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“¡A dónde me dijiste!”: un clásico del lenguaje

Por Marino Muñoz Aguero Domingo 1 de Marzo del 2026

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A propósito de nuevas expresiones de nuestro lenguaje que, en ocasiones, se tornan en muletillas, el domingo recién pasado nos referíamos a la entelequia “Nivel Central”. Pasaron solo dos días y en estas mismas páginas nos encontramos con uno de los titulares de portada: “Nivel Central recortará más de dos mil millones del presupuesto regional”. La noticia apuntaba a la decisión de la Dirección de Presupuestos en el sentido señalado.

Es una decisión lamentable para la región y nos dejó un sabor amargo más allá del impacto mismo de la medida: nos hizo pensar que “mejor no hablar de ciertas cosas”, “para qué llamar la desgracia”. Por lo tanto, y como se escucha ahora, “pongamos paños fríos”, “bajemos un cambio” y “a otra cosa, mariposa”, como decía un vecino de la Fitz Roy.

Entonces, rescatando fuentes del lenguaje popular, nos acordamos de algunas de ellas que pasamos a compartir.

Durante nuestra estancia universitaria en Concepción en la década de 1980, siempre vivimos en Talcahuano y ahí supimos del apego de los marineros a su lenguaje del oficio y de su uso en la vida civil. Cuando dos “Managuás” se encontraban, se saludaban a la voz de “Contingente” y se trataban de “Carreta”. Vamos aclarando: el término “Managuá” viene de la unión de man (hombre en inglés) y agua, es decir, hombre de mar. Lo de “Contingente” alude al grupo de ingreso en un determinado año a las distintas escuelas de la Armada de Chile (los integrantes de la Fuerza Aérea de Chile se tratan de “Curso”). En cuanto al “Carreta”, es el amigo, el compañero de toda la vida marinera, una suerte de “yunta”.

“Gareteado” es otro término proveniente de la vida en el mar, aplicable cuando el “Carreta” o el amigo anda solo, sin saber qué hacer, “más botado que un pucho”, y ahí brotaba el ¡“andái gareteado”!. La expresión alude a los barcos que, por alguna razón, quedan al garete, o sea, a la deriva, sin control, dejándose llevar por el viento y/o el oleaje.

Recordamos también el “andar escorado”, es decir, con cierta inclinación, al igual que la que presentan los barcos en determinadas situaciones, y que puede ser a babor o estribor (a la izquierda o la derecha, respectivamente, mirando hacia la proa de la embarcación). En Talcahuano era habitual ver personajes que venían con ciertos grados de escora (a babor o estribor), saliendo a la superficie desde el barrio bravo del puerto, emergiendo de “El Checo”, “La Moneda de Oro” o “El Delfín”, entre otros sitios de interés antropológico. Estos personajes se hacían acreedores, además, al “¡Te tomái la otra!”, en referencia al estado de temperancia del momento: rostro congestionado, inestabilidad al caminar, dificultad para hablar y otros, conjuntamente con el nivel de fermentación y proceso de fotosíntesis del caso. “¡Te tomái la otra!” era también el saludo al amigo o amiga con quien se había andado en alguna gestión pretérita de índole etílica.

“¡A dónde me dijiste!”, un clásico del lenguaje que aprendimos en el puerto: era el saludo al amigo o amiga con visos de compinche, con los cuales se compartían historias de juerga. Aparte de saludo, era, tácitamente, la invitación o insinuación para armar “un brillo” (“un carrete” de ahora) y “a morir”, se ha dicho.

Para terminar la presente crónica y más allá de Talcahuano, traigamos a colación algunos formatos de despedida, ordenados en forma cronológica.

“Que te vaya bien”: ochentero por donde se lo mire o escuche, de orígenes principalmente universitarios (el saludo previo era “¿cómo te ha ido?”).

“Que estés bien”: reemplazó al anterior y suena más personal y más cercano que aquel.

“Cuídese, cuídate o se me cuida”: popularizado en el epílogo del siglo XX. Al respecto, Agustín Squella; abogado, especialista en filosofía del derecho, exconstitucionalista, profesor universitario, asesor del “segundo piso” del presidente Ricardo Lagos y fanático hincha de Santiago Wanderers, aborda la expresión en una entretenida crónica. Squella se explaya sobre la imprudencia de recomendarle a alguien que “se cuide”, recomendación que, en ocasiones, proviene de personas desconocidas. Además, la expresión teje un manto de sospecha en relación con las conductas del receptor, al punto de que es necesario decirle “que se cuide”.

“Bendiciones”: de corta vida; podríamos situar su época dorada entre la segunda década y parte de la presente década del siglo que corre.

“Que tenga buena tarde”: plenamente vigente; no se relaciona con el clima, sino con el deseo de que el receptor pueda disfrutar lo que queda del día.

Estimadas lectoras, estimados lectores: no nos queda más que desearnos que “nos vaya bien”, “estemos bien”, “nos cuidemos”, desearnos “bendiciones” y que “tengamos buena tarde”; de lo contrario: “buenas noches los pastores” y “adiós pampa mía”, como decían nuestros antepasados.

En la foto: Puerto de Talcahuano.

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