Jesús y las mujeres
¡Para qué decir que estamos viviendo tiempos complejos! Con los dimes y diretes del traspaso de gobierno y la guerra en Medio Oriente y su horror, mientras los supuestos amos del mundo siguen en sus juegos de poder con muertos que son los números silenciosos del espanto bélico, todo parece volverse incierto y precario.
En este contexto, hoy se conmemora el Día de la Mujer y, junto con el saludo a ellas —que son la mitad femenina de Dios—, me detengo en una actitud que no es incierta ni precaria, sino una manifestación del amor de Dios a la dignidad humana: la actitud del Señor Jesús con las mujeres en la sociedad en que vivió hace veinte siglos, que era aún más patriarcal y machista que la nuestra.
En la sociedad judía del tiempo de Jesús, la mujer casi no tenía existencia social y sus derechos no eran iguales a los de los varones. Las jóvenes pasaban del poder del padre —que las casaba con quien él quisiera— al marido, como instrumento de fecundidad familiar, y el marido tenía derecho a repudiar a su esposa. Las mujeres no podían estudiar ni participar en la vida pública; ni siquiera podían ser testigos en los tribunales. Era inimaginable que una mujer ocupase algún cargo público. En lo religioso eran equiparadas a los esclavos y a los niños, y no se las tenía en cuenta en el culto. Era impensable que una mujer leyese la Biblia en la sinagoga; además, las mujeres no sabían leer. La situación de la mujer se resume en una oración que los judíos religiosos decían cada mañana: “Te doy gracias, Señor, porque no me hiciste pagano, ni esclavo, ni mujer”.
En este contexto patriarcal y machista, el Evangelio muestra cómo Jesús rompió todos los esquemas sociales, culturales y religiosos que subordinaban, maltrataban e invisibilizaban a las mujeres. Las hizo plenamente destinatarias del Reino que anunció: no hay un anuncio del Reino para los hombres y otro para las mujeres, y no hay una conducta evangélica para los varones y otra para las mujeres. Y algo inimaginable en ese tiempo: Jesús las llamó a ser sus discípulas y fundó una comunidad igualitaria, una comunidad de discípulos y discípulas. Un grupo de ellas, además, lo acompañaba en sus viajes.
Jesús siempre estuvo de parte de las mujeres, aunque otros las considerasen adúlteras o prostitutas, y se detenía a conversar con ellas, lo cual era algo tan inconcebible que hasta sus discípulos se sorprendían de que lo hiciese, como cuando lo encuentran conversando con la mujer samaritana: ¡mujer y pagana! También puso a las mujeres como ejemplo de la fe que debía animar a todos sus discípulos.
Cuando Jesús habla de la indisolubilidad matrimonial, también está defendiendo los derechos de la mujer, que podía ser repudiada y despedida —sin más— por el marido. Defiende valientemente a la mujer que humillan en su presencia acusándola de ser “una pecadora”. En otra ocasión, Jesús saca la cara por una mujer acusada de adulterio y que por eso estaba condenada a morir lapidada. Jesús devuelve el asunto a los acusadores (“el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”) y luego la despide con palabras de consuelo y respeto.
Con las mujeres, el Señor Jesús nunca tuvo discusiones o conflictos, y tuvo buenas amigas: Marta y María, hermanas de Lázaro, y María Magdalena. Las mujeres no lo traicionaron y fueron fieles a Jesús en su pasión y muerte, cuando los apóstoles —que lo habían traicionado y negado— se escondieron y lo dejaron solo.
A las mujeres Dios les confió las mayores responsabilidades acerca de la persona de Jesús: a María de Nazaret la misión de ser su madre y formarlo para este mundo, y a María Magdalena, María de Santiago y Salomé la misión de ser las primeras anunciadoras de la resurrección, el triunfo del Señor Jesús sobre el mal y la muerte.
En las Iglesias cristianas (católica, evangélicas y ortodoxas) ocurre algo paradojal, pues su doctrina proclama la igual dignidad y derechos de varones y mujeres, de manera que “ya no cuenta ser judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, sino que todos son uno en Cristo” (Gál 3,28). Pero en la vida de las Iglesias se dan diversas formas de discriminación hacia la mujer o de exclusión de la autoridad y de la toma de decisiones. Esta paradoja manifiesta que las Iglesias cristianas se acomodaron —al menos en este punto— a la sociedad patriarcal y su cultura machista, más que al Evangelio. De ahí que la reivindicación del lugar de la mujer en la vida y organización de la Iglesia sea un punto importante para ir siendo la comunidad de discípulos y discípulas que Jesús fundó como signo del amor de Dios.




