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  • Eliana Virginia Vargas Elgueta

Jazz en la Patagonia: memoria, reencuentro y homenaje

Lunes 23 de Febrero del 2026

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Carlos Mladinic Alonso

 

Debo agradecer a la Semana de Jazz en la Patagonia, no sólo por el excelente jazz que nos brindó, sino también por haberme despertado maravillosos recuerdos. Cuando era adolescente, pasaba largas horas acompañando a mis padres en un local comercial situado donde hoy se encuentra la entrada principal del Hotel Cabo de Hornos. Ese local se caracterizaba por vender souvenirs de la ciudad, muchos de ellos finos productos importados, como porcelana o cristales. Mi padre solía pedir a los representantes de esas marcas en Chile que reemplazaran las imágenes que los adornaban -normalmente ciudades o paisajes alemanes- por otras de nuestra maravillosa región. Por eso era común que lo visitaran en el local distintos distribuidores.

Una tarde llegó un señor alto, de aspecto muy agradable y con cierto acento extranjero. Coincidió que un amigo de mi padre tenía un piano a la venta y le había pedido que lo exhibiera en el local para promocionarlo. El señor se sentó ante el piano y comenzó a tocar unos acordes de una música nueva para mí, que me llamó poderosamente la atención. Improvisaba siguiendo el ritmo de la conversación que mis padres sostenían. Ahí supe que esa música se llamaba jazz. Hasta entonces, yo, ya declarado melómano, concentraba casi toda mi atención en el rock, especialmente en los brillantes grupos de los sesenta: The Beatles, The Rolling Stones, The Who, Cream o Pink Floyd. Descubrir esta otra música fue todo un despertar.

Quien así me sorprendía al piano resultó ser José Hosiasson, uno de los principales precursores del jazz en Chile. Lo primero que hice, por sugerencia suya, fue adquirir discos de Louis Armstrong y Art Tatum. Después seguía atentamente los comentarios de jazz que se publicaban en los medios, en especial en El Mercurio. Fue varios años más tarde cuando supe que el crítico de ese diario que firmaba como Pepe Pope era el mismo José Hosiasson que yo había conocido.

Ya en los noventa, viviendo en Santiago, acudí al viejo Hotel Carrera -hoy sede de nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores- , donde en el segundo piso había un bar con excelente música en vivo. Grata fue mi sorpresa al encontrar sentado al piano al mismo José Hosiasson. Ese reencuentro perduró casi treinta años, hasta su muerte en febrero de 2018. Fueron muchas tardes en su casa de Las Condes, en un segundo piso absolutamente habilitado para escuchar música, donde disfruté de sus enseñanzas sobre el jazz y de su maravillosa colección de discos y grabaciones que él mismo realizaba de sesiones a las que asistía. En las paredes colgaban fotos de él junto a grandes figuras del jazz: Armstrong, Ellington, Basie, Bill Evans -de quien fue “su amigo chileno”- o Phil Woods. Para entonces yo pensaba que había acumulado una colección de jazz importante, cercana al millar de discos, pero quedaba empequeñecida ante los varios miles de la colección de Pepe, que además estaba en constante crecimiento. También poseía una colección de libros y revistas sobre el tema que no puedo imaginar una más grande. Pocos años antes de su partida, en una muestra más de su generosidad, donó esa colección al Centro Cultural Gabriela Mistral (Gam). En esa casa coincidí en varias ocasiones con otros grandes músicos del jazz nacional, como Giovanni Cultrera, Alejandro Espinoza, Daniel Lencina y tantos otros.

Recuerdo una oportunidad en que fuimos invitados por la Embajada de Suecia a un recital del trío de Esbjörn Svensson en sus salones. Terminado el show, como es tradicional, invitaron a una jam session y muchos empezaron a pedirle a Pepe que se sumara al piano. Él se resistía, pero finalmente accedió. Fue la última vez que lo vi tocar. Esa misma tarde se sumó a la sesión una jovencita de menos de quince años que apenas podía sostener el peso considerable de un saxo tenor. Tocó maravillosamente, y Pepe -quien se caracterizaba por apoyar con fuerza a los jóvenes talentos nacionales- me auguró un futuro brillante para ella. Era Melissa Aldana, hoy considerada quizás la mejor exponente del saxo tenor a nivel mundial, y que ha ocupado en un par de oportunidades la portada de la Revista Downbeat, el medio más versado en jazz.

En otra ocasión, invitados por la Embajada de Estados Unidos, fuimos a escuchar al mismísimo Herbie Hancock. No dejó de sorprenderme cómo, terminada su actuación, Hancock se acercó a Pepe con gran familiaridad y conversaron plácidamente. En mis viajes acostumbraba a solicitarle  a Pepe datos de grupos para ir a escuchar. Una vez me recomendó ir al Dizzyns Club en Nueva York a escuchar a la gran pianista Renee Rosnes, que tocaba junto a Ted Nash, Peter Washington y Chris Potter, agregando que, si tenía la oportunidad, los saludara de su parte. Le pasé un papelito a un mesero con un mensaje para la banda. Cuál no sería mi sorpresa cuando, terminado el show, el mesero vino a buscarme para llevarme junto a mi hijo mayor que me acompañaba a los camarines, donde todos los músicos me recibieron y pasamos el resto de la noche compartiendo anécdotas que habían vivido con Pepe.

Por todo ello, no fue sorprendente que a su funeral asistiera una enorme cantidad de jazzistas, que, provistos de sus instrumentos, comenzaron a rendirle el mayor homenaje que él podría haber deseado. Recuerdo a Giovanni Cultrera quejarse de que no le hubieran traído un piano. Y lo emocionante que fue su adiós final, con un centenar de músicos detrás del féretro entonando “When the Saints Go Marching In”.

Lamento que el gran comentarista que fue Pepe Pope no pueda estar aquí para referirse a esta Semana de Jazz en la Patagonia, esta maravillosa iniciativa de la Fundación Jorge Sharp Corona. Quiero agradecer a Jorge, Juan Carlos y Alejandro Sharp, y a tantos otros que hacen posible este prodigio. Esta iniciativa tiene que perdurar para siempre, y lo va a lograr porque tiene mucho, mucho swing. Y eso, en el jazz, lo es casi todo.

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