Necrológicas
  • – Luis Navarro Bahamóndez

Los organilleros en Punta Arenas

Lunes 2 de Marzo del 2026

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  • Un arte que ha dominado el escenario urbano de Chile desde fines del siglo XIX.

Los primeros organilleros que recorrieron parte del territorio nacional se remontan, muy probablemente, a la década de 1880 y probablemente antes. Eran organilleros errantes provenientes de Europa, especialmente genoveses y saboyanos, que visitaron las ciudades portuarias del centro del país, especialmente Valparaíso y probablemente Talcahuano-Concepción. En los últimos años del siglo XIX comenzó la actividad de organilleros chilenos, tras el arribo de cultores extranjeros que se habrían radicado en el país y las primeras importaciones de aparatos.

A pesar de la lejanía, Magallanes no estuvo ausente de esta manifestación cultural y la historia nos entrega la información de algunos nombres de organilleros que recorrieron las calles y caminos de la región.

Un “afuerino” que durante 20 años visitó Magallanes con su organillo a cuestas fue José Luis Lara Sánchez, que en Santiago aprendió el oficio de chinchinero y organillero de su padre José Lara Paredes y, a los 16 años, viajó por primera vez a Punta Arenas, costumbre que hizo popular en la estación invernal, especialmente por la realización del Festival Folklórico en la Patagonia.

Domingo Rivas

Pero, hubo un personaje organillero, “magallánico de adopción”, que se granjeó la simpatía de los habitantes de esta tierra al sur del mundo y del cual recorreremos su historia: Domingo Antonio Rivas Benavides.

Su nieta Rosalba Reyes Rivas, nacida en Punta Arenas, se encarga de narrar la azarosa vida de su nono, al cual llamaba “Cachacho”, porque cuando pequeña escuchaba a su abuela llamarle muchacho, palabra que no podía la niña modular de buena manera.

“Mi abuelo nació en La Unión, Región de Los Ríos, pero se creció en Valdivia y, ya mayor, se instaló en la ciudad de Puerto Montt con una frutería y desde allí se trasladaba a diversas localidades a vender sus productos. 

En Río Bueno, conoció a mi abuela, María Enriqueta Rozas Rozas, con la cual tuvo una hija, mi madre, Blanca Ester Rivas Rozas.

Siguiendo su vida nómada, mi nono empaquetó gran parte de las mercaderías que tenía en su negocio de Puerto Montt, mariscos, frutos secos, etc. y se vinieron en el vapor Villarrica a Punta Arenas donde adquirió un carrito con caballo, en el cual salía a ofrecer sus productos a los barrios”. 

La familia de Domingo se estableció en una casona de Avenida España casi esquina Errázuriz -lugar ideal para el mercader que era catalogado por la familia como un poco “picado de la araña”- .

En uno de sus viajes al norte del país, puntualmente a la capital, Rivas, como buen comerciante al ver en actividad a unos chinchineros y organilleros, se las ingenió para adquirir un organillo que, además, traía a “Panchita” una monita capuchina, cilindrera –por el otro nombre que se conoce al organillo- .

Además de sus “gracias” que tenía su propietario en Punta Arenas le enseñó a bailar cueca lo que era muy celebrado por el público que veía a la monita con vestimenta folclórica que le confeccionaba Blanca Ester. Especialmente para las Fiestas Patrias, verlo era todo un espectáculo por la música del organillo, el baile de Panchita y los productos que ofrecía, pelotitas de aserrín, banderitas, remolinos y los infaltables papelitos de la suerte.

Lamentablemente, con el tiempo, Panchita falleció a raíz de un problema de salud y fue reemplazada por otra capuchina, muy odiosa, mal genio y porfiada, con la cual se tuvieron que trasladar a una vivienda ubicada en calle Zenteno, frente a la Cervecería, a raíz de la venta de la casa de los Pervan que ocupaban en Avenida España.

“Pepito”

La segunda monita falleció y Domingo optó por comprar dos loros. Uno de ellos escapó y sólo quedó “Pepito” que pasó a ocupar una jaula desde donde sacaba los papelitos de la suerte que entregaba con su piquito a las personas que adquirían esto mensajes.

Rosalba, recuerda con nostalgia a su abuelo: “Con su organillo y su lorito, recorría las calles de la ciudad, llevando a los barrios el clásico sonido de su instrumento. Mientras los mayores escuchaban la música del recuerdo, los pequeños corrían a comprarle sus pelotitas de aserrín y sus remolinos. Uno que otro le solicitaba el “papelito de la suerte” que el lorito Pepito sacaba desde un compartimiento de la jaula”.

Conocí a don Domingo cuando todavía vivía en calle Zenteno. Lo visité muchas veces para conocer su historia y, al comprobar la pobreza en que vivía, le colaboré con algunas ropas e incluso le llevé algunas tablitas para “encandilar” el fuego en los inviernos crudos.

En cierta ocasión, al narrarme de su precaria existencia, le consulté por qué, en último caso, al verse tan afligido no había vendido su organillo para tener dinero dado que este tipo de instrumentos son carísimos.

Me respondió: “Mire, amigo Mario, un día de mucho frío en que casi sentí que me llegaba la muerte blanca, a punto de congelarme y no teniendo como alimentar el fuego de mi calentador, lo tuve que quemar”.

Acto seguido, fue al interior de su domicilio y al regresar me expresó: “Hubo algo que salvé del fuego. Es la jaula de mi lorito. Quiero obsequiársela de recuerdo por nuestra amistad”. Hoy la guardo como una verdadera reliquia.

Lo visité en los últimos días de su vida, cuando don Domingo Rivas, estaba en el Hogar de Cristo. Con lágrimas recordó a los niños de los barrios, a sus amigos, a toda la gente que, al escuchar la melodía de su organillo se asomaba por las ventanas y al continuar su camino era seguido por grupos de chiquilines. Y en ese momento estaba solo. Y así falleció en esa casa de acogida, donde le brindaron atención y cariño cuidando sus últimos días de vida.

Problemas temperamentales, lo hicieron separarse un tiempo de la familia y sólo supieron de él cuando alguien les comunicó que estaba en el Hogar de Cristo. Él quería permanecer en ese lugar y sólo recibía a sus parientes de visita donde se limaron las asperezas y volvieron los afectos y ternuras, que lograron que, al final de su existencia, Domingo Antonio Rivas Benavides, ocuparó un lugar en la sepultura familiar del Cementerio Municipal “Sara Braun” de Punta Arenas.

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