Un río para reencontrar la ciudad
Durante décadas, el borde del río de las Minas ha sido visto más como un problema que como una oportunidad. Encajonado, gris y ajeno a la vida cotidiana, su presencia ha permanecido relegada a la periferia emocional de la ciudad. Por eso, la propuesta de transformarlo en un parque fluvial integrado no es sólo un proyecto urbano, sino que debe ser valorada como una declaración de futuro para Punta Arenas.
La iniciativa presentada por Corporación Ciudades junto a la Cámara Chilena de la Construcción plantea renaturalizar cinco kilómetros del cauce, crear más de 50 hectáreas de áreas verdes y levantar cerca de 2.800 viviendas vinculadas a un corredor ecológico. La magnitud del plan obliga a mirarlo con seriedad y altura de miras. No se trata de un simple embellecimiento, sino de un rediseño estructural de la relación entre la ciudad y su geografía.
Las ciudades más exitosas del mundo han entendido que sus ríos no son obstáculos, sino ejes de identidad. El proyecto Madrid Río transformó autopistas en parques y devolvió el espacio público a las personas; Puerto Madero convirtió un antiguo puerto abandonado en un polo urbano; el arroyo Cheonggyecheon renació bajo una autopista en Seúl; y el High Line redefinió el uso del espacio en Nueva York. Incluso en América Latina, iniciativas como Parques del Río en Medellín demuestran que la recuperación de bordes fluviales puede cambiar el destino urbano. El patrón es claro: cuando una ciudad invierte en su paisaje natural, invierte también en su cohesión social, su seguridad y su desarrollo económico.
El plan para el río de las Minas recoge esa experiencia internacional y la adapta a la realidad magallánica. Divide el cauce en cuatro tramos con identidades propias -turístico, patrimonial, urbano y natural- pero integrados en un solo sistema. Esta lógica es clave: evita la fragmentación y permite que cada sector responda a su contexto sin perder continuidad. La desembocadura se proyecta como un nuevo polo de encuentro; el tramo histórico rescata inmuebles patrimoniales; el sector central incorpora viviendas y comercio; y la zona periurbana devuelve al río su carácter natural. No es sólo diseño: es planificación estratégica.
Uno de los aspectos más valiosos es la incorporación del factor climático. El viento, rasgo estructural de la vida junto al estrecho de Magallanes, suele ser excusa para limitar el uso del espacio público. Aquí, en cambio, se transforma en variable de diseño. Las edificaciones que actúan como barrera eólica muestran que la arquitectura puede ser aliada del paisaje y no su enemiga. Esta mirada técnica revela que el proyecto no es una postal idealizada, sino una propuesta pensada para las condiciones reales del territorio.
También merece reconocimiento la dimensión social. La creación de áreas verdes inundables, concebidas como “esponjas” naturales, no sólo aporta belleza: reduce riesgos ante crecidas y fortalece la resiliencia urbana. La seguridad, tantas veces abordada sólo desde la vigilancia, se entiende aquí desde el urbanismo: espacios activos, iluminados y habitados generan entornos más seguros que cualquier medida reactiva.
Por supuesto, ninguna propuesta de esta escala está exenta de desafíos. La ejecución requerirá continuidad política, financiamiento sostenido y participación ciudadana real.
El mayor mérito de esta iniciativa es su capacidad de imaginar una ciudad distinta. Una ciudad que deje de darle la espalda a su río y lo convierta en su columna vertebral verde; que entienda el espacio público como inversión y no como gasto; que asuma que la calidad urbana no es lujo, sino condición para el desarrollo humano.




