% de Banco Itaú. Esto refleja tanto la gestión de riesgo como el perfil de sus clientes, y ofrece un indicador de la salud financiera regional que no siempre coincide con la percepción pública.
Magallanes exhibe un panorama financiero singular: un sistema bancario robusto, con cifras que sorprenden si se consideran la población y la base económica local, pero con un sesgo marcado hacia el consumo personal y la vivienda, dejando al sector productivo en una posición secundaria. La pregunta que surge es cómo equilibrar este esquema: cómo canalizar más recursos hacia la inversión productiva sin poner en riesgo la estabilidad que hoy caracterizaa a la banca regional. Este desafío, si se aborda con políticas financieras y estímulos adecuados, podría marcar la diferencia en el futuro económico de la región.




